¿Es el Islam intrínsecamente violento?

LBNL

Tras la última portada de Charlie Hebdo se suceden las manifestaciones violentas en varios países – Niger, Pakistán, Ingushetia…- por la nueva “ofensa” “cristiana” al mundo musulmán. No es que, como el Papa Francisco, manifiesten su disconformidad con la nueva “falta de respeto” de la revista sino que, muchos, demasiados musulmanes en diferentes partes del mundo, sienten que dicha ofensa les legitima para matar, quemar iglesias o simplemente agredir a la policía cuando no les permite acercarse aún más al consulado francés de turno. Al mismo tiempo, ha empezado a circular un vídeo espantoso de la ejecución pública de una mujer en Arabia Saudita. Fue “juzgada” y condenada por matar al hijo de su marido, también birmano, como ella, y antes de que le corten la cabeza en plena calle ante los viandantes, grita desesperada que es inocente y que no mató al niño. Al parecer las autoridades han detenido… al autor del vídeo. Debe ser que una cosa es ejecutar en público y otra que lo puedan ver los que no “tienen” que aprender de la experiencia.

Sin duda, estos y otros episodios (como la infinidad de vídeos similares del ISIS) contribuirán a consolidar la errónea idea de que “los musulmanes”, el billón y medio de personas que se consideran musulmanes en sus diferentes versiones, son violentos o, cuando menos, tienen una predisposición a la violencia mucho mayor que los fieles a otras religiones. Por ello, viene muy a colación ver la interesantísima entrevista con Reza Aslan en CNN (subtitulada en español) en la que desmonta con claridad y rotundidad semejante “estupidez”, como la califica tras razonar en particular por qué.

El argumento principal es sencillo. Los países de mayoría musulmana son muchos y muy variados y no tiene ningún sentido equipararlos a todos con los países de mayoría musulmana más extremistas y/o violentos. De la misma manera, por mucho que compartan la misma fe, “el mundo musulmán” está compuesto por países y grupos de diferentes etnias y culturas. Los musulmanes asiáticos (por ejemplo Indonesia) tienen tanto y tan poco que ver con los musulmanes marroquíes o los de África Central, como los “cristianos” de Rusia con los de Noruega o Perú. Por no hablar de las diferencias entre las distintas corrientes musulmanas. Por ejemplo, los alawitas sirios (los de la secta de la dinastia Assad), son una escisión chiíta que permite beber alcohol, y los chiítas sí toleran figuras e iconos frente a los rigoristas wahabitas, originarios de la península arábiga, que tampoco son equiparables al resto de los sunitas.

Lo que sí es cierto es que las tasas de violencia son comparativamente muy altas en casi todo el mundo árabe, particularmente en Oriente Medio. ¿Son por tanto los árabes, en vez de los musulmanes, los que son violentos por naturaleza? ¿Es su cultura intrínsecamente violenta? Tampoco. Basta conocer un poco las grandes comunidades árabes de, por poner sólo dos ejemplos, Brasil o Canada, para desechar esa idea.

Cierto es también que no hay no hay ningún país “del primer mundo” que sea de mayoría musulmana. Como tampoco africano. En África se mata salvájemente a espuertas y se practica la ablación, como recuerda Aslan, en países y zonas que no son mayoritariamente musulmanes. Es problema es, obviamente, el subdesarrollo, no la religión. En general, a mayor nivel educativo y civismo social, menor nivel de religiosidad, para todas las religiones, pero sobre todo, mucho menos dogmatismo, de nuevo para todas las religiones.

Hay cristianos y judíos tan retrógrados como el peor musulmán y también los hay dispuestos a ejercer la violencia – y la ejercen – contra quienes “les ofenden”, ya sea practicando abortos, pactando con el enemigo o haciendo representaciones teatrales “blasfemas”. Ciertamente los ultras cristianos y judíos son menos y – en los últimos tiempos – menos letales que los musulmanes, pero simplemente porque viven en sociedades más desarrolladas, que han llegado más rápido a un nivel más alto de desarrollo por haber colonizado otros territorios en vez de haber sido colonizados por otros, como las sociedades musulmanas en otros tiempos estaban a la vanguardia del conocimiento – cultura, ciencia – y la tolerancia. Si la península ibérica llegó a ser el centro del mundo judío fue por los reinos musulmanes, que acogían a los judíos (con la excepción de los Almohades) a diferencia de los reinos godo-cristianos, que los expulsaron por primera vez en el Siglo VII.

Lo que es rigurosamente cierto es que la versión del Islám wahabita practicada en Arabia Saudita es un horror. Ya lo era cuando los EE.UU. traicionaron a Gran Bretaña pactando con Ibn Saud para hacerse con el control del petróleo. Y lo ha seguido siendo desde entonces, pero respaldada por miles de millones de dólares. Los saudíes, muy píos ellos, pactaron hace décadas con los imanes más radicales, dándoles patente de corso para abrir mezquitas y escuelas coránicas a cambio de que “no se metan en política” en el Reino. La exportación del wahabismo ha sido una constante sin la cual no se puede entender la victoria del FIS en Argelia en los primeros años noventa y la cruenta guerra civil subsiguiente, la llegada al poder de los taliban en Afganistan (sólo reconocidos por Arabia Saudí, Emiratos Árabes y Pakistán) y el yihadismo en general.

Esto no es un secreto, como tampoco que el mundo occidental – EE.UU. principalmente – ha manipulado el yihadismo en el pasado para sus propios fines, como en Afganistán contra Rusia o en Chechenia, al estilo de cómo Israel toleró inicialmente a Hamás para debilitar a la OLP, a la que consideraba su verdadero enemigo. No es que lo sostenga yo, sino un montón de libros y películas – de Holywood, no independientes – que describen perfectamente cómo el wahabismo radical ha ido colonizando países árabes – y no árabes como Pakistán y Afganistán principalmente – sin que nadie haya hecho nada serio al respecto.

Explicar que el Islam no es intrínsecamente perverso o violento no implica en absoluto justificar o tolerar sus expresiones intolerables, tanto para el mundo occidental como para la mayoría de los musulmanes y/o árabes. Al contrario. El enemigo yihadista wahabita debe ser combatido vigorosamente, en casa y en su propia casa, porque ha demostrado ser una ideología extremadamente perniciosa y peligrosa. Pero para combatirlo eficazmente es necesario conocerlo.

Considerar que Al Qaeda, ISIS, Hamás, Hezbolá, Irán y Pakistán son lo mismo es, además de una prueba de ignorancia supina, un error táctico garrafal. Irán, teocracia represiva en la que sin embargo circula el opio y el alcohol a raudales siempre que sea en privado, combate al ISIS como si le fuera la vida en ello, porque le va, como combatió contra Al Qaeda en el pasado. La fatwa contra Salman Rushdie sigue en vigor – aunque en suspenso – e Irán financia a Hezbolá, que no tiene empacho en atentar contra objetivos israelíes en Argentina o Bulgaria cuando lo considera oportuno. Y Hamás presenta un largo haber de atentados suicidas contra Israel. Pero no es una defensa de Hezbolá o de Hamás subrayar que no tienen en absoluto que ver con la yihad entendida al modo de Al Qaeda o ISIS. Son movimientos “nacionalistas” en el sentido de que luchan por la tierra, por el poder sobre lo que consideran su territorio. Su islamismo es genuino, pero no constituye su razón de ser sino una bandera que sirve para cohesionar a los suyos.

Al Qaeda y el ISIS son completamente distintos, enfrentados entre sí pero igualmente mesiánicos. Bin Laden le declaró la guerra a EE.UU. y a la casa real saudí por haber consentido esta última que los soldados infieles de aquél se establecieran en la sacra península arábiga para defenderla de Sadam Husein tras su invasión de Kuwait. El ISIS, que es la continuación de la franquicia iraquí de Al Qaeda, se escindió – más bien fue expulsada por Al Zawahiri, el sucesor de Bin Laden – por dedicarse a controlar territorio, es decir, combatir primero a los esbirros del mundo occidental antes que directamente a este último.

No cabe negociación con ninguno de ellos, no porque no sea legítima sino porque no tiene ninguna posibilidad de prosperar salvo si aceptamos todas sus exigencias. Pero debemos combatirles evitando los errores que hacen que los hijos alienados de inmigrantes árabes y musulmanes en Europa o en EE.UU. sientan el deber de unirse al combate pero del lado contrario. No lo sienten por su genética o la violencia intrínseca de su religión, como demuestra que la inmensa mayoría no sienta ese impulso, pese a no estar suficiéntemente integrados en una sociedad que predica la igualdad de todos los ciudadanos pero que sigue poniéndoles trabas para escalar en la jerarquía social en las mismas condiciones que a los blancos cristianos. Pero son demasiados los que sí lo sienten como para que podamos continuar con el estado de cosas actual.

Ahora bien, nos irá mejor si no partimos de bases equivocadas y contraproducentes.