Estamos mal

Lobisón

Me refiero a los votantes de izquierda, y no hablo de la insatisfactoria intención de voto que manifiestan las encuestas, sino a lo que éstas revelan. Incluso cuando se considera deseable una victoria del PSOE, pocos la esperan. Esto es evidentemente una paradoja, ya que bastaría con votar lo que se ve como deseable para obtenerlo. ¿Por qué se lo plantea tan poca gente?

Las explicaciones entre los electores con más información política son muy variadas pero un poco desoladoras. Desde la insatisfacción con el liderazgo (o su ausencia) hasta la crítica de los mecanismos internos de participación y decisión en el PSOE. No parece que este tipo de consideraciones afecten a los electores conservadores. Los más de centro-derecha pueden estar en desacuerdo con las medidas y la forma de gobernar de Rajoy, pero no parecen muy decididos a castigarle.

Esto es raro. Si las elecciones europeas se consideran de segundo grado, y sirven para pasar factura al gobierno de turno, lo lógico sería que hubiera un gran voto de castigo contra el PP. Pero si se consideran sustanciales, cabría esperar también un voto a las opciones que proponen cambiar el rumbo que ha seguido la UE (el austericidio) en estos años. Incluso quienes no deseen ver a Rubalcaba en La Moncloa podrían ver las ventajas de una mayoría de centro-izquierda en el Parlamento europeo, especialmente en esta ocasión en que de la relación de fuerzas en él dependerá el signo político de la Comisión.

¿Cómo explicar estas contradicciones? ¿Alguien cree de veras que una victoria del PSOE en las elecciones europeas podría provocar un repunte de la prima de riesgo o una retracción de los inversores? Mi propia explicación, que ya apunté la semana pasada, es que los electores de izquierda son más rencorosos, o tienen más dificultad para volver a votar al PSOE precisamente porque le abandonaron en 2011. Se sentirían frívolos si admitieran que el gobierno del PP ha supuesto sólo recortes y prepotencia, y que a fin de cuentas lo que ha cambiado las expectativas de los mercados ha sido el BCE, no la austeridad impuesta.

Por tanto estas elecciones pueden ser un desastre, con los electores conservadores firmes en su voto y los de centro-derecha y centro-izquierda recluidos en su casa, considerando que aún el PSOE ‘no se ha regenerado’, como decían en 2000 en los grupos de discusión. Luego puede suceder que la economía mejore lo suficiente para mantener la hegemonía del PP en las locales y autonómicas e incluso en las generales. O no. Pero parece evidente que se habrá perdido una ocasión ideal para mandar un fuerte aviso al gobierno sobre lo que puede y no puede seguir haciendo, y de hacerlo sin riesgos.