España vista desde el tren

Marta 

No hay nada más fascinante que viajar en un tren nocturno. Hace años que no he vuelto a viajar en uno, tantos, que no sé si existen todavía. Miro en Internet la página de RENFE y parece que esos viejos y destartalados convoyes sí funcionan, aunque no se sabe muy bien por medio de qué milagro.

 Ir en un nocturno suponía toda una aventura de principio a fin. Esa sensación la tenía en el mismo momento de llegar a la estación de Sants, en Barcelona con las últimas luces del atardecer y las farolas recién encendidas, maleta en ristre y un infantil sentimiento de regocijo. Recuerdo que siempre cenaba en alguno de los bares de la estación: formaba parte del ritual. Y cuando el último tren diurno ya había partido, entraban en acción los nocturnos.

 En realidad, eran un poco incómodos. Casi siempre he viajado en litera, en uno de estos compartimentos en los que se tenían que acomodar seis personas y los respectivos equipajes. Acomodar las maletas en tan reducido espacio requería de numerosas negociaciones entre los compañeros de viaje, normalmente unos perfectos desconocidos, y daba paso a muchas conversaciones.

Sólo he viajado un par de veces en asiento, opción poco recomendable para cervicales, hombros, espalda, rodillas… Es más bonita la experiencia de estar tumbado en la litera, con el tren parado no se sabe dónde y no se sabe por cuanto tiempo (normalmente, mucho). Más bonita, y un poco más cómoda, aunque no haya mucho espacio. Por algo a nocturnos como el que viaja durante cerca de 15 horas entre Barcelona y La Coruña se les conoce como el Shangai.

Lo habitual, de todos modos, es viajar de día. No tiene ese toque de magia que generan la noche y el insomnio, pero también da mucho juego, sobre todo en los trenes de larga distancia, los que atraviesan la península de punta a punta, a lo largo de muchas horas. Algunos de esos trenes, como el Altaria, son estupendos, pero no tienen el morbo de los viejos Talgos que todavía pululan por ahí, con un diseño propio del Cuéntame y en los que pareciera que la gente estuviese a punto de sacar la fiambrera con la tortilla.

Esos Talgos suelen viajar al Norte o de Oeste a Este, vamos, que son un privilegio reservado a unos pocos. Cuando los ves estacionados en el andén, siempre entra el mismo temor: ¿llegaremos a nuestro destino? Y sí que llegan. Tarde. Pero llegan. Entre tanto, el tiempo ha dado mucho de sí: desde escribir una novela de amor, a tejer un jersey… Siempre que el viejo tren no descarrile.

Otros viajes son mucho más cortos, pero igualmente emocionantes, y es la media distancia da para mucho, sobre todo cuando los trenes se retrasan. A veces puede pasar que un convoy, en un punto sin determinar entre Villalba de Guadarrama y Ávila, se pare porque sale humo de debajo de uno de los vagones. Con un poco de suerte, logra llegar a un apeadero de sugerente nombre, Guimorcondo.

Los pasajeros nos bajamos y nos ponemos a esperar en el apeadero. El paisaje es bonito, y como estamos en verano, la temperatura, a esas horas del atardecer, resulta agradable. Llega un regional que para en todos los pueblos y nos montamos en él para viajar a Ávila. Una vez allí, salimos a la plaza de la estación a esperar los autobuses que nos lleven a Salamanca. Siempre es estimulante romper la rutina.

De vez en cuando, llega el privilegio de viajar en un AVE o en un Altaria, para descubrir, con asombro provinciano, que el tren no es, por definición, un cacharro viejo, lento y que llega tarde a todos los sitios. El tren también es sinónimo de nuevo, rápido y puntual, muy, muy puntual.

Es como ascender en el escalafón social. En Atocha, para subir a un AVE, hay que pasar un control de equipajes y un control de billetes. Esto es viajar con glamour, y lo demás son tonterías. Un poco paleta, siempre miro y remiro los trenes de hocico pronunciado, mientras camino por el andén en busca del vagón de clase turista.

El tren arranca sin sacudidas, y cuando ya estás echando vistazos al reloj con aire escéptico, dispuesto a presentar quejar a quien proceda, resulta que el tren ya ha abandonado Madrid con mucha discreción. Las nociones de tiempo y lugar se transforman por completo: España se vuelve mucho más pequeña.

Amigos zaragozanos tocados por el halo de poder viajar en AVE, andan, no obstante, un poco quejosos, lo cual me asombra, acostumbrada a viajar en tercera. Se lamentan de los precios y de que no haya más alternativa ferroviaria que el AVE para viajar hacia el nordeste desde Madrid. Visto así…

Sin embargo, más allá de los nocturnos, de los diurnos que tardan mucho o poco y que son más o menos modernos, lo que a mí de verdad me fascinan son los trenes fantasmas. Un tren fantasma es aquel que dejó de circular hace años. Pese a ello, sus vías todavía atraviesan campos y montañas. Quién sabe, igual si nos ponemos a escuchar pegados a los raíles podamos oír el rumor de un tren que pasó por allí hace quince años.

Conozco un tren fantasma: el Ruta de la Plata. Sólo su nombre siempre me ha fascinado. Hacía la ruta Gijón-Sevilla, y por tanto atravesaba todo el lejano oeste de España. Lo quitaron hace unos 20 años, así que no me acuerdo mucho de él. Nunca llegué a montar. De vez en cuando, se rumorea que van a reabrir la Ruta, aunque sólo son eso: rumores tan fantasmales como el del propio tren.