Epidemia de machos alfa, o peor

LBNL

Podría decirse que tal epidemia existe, a raíz de la elección de Trump, que dentro de mes y medio estará al frente de la gran potencia, como también lo están Putin, perenne al frente de Rusia, Erdogan, cada vez más desatado al mando de Turquía, y también Orban, primer ministro de Hungría o Kaczsynski, el gemelo menos brillante que comanda Polonia, los dos últimos dentro de la Unión Europea. Unión que cuenta también con Tsipras o Fico, populistas nominalmente de izquierdas que gobiernan en Grecia y Eslovaquia respectivamente. Pero no es eso. La mejor prueba de que el género no es sino un factor, pero no el predominante, sería que Marine Le Pen ganara las elecciones presidenciales en Francia la próxima primavera. Y por supuesto, la gran cantidad de gobernantes masculinos que en absoluto se alinean con el autoritarismo democrático al alza últimamente, como por ejemplo Obama, Hollande o incluso Rajoy, que posiblemente merece toda crítica que se le haga – incluída la de indecente – pero no la de populista.

En primer lugar, el fin no justifica los medios. Es muy probable – no soy un experto – que la situación en Rusia a principios del siglo pasado justificara la revolución proletaria. Cuando la injusticia es máxima y no hay otro camino, la rebelión violenta es dificilmente condenable. Pero son muy pocas las ocasiones en las que los jesuitas aprobarían el magnicidio. Es decir, es altamente recomendable jugar de acuerdo a las reglas del juego, tanto para llegar al poder como para mantenerse en él. Así que personajes como Hitler o Chávez quedarían descartados de entrada por haber intentado dar un golpe de estado antes de haber conseguido llegar al gobierno por medios democráticos.

Pero ese no parece ser el principal problema hoy en día. Hasta Putin respeta formalmente la limitación de mandatos de la Constitución rusa, dando paso a Medvedev cuando toca. Y no hay duda de que todos los arriba citados, Erdogan incluido, no se plantean seguir en el poder cargándose la democracia. El problema es que no les hace falta porque la democracia autoritaria parece estar en alza. Democracia autoritaria es aceptar la democracia “formal” pero no la “material”. Cuando me hablaron por primera vez en la carrera de Derecho de la diferencia entre ambos conceptos no me resultó fácil entenderlo. De hecho, no lo entendí en absoluto y no estoy seguro de saber explicarla. Pero simplificando, una cosa es respetar la letra de las normas y otra su espíritu. Se puede aplicar en ambos sentidos, como una vez hace mil años le traté de explicar a un noruego que me llevaba a un hospital a medianoche en agosto para tratar a un niño que estaba bajo mi custodia: esperar a que el semáforo se pusiera en verde cuando se veía a la legua que no había un coche circulando en todo Oslo a esas horas y el niño estaba con 39 de fiebre, era ridículo. ¿Y si viene la policía, me dijo? En España, después de explicarle el caso, el policía nos escoltaría al hospital,  le espeté.

A sensu contrario, aprovechar los vacíos y vericuetos legales para asediar al adversario político o sojuzgar a la oposición, tampoco vale. Un buen ejemplo es la independencia de los medios de comunicación públicos que impuso – el palabro es apropiado porque eran muchos los que en su casa se oponían – Zapatero. No somos Gran Bretaña y no llegaremos nunca a transformar RTVE en la BBC pero, desde el poder, hay que hacer lo posible para acercarse, aunque suponga renunciar a un trato privilegiado que sirva, entre otras cosas, para seguir gobernando en interés de todos. Justo la filosofía contraria a la del binomio Felipe-Guerra, siempre proclive a hacer lo que fuera necesario para poder seguir modernizando a España hasta que no la conozca ni la madre que la parió. Es opinable y debatible pero yo, en este sentido, soy zapaterista a muerte: respeto a la letra de la ley democrática y, sobre todo, a su espíritu.

Pero Zapatero no era desde luego sospechoso de macho alfa. Al contrario, aunque algunos le calificaran de “killer”, fue denostado como “Bambi” en la oposición y de “buenista” hasta la saciedad en el gobierno. Me parece admirable su capacidad para sostener su “talante”. Jamás habría podido encajar en silencio las acusaciones de connivencia con el 11-M y ETA. Y me pareció muy bien su supuestamente imprudente confirmación, en una anodina rueda de prensa en Túnez, de que no sólo no se arrepentía de haber retirado las tropas de Iraq, sino que estaba convencido de que cada vez más se vería que era un acierto y otros harían lo mismo. Por cierto, este “incidente” generó un enfadadísimo fax personal del otrora Presidente Bush. La Historia pone a cada cual en su sitio…

En fin, volviendo al tema, los republicanos en EE.UU. no tienen problemas para modificar las circunscripciones electorales para el Congreso con el objetivo – cumplido – de reducir el peso del voto de las minorías étnicas. Y Erdogan y Putin no tienen ambajes en utilizar a la policía y a la fiscalía para arremeter contra cualquier opositor, siempre de acuerdo con el tenor literal la ley y manipulando al máximo el sistema para minimizar los riesgos a su poder personal.

El principal problema que nos aqueja es la creciente cantidad de gente que, por razones variadas, exige acción directa, soluciones rápidas, mano firme y, por qué no, mano dura. ¿Cuántas veces estás dispuesto a aceptar que a tu hijo le pegue un árabe musulmán inadaptado en el cole antes de concluir que hay un conflicto de civilizaciones irresoluble? ¿La gran cantidad de chinos-asiáticos que han salido de la pobreza absoluta es capaz de alterar tu juicio cuando estás desesperado porque nadie consigue trabajo en tu hogar?

Lo que desafortunadamente está poniéndose en tela de juicio no es la democacia como sistema de elección de nuestros gobernantes sino el espíritu de la misma. ¡Construyamos un muro contra los inmigrantes mejicanos y deportemos a millones de ilegales! ¡Y que no entre un sólo musulmán más, que son muy peligrosos! Que viene a ser lo mismo que lo que predica Orban en Hungria y secunda Fico desde Eslovaquia sobre la perversidad intrínseca de los inmigrantes árabo-musulmanes, todos ellos sospechosos de integrismo terrorista, con independencia de que sean precisamente ellos los principales damnificados por la barbarie del ISIS.

Lamentablemente, mi tesis de que no es una cuestión de machos alfa choca contra la experiencia empírica. Como izquierdista del sur de Europa, me cuesta reconocer que Angela Merkel es hoy el principal dique de contención contra la deriva democrática-autoritaria que nos invade. Hollande, a favor del cual seguramente escribí aquí en su momento, ha demostrado ser un mediocre, no tanto por sus desventuras pasionales – al parecer inevitables cuando se trata de un President de la Republique – como por su incapacidad para resolver ninguno de los problemas de fondo que aquejan a Francia. Por no hablar de Gran Bretaña, gobernada por una Primera Ministra que hizo campaña contra el Brexit, pese a lo cual no tiene problema en desgañitarse declarando que “Brexit is Brexit” siguiendo al peor senda marcada por el “No es no” del binomio Sánchez-Hernando.

Pero muy probablemente ni siquiera Merkel tenga claro el tema. Como muchos otros insignes representantes del “establishment”, muy posiblemente sus firmes principios democráticos – no en vano es hija de un pastor protestante y creció en la DDR – se vean atemperados por la necesidad de mitigar a todo precio el creciente apoyo popular a la racista AfD, de la misma forma que en el pasado sucumbió a las perspectivas electorales a la hora de atajar la crisis de deuda griega. Como tampoco Juppé,  que sin duda caerá en la tentación de hacer un discurso “duro” frente a la inmigración ilegal.

Mientras tanto, la Comisión Europea, presidida por el prematuramente avejentado Juncker, primer ministro demo-cristiano durante un par de décadas de un país tan insignificante como rico, cuya prosperidad descansa en gran medida en la opacidad fiscal, ha empezado a dar pasos moderados para corregir la política de austeridad que nos ha traído hasta aquí. No es del todo exacto que el austericido sea el único responsable de la situación en la que nos encontramos pero sí como componente indispensable del uni-pensamiento liberalista que incluye el libre comercio sin condición alguna y que tantas víctimas ha generado en el otrora paraíso de la democracia liberal occidental.

¿Qué podemos hacer para evitar que la globalización económica que nos ha llevado a la devaluaciones internas para asemejarnos a la competitividad asocial asiática nos lleve también al autoritarismo imperante en aquellos lares, version Partido Comunista chino trufado de mil millonarios o democracia controlada singapurense, últimamente glosada por Vargas-Llosa? ¿Tiene la social-democracia alguna respuesta? ¿Y en tal caso, dónde está?