España y sus amantes

Pablo Beramendi 

A España  le crecen los amantes.  La plataforma Unidad, Progreso y Democracia (UPD) surge para recuperar la esencia de una izquierda  que era y ya no es, de un socialismo responsable ante el pactismo sin freno con grupos obsesionados con desmantelar España. El PSOE ha perdido el “sentido de Estado”? y la Constitución esta en peligro. La canción es bien conocida. Aburre. Lo (relativamente) novedoso son los intérpretes, voces “de progreso”?. Y lo sorprendente es que la operación se justifique por la necesidad de limitar el potencial de chantaje de los nacionalistas sobre el gobierno del Estado. La motivación resulta sorprendente porque en el escenario político actual, la UPD puede acabar potenciando el problema que, según dicen, justifica su aparición  en escena. Cabe suponer  que la UPD aspira a cortejar a tres tipos de votantes: socialistas desencantados, abstencionistas con “perspectiva de país”? (España, claro) y, por último, liberales moderados.  Estos serían votantes acomodados que están tan asustados por el pactismo centrífugo de Zapatero como por la retórica de reconquista de Acebes, Losantos y compañía. Así, en la medida en que estos votantes pertenezcan a los viveros tradicionales del PSOE o del PP y el voto nacionalista se mantenga estable, parece claro que el posible éxito de UPD reduciría la posibilidad de que alguno de los dos grandes partidos obtenga mayoría suficiente.   

 

Tal situación podría concretarse en dos escenarios. Empecemos por el menos realista: la UPD revoluciona el panorama político español y se convierte en posible llave de gobierno. PSOE o PP pueden elegir entre formar gobierno con ellos, o con los nacionalistas. De ser el candidato más votado, Rajoy tendría que elegir entre consensuar políticas con Savater (incluida la reforma de la educación para la ciudadanía) o volver a los pactos del 96. Por su parte, Zapatero tendría que optar entre el retorno al amor constitucional a la patria (supuestamente perdido) y el status quo. Parece difícil imaginar que ninguno de los dos decida jugarse la estabilidad del ejecutivo con un grupo tan heterogéneo y arriesgado. Esta disyuntiva es además algo bastante remoto. Divertimentos aparte, lo más realista es suponer que la UPD, en el mejor de los casos, arañará un número reducido de escaños a socialistas y/o populares, limitando la posibilidad de que exista una mayoría absoluta sin poder ofrecer a cambio apoyos suficientes. En tal caso, sea el PSOE o el PP el partido más votado, las coaliciones con los nacionalistas serían todavía más necesarias para conservar el poder.Así, sin querer, en unos meses podríamos encontrarnos con la paradójica situación de que la irrupción de UPD en la escena política contribuye a potenciar la capacidad negociadora de los partidos nacionalistas. Irónico destino para los salvadores de la España constitucional. En semejante tesitura no me sorprendería que la UPD proclamase a los cuatro vientos la necesidad de una gran coalición que salve a España de la piratería identitaria. A pesar de que ni la situación real del país hacen necesaria una gran coalición ni las pautas de relación actuales entre PSOE y PP la hacen viable, preparémonos para soportar admoniciones al respecto a su debido tiempo. Cuando la UPD se encuentre con que su entrada en el espacio político genera efectos contrarios a los deseados, será su única vía de escape.

Aznar se envolvió en España y facilitó el éxito de la movilización nacionalista, fortaleciendo a Ibarretxe en el Pais Vasco y a Esquerra en Cataluña. No sería de extrañar que, a su manera, los paladines de la unidad, el progreso, y la democracia generasen, de tener éxito, un efecto similar en la negociación de futuros programas de gobierno. Su profundo sentido de Estado podría acabar fortaleciendo a los que quieren ver el Estado de otra manera. Y es que ya se sabe que del amor apasionado puede salir cualquier cosa.