España merece la pena

Julio Embid

Nunca me he sentido muy español. Habiendo nacido en Barcelona, crecido en Zaragoza y madurado en Madrid, simplemente soy español. Eso pone en mi deneí. Me siento maño y del Atleti. No me emociona escuchar el Himno de España. No he colgado la bandera rojigualda en la ventana como han hecho muchos de mis vecinos. No me alegro por las victorias deportivas de compatriotas, que en ocasiones residen en Suiza o Andorra. El flamenco me resulta tan extraño como la música K-Pop. Considero que los toros, y todo lo que lo rodea, son un anacronismo impropio de una nación capaz de mander satélites geostacionarios al espacio. Me produce asco tanto la corrupción política de la derecha española como el pijerío de ciertas personas de izquierda española, que predican una cosa y luego hacen la contraria.

Si el CIS me hiciese la pregunta sobre cómo me siento, creo que diría que “tan aragonés como español”. En el punto intermedio, ni frío ni calor. Si me preguntasen por mis colores diría que “mucho más del Atleti que español” basicamente porque, a mí, el Atleti me produce muchas más emociones, alegrías y tristezas que un concepto tan etéreo como el de la nación. Por el Atleti, soy capaz de cancelar una cita, madrugar, trasnochar, gritarle a la tele, viajar, recorrerme cien bares y hasta pintarme la cara de indio en las finales. Por España pues qué quieren que les diga. El día del Pilar nunca me pongo despertador. Como cantaba hace ya muchos años el gran Paco Ibáñez: “En la Fiesta Nacional, yo me quedo en la cama igual, que la música militar, nunca me supo levantar”. Vive y deja vivir. 

Ayer escuchaba la rueda de prensa del ex-presidente Carles Puigdemont en Bruselas y por primera vez me sentí cabreado. No es verdad que España sea un caos y una desolación. No es cierto que las agresiones de la Policía Nacional y la Guardia Civil provocasen cientos de heridos en la pantomima del 1 de Octubre. No es real que España sea esa Francoland, donde señores con camisa azul y sombrero de copa, que fuman puros y juegan al Monopoly, dirijan nuestros destinos desde 1939. Claro que hay fachas, y podremos encontrar en youtube un video de 20 payasos cantando en Madrid el Caralsol, pero eso no hace que todos los madrileños sean falangistas. Claro que podemos poner por las mañanas a Federico Jiménez Losantos y decir que los medios de comunicación son de ultraderecha, pero según el EGM su emisora Esradio está a años luz de lo que escucha la mayoría de los españoles (371.000 por los 4,3 millones de la SER, los 2,7 de la COPE o los 1,9 millones de Onda Cero). 

España es uno de los países de Europa Occidental con mayor número de años de gobiernos de Izquierdas. Nuestra esperanza de vida de 83 años es de las primeras del mundo junto a Japón. En 2004 fue uno de los primeros países en aprobar el matrimonio y la adopción entre parejas del mismo sexo. Somos uno de los países más tolerantes del mundo. No en vano, la fiesta del Orgullo Gay, es de largo, la principal fiesta de la capital por número de visitantes. Tenemos un clima envidiable y una diversidad cultural que hacen que cada año vengan 65 millones de extranjeros a disfrutar aquí haciento turismo. Nuestra sanidad pública es de las mejores del mundo y somos líderes mundiales indiscutibles en donaciones de órganos. Somos el país que más vino exporta y más aceite de oliva produce. Seguimos siendo líderes en tecnología eólica y en producción de este tipo de infraestructuras por todo el mundo. El segundo país del mundo con mayor densidad de km. de vías con trenes de alta velocidad. Hemos producido una excelente tecnología en materia de digitalización de libros y documentos valiosos. 

Soy de los que cree que todo está por mejorar y que, si no se pelea por los derechos y las libertades, se retrocede. Pero no voy a tolerar las mentiras y embustes de aquellos que quieren construir su microestado contra la mitad de sus ciudadanos, y ningunear lo que entre todos, tanto ha costado lograr. Merece la pena seguir juntos.