Entre dos males

Lobisón

En términos racionales, la regla de oro de poner límites al déficit no tiene ningún sentido, es pura economía vudú, como decía el excelente presidente Bush padre. Hay situaciones en las que es necesario un mayor déficit, como muy bien sabían Keynes y los predecesores de la canciller Merkel cuando debieron afrontar la incorporación y reconstrucción de la antigua RDA.

La actual vigencia de esta estúpida regla de oro es consecuencia de la crisis de la deuda soberana en euros y de algo que también recordaba Keynes: cada generación vive bajo la herencia del pensamiento económico heredado. Él hablaba de las ideas de los economistas muertos, pero para mayor tragedia ahora se trata en bastantes casos de economistas vivos y con mucho peso en el Bundesbank o en el Banco Central Europeo.

Los mercados son bastante irracionales, porque se mueven de forma gregaria, pero no tan irracionales como los economistas vudú: las medidas para reducir el déficit frenan el crecimiento y amenazan por tanto de insolvencia a los países a los que se aplican, desatando una espiral a la baja (menos ingresos, más déficit, nuevos recortes) como la que padeció Argentina a comienzos de la década pasada. Por tanto la obsesión por un rápido recorte del déficit crea nueva desconfianza en los mercados, y no resuelve el problema de la crisis de la deuda.

¿Por qué entonces el gobierno español se ha embarcado en la reforma constitucional para fijar límites al déficit? En su artículo del viernes pasado en el diario Público, Ignacio Sánchez-Cuenca recordaba que las medidas tomadas por el gobierno no han servido hasta ahora para frenar la presión sobre la deuda española, y señalaba que en el fondo la crisis de la deuda sólo se puede resolver si la UE asume la solvencia de la deuda de sus países miembros y ayuda a la recuperación del crecimiento emitiendo eurobonos.

Este razonamiento es indiscutible, pero también cabe pensar que sin las medidas tomadas desde el giro del año pasado la situación podría haber sido mucho peor. Sin embargo, la cuestión clave es si, al asumir el compromiso constitucional de control del déficit, se está intentando crear las condiciones favorables para un consenso a nivel europeo sobre la emisión de eurobonos y la continuidad de la compra por el BCE de deuda de los países del sur en los mercados secundarios. Es decir, la cuestión es si se trata de una cesión sin más a la presión de Merkel y Sarkozy, o si es un movimiento estratégico para avanzar hacia la solución de fondo.

Por supuesto, ese movimiento podría quedarse al final en un sacrificio gratuito, sin resultados positivos en el plano económico o sobre la dirección de la política europea. En cambio, sus costes políticos son ya bastante visibles, y puede que lo sean aún más en las elecciones del 20-N. Me permitirán que no me extienda en esta línea de razonamiento, por temor a la melancolía.