¿Es irreversible el Estado de bienestar?

Lobisón 

En un seminario sobre políticas sociales en América Latina, un profesor de Cambridge, sueco de origen, sostiene que el Estado de bienestar es irreversible en Europa porque la mayoría de los ciudadanos es partidaria de mantenerlo. La primera paradoja es que el seminario ha sido organizado por los propios latinoamericanos, que ven posibilidades reales de avanzar hacia una fiscalidad más racional en la región para hacer posibles políticas sociales universales e inclusivas. La segunda paradoja es que no buscan aprender cómo lo hemos hecho en Europa —ya se lo saben— sino si hay riesgo real de marcha atrás.

El argumento del profesor de Cambridge es sólido en un cierto sentido. Ni siquiera Thatcher logró hacer retroceder el gasto social en Gran Bretaña, y las posiciones de ultraderecha en Europa lo que pretenden es excluir del Estado de bienestar a los inmigrantes, a los no nacionales, no desmantelarlo. Incluso ahora en España, en medio de la orgía de recortes que afectan a la sanidad y la educación, y en otro sentido a las pensiones, el mensaje del gobierno es que se trata de salvar a los sistemas públicos, no de privatizarlos. Eso es lo que dice también Ignacio González, presidente sobrevenido dela Comunidadde Madrid, que representa a ese ala neoliberal del PP cuya lideresa es Esperanza Aguirre.

Ese mensaje del gobierno tiene trampa, qué duda cabe, y es fácil ver su incoherencia entre lo que se dice y lo que se hace. Pero que el discurso del gobierno sea a favor de mantener el Estado de bienestar confirma que nuestros actuales gobernantes conocen las encuestas del CIS y no se la van a jugar adoptando un discurso neoliberal descarado. Lo que puede suponer que, si España vuelve a crecer alguna vez, estos mismos gobernantes, u otros parecidos, se inclinen por refinanciar los servicios públicos, aunque previamente los hayan externalizado o descapitalizado.

Pero el argumento del profesor de Cambridge tiene un punto débil: los electores de muchos países europeos, cada vez más y no sólo en el sur, se oponen a las políticas de austeridad, y sin embargo sus gobiernos las han impuesto y las mantienen, en parte por ideología —el caso del Reino Unido es ejemplar— y en parte porque, dada la actual correlación de fuerzas en Europa y las posiciones alemanas en esta materia, no parece haber alternativas para evitar que la elevación de los costes de la deuda —la maldita prima de riesgo— acaben conduciendo a los países a la bancarrota y a la salida del euro.

Esta distancia entre lo que hacen los gobiernos y lo que querrían los electores produce una creciente desafección política, y el auge de opciones populistas o fascistas, como el monstruo griego, Amanecer Dorado. La primera pregunta es si la democracia puede sobrevivir a esta evidente crisis política. Pero la segunda es si el mantenimiento de las políticas de austericidio puede acabar conduciendo a la inviabilidad del Estado de bienestar. Paul Krugman siempre cita la estrategia de la derecha republicana: ‘starve the beast’, matar de hambre al Estado de bienestar en vez de enfrentarse abiertamente a él con un programa que preconice su desmantelamiento. ¿Hasta cuando podrán seguir haciendo irreversible el Estado de bienestar las preferencias de los electores si el austericidio no se detiene?