Equívocos sobre el 15-M

Lobisón 

Tras los incidentes en la puerta del Parlament de Cataluña era inevitable que se desatara la polémica sobre el movimiento del 15-M y su futuro. Pero en esta polémica han surgido numerosos equívocos, el primero de los cuales es hablar del movimiento como si fuera una organización, que no es el caso. El movimiento, hoy por hoy, no tiene una dirección a la que se le pueda pedir que decida cómo va a encauzar sus acciones en el futuro, sino que las propuestas que lleguen al movimiento, mejor o peor intencionadas, deberán ser analizadas en asambleas descentralizadas y sin ninguna jerarquía.

Esto no significa que el movimiento no vaya a ser capaz de evitar desbordamientos por sus sectores radicales o por los sectores radicales preexistentes. Ha habido rápidas respuestas de portavoces del movimiento a los hechos de Barcelona, y organizar un servicio de orden o lanzar consignas contra la violencia no es demasiado cuesta arriba, teniendo en cuenta que el sentimiento claramente mayoritario es favorable a la protesta pacífica. Por fortuna no estamos en los años setenta, los años de plomo en tantos países europeos.

Tampoco significa que no pueda llegar a formarse una organización del movimiento, si éste prende y logra perdurar. Pero este proceso, si se produce, no será rápido ni sencillo. Por una razón: los movilizados desconfían profundamente de las organizaciones de representación, pese a que una de sus banderas iniciales sea cambiar la ley electoral para mejorar la representación democrática. Esto tiene que ver con su actitud de rechazo de los partidos, de la que tuvo buena muestra Cayo Lara al sumarse a la manifestación contra un desahucio.

Por supuesto el movimiento es muy heterogéneo, y en su flanco más antisistema hallan los radicales la oportunidad de desbordarlo como hicieron en Barcelona, pero el reflejo de rechazo a los partidos y el Parlamento está muy extendido. En este sentido, puede que las llamadas a la mano dura de Felip Puig, Mas y Duran i Lleida tengan respaldo social —aunque chocan con una comprensión paternal hacia la frustración de los jóvenes, porque son, literalmente a veces, nuestros hijos—, pero es evidente que pueden acentuar la fractura generacional y la desconfianza hacia la democracia construida por la generación anterior.

Con todo, el equívoco más llamativo es el que está más difundido en el propio movimiento. Con su rechazo de los ‘políticos’ y los ‘banqueros’ sólo pueden contribuir a disminuir el poder de los primeros para limitar el poder de los segundos. Claro que no se puede culpar al movimiento de la oleada electoral favorable a la derecha, pero es bastante probable que a corto plazo los indignados del 15-M estén favoreciendo a una menor legitimidad de la política como instrumento de las demandas sociales frente al poder económico.

En su excelente artículo de ayer en El País, Belén Barreiro concluía que ‘no será tanto la ingeniería institucional la que mejore las democracias; la clave está, más bien, en afrontar la reducción de la desigualdad social’. En eso es en lo que quizá hemos fracasado durante la crisis, pero ésa es la bandera que debería hacer suya la generación en el poder, sin caer en la trampa de creer que con una reforma de la ley electoral vamos a recuperar la credibilidad de la política democrática.