Episodios catalanes

Senyor_J

Muchos han sido los episodios estrafalarios que nos ha brindado el Procés como para sorprendernos ahora de la investidura de urgencia de la que fue objeto el pasado domingo Carles Puigdemont, el nuevo presidente de la Generalitat de Catalunya, el llamado a ser último presidente de la Generalitat autonómica. Muchos seguidores de las promesas que se vienen acumulando en los últimos años en forma de soberanía y desconexión lo daban todo por perdido el pasado fin de semana, hasta que llegado el sábado a mediodía la prensa empezó a filtrar la existencia de un acuerdo entre la unitaria candidatura de Junts pels Sí y la cada vez menos unitaria CUP. Y en efecto, todo estaba ya a punto para comunicar uno de los acuerdos políticos más increíbles que se recuerdan y para dar formar a un nuevo gobierno catalán.

¿Pero qué ocurrió en esos últimos días de la semana pasada? ¿Qué cambió para que la figura irreductible de Artur Mas, que lanzaba mensajes preelectorales unos días antes, cediera su puesto a un muy poco conocido Carles Puigdemont? Las explicaciones sencillas suelen ser las más precisas. La aspiración de perpetuarse en el cargo de Artur Mas había topado de manera irreversible con la negativa de la CUP. Convergencia estuvo durante muchas semanas a la espera de un cambio en la situación que no llegó a producirse. Las expectativas puestas en la milagrosa asamblea del empate a 1515 y en la decisión posterior de su dirección nacional, tras una nueva tanda de asambleas territoriales, se habían visto completamente frustradas. Se habían agotado todos los caminos posibles y la respuesta seguía siendo “No”, en medio de muchas tensiones internas en el sí del partido anticapitalista.

Eso dejaba a Convergencia ante dos escenarios realistas. El primero, consistente en acudir a nuevas elecciones, con la amenaza evidente de que no hubiera de nuevo una candidatura unitaria con ERC y los movimientos sociales afines y de que el dúo Podemos&Colau fuera capaz de alzarse con la victoria sobre las candidaturas independentistas. El segundo, facilitar algún tipo de acuerdo renunciando a poner a Artur Mas de presidente. Ante los riesgos de la primera opción, se renunció al gusto por las urnas y se acudió a la seguridad de los acuerdos irrenunciables. Porque sin Mas, la CUP ya no tenía más argumentos para negarse y las verdades básicas de la política parece que no se han olvidado del todo en Convergencia, esto es que es un partido de poder y que solo tiene sentido como eso, como partido de gobierno, por lo que todo lo demás -sus mensajes, sus hojas de ruta- son excusas, los grandes proyectos no son más que argumentos sobre los que prolongar una larga vida de ocupación de la instituciones y extracción de los ciudadanos. ¿Cómo iban a renunciar a ello, a jugársela con unas nuevas elecciones?

No obstante, hay suficientes elementos sobre la mesa para suponer que Mas no lo debió poner fácil. La rueda de prensa que perpetró el sábado por la tarde solo es posible en alguien al que le han prometido un montón de cosas y engañarlo con otras tantas. Le habrán tenido que recordar la experiencia de Vladimir Putin, ese hombre que no tiene dificultades para poner hombre de paja para recuperar el mando un tiempo después. Es lo menos que exigiría un hombre al que se le ha visto realizar todo tipo de trucos de prestidigitador para que ERC se encuentre sometida a su voluntad, para controlar como un titiritero esas dos entidades ciudadanas cuyos actos tan bien han servido  a su voluntad de poder o incluso para hacer creer que el referéndum del 9 de noviembre de 2014 era algo más que una jornada festiva, tan ineficaz jurídicamente como políticamente. De todo ello ha sido capaz y con un extraordinario éxito, aunque no en solitario, sino con el apoyo imprescindible de una relación inacabable de exégetas, pelotas, tertulianos, periodistas y de una apisonadora mediática en forma de radiotelevisión pública que no ha escatimado esfuerzos en secundar relatos, en beatificar al presidente y en convertir todo lo que hace en un acto presuntamente histórico.

Ha de ser así, mediante engaños y promesas a partes iguales, como este hombre ha decidido que era mejor marcharse, pero no sin dejar su sello indeleble y un último beneficiario de sus operaciones mágicas: la CUP. El vapuleo político del que ha sido objeto este partido, con su total beneplácito, sí que pasará a la historia por su falta de precedentes y por la colaboración benevolente con que la CUP se ha prestado a ello. Hay quien dice que la CUP consigue su objetivo de deshacerse de Mas, pero eso es algo que igualmente habría sucedido de convocarse nuevas elecciones. Lo que sí han conseguido es rebajarse hasta límites insospechados con una relación de concesiones del todo inaceptables para un partido político, pero sobre todo para uno que se declara anticapitalista y ultrademocrático: reconocerse como los malos de la película y responsables de poner en riesgo el proceso, entregar dos diputados a Junts pel Sí para que hagan de correa de transmisión de la voluntad de dicha organización, inhibirse de hacer política prometiendo fidelidad infinita a lo que Junts pel Sí disponga y ofrecer unas cuantas dimisiones para que Artur Mas no se vaya solo. Es así cómo la fuerza soberanista y anticapitalista renunció a su anticapitalismo entregándose a la voluntad de Mas y se inclinó exclusivamente por un tipo de soberanismo, el nacional, casi sin importarle perder la soberanía más importante: la suya propia.

La CUP, sin renunciar al lenguaje épico que caracteriza a todos los “héroes” del Procés, se ha convertido en un espantajo, pero lo ha hecho además privando a aquello que dice que más le importa, Cataluña, de una fuerte sacudida del escenario político propio. Porque las elecciones generales habían emitido una señal de avance de las fuerzas situadas más a la izquierda del arco parlamentario y una nueva visita a las urnas podía haber cambiado el panorama radicalmente. Y es que en efecto el otro gran castigado por esta solución, además de la CUP, es el espacio de En Comú Podem, que hubiera sido el gran beneficiario de una nueva convocatoria y la candidatura capaz de devolver el viaje soberanista a un camino algo más realista que el de la desconexión voluntaria. Que la CUP se sienta más cómoda con las compañías actuales que con otras imaginables, es como para hacérselo mirar.

Y ahora, tras la investidura de Puigdemont, la ficción del Proces vuelve a tener recorrido, y con ella, los proyectos que se ocultan tras él, que no es solo que Convergencia siga gobernando, sino también proteger a los suyos de las amenazas judiciales y refundarse en un partido lo más centrado posible que reemplace las raíces podridas dejadas por el pujolismo por otras lo bastante fuertes como para ganar unas cuantas décadas más de permanencia en el poder. Y ello va a pasar cuando tres elecciones después, el balance político del Procés es 0, porque a pesar de las manifestaciones del 11S, la realidad es que el gobierno catalán sigue instalado en el punto que lo dejó la sentencia del Tribunal Constitucional y que frente a las operaciones recentralizadoras del Partido Popular, la capacidad de réplica ha sido inexistente. A pesar de todo ello, triste papel el de unas CUP, que como ERC antes, se convierten en mero satélite del planeta convergente, a pesar de los votos de que disponen para dar un sentido completamente distinto a la política catalana.