Estándares

Jon Salaberría

Miércoles, 10 de junio: hoy estamos en la recta final en las negociaciones para la constitución de ayuntamientos en todo el Estado. Es el final del proceso electoral municipal que tuvo como momento culminante la jornada electoral del 24 de mayo. Este próximo sábado, día 13 de junio, conoceremos por fin la conformación de los diferentes equipos de gobierno municipales y, por supuesto, el nombre de los alcaldes y de las alcaldesas de los más emblemáticos municipios del país, con especial atención a las capitales de provincia. Más tarde, hasta fines de mes y con fechas diferentes según Comunidades, se procederá a la constitución de las Asambleas parlamentarias de las diferentes territorialidades. Con la elección de sus órganos rectores (Mesas), se dará el disparo de salida a la conformación de los ejecutivos.

Las conversaciones entre las diferentes formaciones políticas, las idas y venidas, los acuerdos que se apuntan como inminentes, los pasos atrás, las insinuaciones, los órdagos a la grande y los inevitables faroles como en una gran  partida de mus… todo dentro de lo que bien se ha definido en este foro de debate como normalidad democrática. El escenario que las urnas del día 24 de mayo dibujaron, radicalmente opuesto a la marea azul de 2011, tiene además en mi opinión un precedente en nuestra historia política, y no es otro que el resultante de las primeras elecciones municipales democráticas de 1979. Una España en la que la sinergia de las fuerzas de la izquierda de entonces (PSOE y PCE) pudo anticipar, frente a la relativa y escasa ventaja demoscópica del centro-derecha oficial (UCD), las primeras experiencias de cambio político desde las administraciones que están más cercanas a la ciudadanía. Un escenario postelectoral en el que, como ahora, la fragmentación de las corporaciones obligó a la cultura del pacto.

La diferencia cualitativa con respecto a aquel precedente coral, no obstante, existe, y no es poca:

En 1979, las fuerzas del espectro político de izquierda supieron construir un marco general de relaciones que fuese asumido por las diferentes corporaciones, dando muy poco margen a las particularidades locales. El gran acuerdo PSOE-PCE, negociado por una comisión mixta de ambas formaciones, pudo vencer reticencias (como las existentes en Andalucía por la presencia del PSA de Rojas Marcos o en la periferia roja de Madrid por la desconfianza entre ambos socios) , ser extendido a fuerzas ajenas a los firmantes (como la ORT, formaciones de la diáspora socialista catalana, o Euskadiko Ezquerra en algunos municipios) y señaló una guía programática importante a efectos prácticos, tanto en aquel corto plazo como en el medio de 1982. En el día de hoy, de los contactos entre las dos grandes fuerzas que atraen el voto de izquierda, Partido Socialista y Podemos, no llega ni de lejos a deducirse la posibilidad de un acuerdo programático amplio y mucho menos extensible a la mayoría de municipios y provincias. Nos hemos quedado en la normalización de relaciones entre los líderes de ambas formaciones (ya es algo), pero sin más pretensiones. La atípica presentación de candidaturas ciudadanas (las Listas Hacendado) presuntamente apoyadas por Podemos pero con ausencia de su identidad corporativa e independientes en cada circunscripción imposibilita la posibilidad de ese gran acuerdo general por el cambio.

Paralelamente, no existe eje de centro-derecha análogo al que UCD-AP pudieron constituir en muchas corporaciones de la primera legislatura democrática. La automática correlación PP-Ciudadanos frente al binomio PSOE-Podemos no se está comprobando como real a pocas fechas de la constitución de las Corporaciones. Ciudadanos ha asumido su papel de bisagra perfecta y trata de evitar una asimilación, una imagen de entreguismo al PP, que podría ser letal para sus intereses posteriores.

Si en 1979 el reto histórico de todas las formaciones políticas era el de la democratización de Ayuntamientos y Diputaciones Provinciales recién salidas del franquismo y su adaptación a la nueva legalidad constitucional, en 2015 el desafío político es el del cambio de aquel sistema de convivencia, entonces en pañales. Cambio radical o nuevo proceso constituyente para unos, reforma para otros, con diferentes gradaciones en las ofertas, pero con un mismo objetivo: erradicar los males de la vieja política, localizados fundamentalmente en la corrupción y en el alejamiento de sus estructuras respecto de la ciudadanía. Es el objetivo de todos los agentes, con especial protagonismo de las formaciones emergentes.

Como consecuencia de esta preocupación, son estas formaciones las que han tomado la iniciativa de establecer estándares de moralidad pública o, como se les ha venido a denominar, líneas rojas que acotan perfectamente el tablero de juego, incluso más allá de la representatividad real de los interesados. Volviendo a Ciudadanos, su documento previo para el establecimiento de conversaciones, un pre-texto de obligatoria suscripción, se ha convertido en estrella. Son muchos los candidatos a la máxima responsabilidad municipal los que han firmado con aparente entusiasmo el instrumento, sin reparar en la generalidad de sus premisas. El denominado Compromiso por la Regeneración Democrática prevé abordar medidas en materias como la postergación de condenados e imputados por corrupción, financiación de partidos y funcionamiento interno de los mismos que difícilmente pueden dejar de compartirse. Y que, en el caso de las corporaciones locales, exceden en mucho su ámbito de competencia. Por supuesto, líneas rojas que parecen más laxas en Madrid, por ejemplo, Comunidad en la que no ha existido problema alguno a la hora de pactar la Mesa de la Asamblea con el Partido Popular ni parece que vaya a haberlo para el nombramiento de Cristina Cifuentes como presidenta autonómica, que en Andalucía, Comunidad en la que, a esta hora, continúa el bloqueo de investidura en base a la misma exigencia respecto de los ex presidentes citados a declarar ante el Supremo.

Es sorprendente. Los negros nubarrones que dan sombra al experimento político de Ciudadanos desde su misma génesis, la inanidad y generalidad de sus presuntos principios ideológicos y la procedencia de toda una legión de incorporados con trayectoria en otras formaciones (en algún caso, con un pasado turbio) no son óbice para evitar el reverencial respeto de todos a su Compromiso, convertido en Tablas de la Ley del proceso negociador.

Estándares también, por otra parte, los expuestos por Podemos a través de sus listas blancas. Estándares que no son homologables según se trate del Ayuntamiento de Madrid o del Ayuntamiento de Sevilla. Por ejemplo, la obligatoriedad de romper relaciones con las entidades bancarias que practican desahucios puede provocar que el Partido Popular de José Ignacio Zoido tenga posibilidades de mantener la alcaldía de Sevilla con apoyo o abstención de Participa Sevilla, mientras Manuela Carmena, candidata de Ahora Madrid e inminente alcaldesa con apoyo socialista, reconoce las dificultades prácticas de tal ruptura y opta por la más posibilista estrategia de la negociación y del diálogo con dichas entidades. La ausencia de acuerdo y los problemas en aquellas instancias administrativas en las que la lista más votada ha sido la encabezada por los socialistas (como en Comunidad Valenciana, en Aragón y en una amplia lista de Ayuntamientos) se compadece poco con el mayor grado de aproximación en aquellos en los que una de las denominadas listas blancas u otras formaciones de la izquierda alternativa obtuvieron mayor número de votos. La posición de Carmena no corre peligro, así como la del próximo alcalde valenciano, Joan Ribó.

Quedan por delante cuatro días, a los que en algún caso se puede sumar incluso una apasionante madrugada del viernes al sábado. La incertidumbre va más allá de lo que podíamos imaginar en una noche electoral en la que, quizá con mucho entusiasmo y poca prudencia, cantábamos la llegada del cambio político. La realidad puede ponerle sordina. El proyecto conservador y en declive del Partido Popular puede mantener el tipo bastante mejor de lo que sus cuadros dirigentes esperaban, mientras que el grado de complicidad de las diferentes fuerzas políticas de progreso en un programa de transformación puede ser menor que el ansiado.

Ni que decir tiene: la principal damnificada en este estado de cosas tiene un nombre. El de estabilidad. La conformación de numerosos equipos de gobierno dependerá de equilibrios tan precarios que se dará la paradoja de que estarán apoyados bien en una minoría monocolor frente a una oposición mayoritaria y coral, bien en una mayoría de esas mismas características en la que la disensión puntual de un solo concejal puede dar al traste con el conjunto en el menos plazo de tiempo que se pueda prever. Atentos y atentas, una vez superado el escollo de las Elecciones Generales, a la catarata de mociones de censura que pueden redibujar el resultados de los acuerdos que en estos momentos se están fraguando. Acuerdos tan provisionales como las líneas rojas que los van a sustentar. El auténtico estándar, no lo duden, sigue siendo el tacticismo.

Posdata: Cuando ayer hacía envío de esta colaboración, conocíamos el adiós de Pedro Zerolo. Una ausencia que no vamos a poder llenar. Me quedo con este recuerdo de Ruth Toledano. Sintetiza bien, desde una posición personal, lo que tantos compañeros y amigos sentimos. 

http://www.eldiario.es/zonacritica/Companero-Zerolo-breve-cambio-Historia_6_396920314.html