España, ni roja ni rota

David Rodríguez

“España, antes roja que rota”, bramaban los fascistas para ilustrar su intenso amor a la piel de toro, que anhelaban mantener unida aunque fuera bajo el yugo de las hordas masónicas y comunistas. En tiempos más modernos, sin embargo, los mercados financieros suelen mostrarse menos apasionados en los asuntos del linaje, pues desde su punto de vista el dinero juega el papel de más que digno sustituto de la bandera. Sin embargo, no debemos olvidar que España mantiene intactos todavía ciertos rasgos heredados del franquismo, y el nacionalismo sigue proporcionando un interesante caudal de votos para caciques y barones varios, que además suelen mostrarse propicios a satisfacer los deseos de los poderes económicos. Así pues, no es complicado alcanzar una entente entre la fría lógica del capital y las insignias vernáculas, bajo el eslogan más contemporáneo y ambicioso de “España, ni roja ni rota”.

Por si fuera poco, ha llegado el bueno de Pedro Sánchez y ha conseguido afianzar esa alianza entre el euro y la patria, elevándola a la categoría de pacto de sangre, pues ha osado atacarla por ambos flancos. La persistencia en el NO a Rajoy ya generaba un cierto desasosiego, pero el intento de formar gobierno con el apoyo de los rojos populistas y de aquellos que quieren romper España ya ha sido demasiado. Para quien piense que exagero, no tiene sino que leer ciertas declaraciones de ilustres mandatarios históricos del PSOE y de algunos de sus dirigentes territoriales para constatar que el nerviosismo estaba alcanzando unas cotas rayanas en el trastorno de ansiedad generalizado. En consecuencia, había que descabezar al monstruo que desafiaba la estabilidad y la concordia del orden económico y constitucional. Es evidente que el ex secretario general de los socialistas no quería llegar tan lejos, pero la lucha interna por el control del partido ha enconado las posiciones y ha hecho el resto para provocar el cisma.

Más allá del análisis de una situación que haría las delicias del mismísimo Valle Inclán, permítanme realizar tres reflexiones en torno a la situación que estamos padeciendo durante las últimas semanas. En primer lugar, llama la atención la impunidad con la que pretende quebrantarse la solemne promesa electoral de que jamás, ni por activa ni por pasiva, se permitirá un gobierno del PP. En un país con unos valores democráticos más asentados, la voluntad de las urnas tendría un carácter bastante más vinculante, pero por desgracia nos hallamos lejos de compartir tales principios. Es curioso además como algunos dirigentes del PSOE señalan que han de cambiar de opinión para evitar unas terceras elecciones, como si eso no lo hubieran podido pronosticar antes de la segundas, generando un círculo vicioso que haría las delicias de cualquier erudito experto en resolver este tipo de enigmas propios de las ciencias sociales.

Otro elemento destacable es la principal razón que aducen los críticos con la supuesta abstención a la investidura de Rajoy: la corrupción. No voy a negar que ésta exista y que el PP sea uno de los partidos más envilecidos de Europa por esta lacra. Lo que quiero poner de relieve es que hay otros muchos elementos que desaconsejan el hecho de permitir que continúen gobernando, comenzando por el apoyo a los crímenes de guerra en Iraq, siguiendo por el recorte de libertades públicas, y acabando por toda una política económica y social que ha aumentado las desigualdades y ha deteriorado los derechos sociales. Efectivamente, la corrupción es un problema muy grave, pero haríamos bien en situar todos estos aspectos sobre la mesa para que la ciudadanía tuviera una visión algo más amplia de la situación política que sufre España.

Finalmente, creo de interés analizar qué ocurrirá con eso que llaman gobernabilidad una vez investido Rajoy, porque es obvio que las leyes requieren de mayoría para ser validadas, incluyendo los presupuestos generales del Estado. ¿Qué pasará con los recortes exigidos por Europa? ¿Con la ley ‘mordaza’? ¿Con la ley Wert? ¿Con la investigación de la corrupción? Y así podríamos continuar hasta el infinito. Aquellos que han descabezado a Pedro Sánchez van a ser observados con lupa en cada votación. Me da la impresión de que su objetivo es recuperar a un partido totalmente dividido para forzar una moción de censura a media legislatura y presentarse de nuevo como la alternativa con un nuevo rostro al frente. Se admiten apuestas. Mientras tanto, aquellos que apuestan por un gobierno de cambio van a tener que esperar un tiempo, y van a tener el reto de propiciar una movilización sostenida de la ciudadanía para volver a situar en el primer plano el debate sobre el modelo económico y social que requiere España. Tampoco esta tarea va a resultar fácil, pero de ello depende en gran medida la construcción de una alternativa real con opciones de combatir al PP.