Estatuas y cazurros

Senyor_J

La vida urbana en Barcelona se ha visto perturbada en días recientes por un ataque de crispación generado por una exposición presentada en el recinto del Born, titulada Franco, Victòria, República, Impunitat i espai urbà. A la misma se incorporaban, en el exterior del recinto, la estatua de la Victoria realizada por Frederic Marés para conmemorar el triunfo franquista en la Guerra Civil y una estatua ecuestre de Franco realizada por Josep Viladomat, que había estado expuesta hasta no hace muchísimos años en el Castillo de Montjuic y cuya cabeza había sido seccionada durante su estancia en un almacén. El contenido y la ubicación de la misma había sido objeto de una fuerte polémica en el consistorio y en el entorno independentista, desde donde se expresó un rechazo frontal a la misma. Ello derivó en mucho ruido mediático previo y. desde el mismo momento de la inauguración, en una serie de episodios de violencia, con agresiones físicas y agresiones simbólicas a la estatua ecuestre realizadas por los detractores, hasta que el gobierno municipal optó por retirar la estatua de la calle. Esta última secuencia de hechos ha sido absolutamente lamentable. Que en el contexto de una exposición, realizada obviamente con ánimo interpretativo y no enaltecedor del Franquismo, una serie de individuos se dediquen a agredir una y otra vez a un objeto expuesto o incluso a personas no puede más que generar rechazo. Y no cabe, desde luego, justificar en las heridas abiertas por el Franquismo dichas conductas.

Recapitulemos. El Franquismo fue un régimen político de tipo dictatorial que ejerció el gobierno de España en el siglo XX a lo largo de 40 años, implantado tras la última guerra civil que sacudió el país y construido mediante unos parámetros y una simbología innegablemente fascista. Realizó desde sus inicios la persecución política y el asesinato de sus oponentes, e implantó un sistema caracterizado por la ausencia de libertades, por un nacionalismo español forzoso, por la confesionalidad católica obligatoria y por la sumisión de las mujeres. Su vigencia a lo largo de tantas décadas solo se explica por el nuevo escenario global surgido de la Segunda Guerra Mundial, cuando los países vencedores pasaron de colaborar en la lucha contra los regímenes fascistas de Alemania e Italia, a dividirse en dos zonas de influencia absolutamente enfrentadas: el Este comunista frente al Oeste capitalista, al cual se incorporó el régimen hispano mediante un blanqueo de sus fundamentos fascistas, que en modo alguno llegaron a desaparecer nunca. El vigor económico de los años 1960 y la fragilidad de la oposición política hasta los años 1970 aseguraron la vigencia del régimen hasta la muerte de dictador, para dejar paso a continuación a un proceso de rápida sustitución por un modelo democrático, que establecía como punto de partida el olvido de los crímenes del Franquismo, la amnistía para una oposición perseguida indebidamente, la inmunidad para los criminales del Régimen, la ausencia de un enjuiciamiento general del mismo y la no reparación de sus víctimas, que el conjunto de la sociedad aceptó sin rechistar.

Esta secuencia de hechos ha sido escasamente revisada hasta la actualidad. Solamente en el periodo de discusión y desarrollo de la ley sobre memoria histórica de la década pasada, la sociedad tomó consciencia de que esto era realmente lo que había pasado, se reivindicó con claridad la necesidad de reparación de las víctimas y se realizaron tentativas de poner el Franquismo en la cadena judicial que no fructificaron. Poco se consiguió más allá de la necesaria excavación de algunas fosas, ni siquiera crear las bases legales para invalidar sentencias judiciales contra represaliados. El principal legado de todo ese proceso fue constatar que teníamos enormes asignaturas pendientes por resolver y que la voluntad de resolverlas era más bien escasa, en buena medida por la inquietud y férrea oposición que expresan aquellos herederos del Franquismo cuyos padres y abuelos protagonizaron tanto la represión como la administración del Régimen hasta el final. Todo ello ha de ser motivo de enorme decepción e indignación por parte de cualquier persona con sensibilidad democrática, pero como ya se ha dicho, no justifica en modo alguno lo acontecido en el Born.

No estamos en un momento post-dictatorial, que desencadene reacciones populares espontáneas contra sus símbolos como sucedió en el Este en la década de 1990. Han pasado cuarenta años desde el fin del Franquismo. Una masa enorme de españoles carecen de recuerdo alguno de ese periodo o no lo vivieron, mientras que otra parte no desdeñable ha optado por olvidarlo. El reto que ello nos plantea es el de trasmitir a los más jóvenes y los no tan jóvenes cuáles son los antecedentes del actual periodo democrático, qué representó realmente el Franquismo, cuáles son las razones por las que la transición hacia la democracia se hizo de de esa manera y no de otra y qué motivos explican que no seamos capaces de resolver los asuntos pendientes. Y a todo ello han de contribuir escuelas, libros, medios, pero también exposiciones. En este sentido, la capacidad de todo tipo de objetos contemporáneos del Franquismo de recrear su ideología desde espacios de interpretación museográficos es poderosa e insustituible, lo que les convierte en objetos patrimoniales muy útiles para la transmisión y les otorga un valor cultural relevante.

Es justamente eso lo hace completamente deplorable lo sucedido. Con mayor o menor acierto, la exposición constituía una aportación a esa transmisión que nuestra sociedad necesita y es por ello que la estatua ecuestre merecía ser tratada como un vehículo respetable de la misma, no como, tomando prestada la terminología que con acierto eligió un editorial, un estafermo sobre el que lanzar objetos, realizar pintadas o colocar una muñeca hinchable. Una estatua que recrea al tirano con la finalidad de enaltecerlo genera imágenes y sentidos que no pueden ser sustituidos por palabras y la necesidad que tenemos de imbuirnos y reflexionar colectivamente sobre ello es muy alta, porque pocas etapas históricas son tan importantes como esta para nosotros.

De momento, no obstante, parece que se ha impuesto el cazurrismo. La principal responsabilidad recae lógicamente en esos medios y sectores independentistas que han creado las condiciones mediáticas para que los objetos de la exposición fueran maltratados y sus objetivos banalizados. Subyace en ello, además, una inspiración y unas actitudes más que sospechosas, que imponen lo que debe ser recreado y lo que no, que vibra con cualquier piedra del Born y construye sobre él un templo de la reivindicación nacional catalana, mientras condena que otros objetos cumplan con un objetivo que nos resulta mucho más necesario como sociedad. Pero no debe escapar en modo alguno tampoco de la crítica un gobierno municipal que ha tolerado las acciones contra el objeto hasta su retirada, en lugar de salvaguardarlo y depositarlo en un espacio expositivo donde no quedase expuesto a las agresiones, y que apunta que sus líneas de trabajo en el ámbito de la memoria histórica, al frente de la cuales estuvo precisamente el portavoz del Congreso de En Comú Podem, Xavier Domenech antes de ser candidato, no son precisamente robustas.

Es por todo ello que algunos hemos sentido mucho vergüenza estos días y que pensamos que, de paso, la imagen de la ciudad ha quedado a la altura del betún.