En recuerdo de Boris Vian

Lope Agirre

Hace cincuenta años, día más o día menos, que se nos murió Boris Vian. Fue en junio, en Paris, no sabemos si con sol o con aguacero. No acostumbra a ser el mes más frío, pero tampoco aprieta demasiado el calor. Entra un poco de humedad desde el río; ablanda y enternece los huesos, sin que los moje de verdad. Dicen que era poeta, pero yo digo, utilizando el tono solemne de Gabriel Aresti, que un poeta no tiene edad, aunque pueda tener dignidad y apropiarse de gobierno, y que siempre será lo que fue. Nunca muere el poeta: asunto distinto es saber si de verdad vive, fuera del reino de las palabras. Sin embargo vivimos el recuerdo, y el recuerdo nos vive y alimenta; cada segundo que sucede él también es más anciano. Pero no lo conocemos; y él, hablo del recuerdo, a veces, nos ignora. La lucha más terrible que entablamos durante la existencia es contra el olvido. Boris Vian lo vio demasiado claro; inventó la maquina de olvidar.

 

Murió joven; tan sólo había cumplido treinta y nueve años. Una vez escribió: “No quisiera morir sin inventar las rosas eternas, la jornada laboral de dos horas, el mar en la montaña, la montaña en el mar, el fin del dolor, los diarios en colores, los niños felices y las historias de la calle”. Algunos son artificios para la búsqueda, contemplación y goce de la felicidad; otros, pura proclamación de la dicha. Aunque para conseguir el objetivo previsto sea necesario, antes que la propia alegría, el deseo de vivir con alegría, el olvido proclamándose vencedor sobre la tumba del recuerdo, el propio recuerdo humillado y derrotado por el olvido, aunque sea a ratos y a tontas y a locas. Quiso ser inventor y se convirtió en artista. No es la primera vez que sucede. Antes que él enfilaron dicho sendero Leonardo, Galileo o el propio Einstein. Entre los inventos no es menor el de la patafísica.  Se le debe a Alfred Jarry el nombre y la posterior definición aclaratoria: “Las leyes de la física son excepciones sin excepción y carentes, por tanto, de cualquier interés”. La ley es, claro está, la excepción de la excepción excepcional. Y es la excepción, según los “profetas” patafísicos, lo que empuja la ciencia hacia adelante, hacia el devenir, en el camino irrefrenable del progreso. Hubo gente que labró fama, aunque no fortuna, entre los patafísicos: Raymond Queneau, Jacques Prevert, Max Ernst, Eugene Ionesco, Joan Miró, Boris Vian, Marcel Duchamp, Jean Dubuffet y René Clair. Ellos nos recuerdan, sin ningún atisbo de soberbia, que todo descubrimiento realizado en el ámbito de la ciencia es obra del azar. La excepción es, no lo vayamos a olvidar, otra denominación que usa el propio azar para enmascararse. Ya lo dijo Nietzche, que el mejor escondite de lo profundo es la superficie. Y es la excepción antídoto contra cualquier ley o norma. Si todas las reglas están sometidas al azar y suceden por su gracia, sólo nos quedarán entre las manos la inquietud y la incertidumbre. Vivir sin certezas es vivir teniendo de amante y confidente a las palabras, ligeras y volátiles aves.

 

Hay dos fotografías, que recuerde, donde se expone y resume la azarosa vida de Boris Vian. En una le vemos tocando la trompeta, muy joven él, eso parece. A su lado se encuentra Juliette Gréco, tocando la flauta. La mujer es siete años más joven. En la otra fotografía también aparece Juliette Gréco, pero quien está a su lado es Miles Davis. No es de extrañar; la música del jazz, quizá porque fuera creada por esclavos, es la música más libre, y todo aquel que quiera ser libre y ame la libertad ama, asimismo, la música del jazz. Reconozco que es una frase categórica, como siempre que escribimos la palabra “todo”. Pero la música del jazz no admite categorías, como no admite normas. Es la excepción, fruto del azar, que invade hasta la más pequeña cocina del alma. Nos emociona y conmueve, nos anima y nos inquieta, porque carece de fin, o porque el fin, muchas veces, es el comienzo de algo nuevo, algo diferente. Es música que no para, porque está atada, con notas musicales, al infinito. 

 

Boris Vian y Miles Davis se encontraron en París, en 1949, por primera vez. En aquella época París era un lugar de estancia necesario para los artistas. Por allí, en el boulevard Saint-Germain deambulaban Charlie Parker, Albert Camus, Sartre y Simone de Beauvoir. Vian tocaba la trompeta en un tugurio llamado “Tabou”. Y Miles Davis se entretenía en un local cercano. Ambos eran en aquella época grandes bebedores y aventureros. Ambos amaban la vida, sobre cualquier otra cosa. No fue una época heroica, los periodos de crisis tras las guerras nunca lo han sido, pero fueron tiempos alegres, llenos de esa alegría que no lleva a ninguna parte y que es, por mucho, la más profunda y útil de las alegrías. Vivían, sin tener conciencia del tiempo ni de la muerte. Vivieron, como naves abandonadas a la corriente del azar, a veces a punto de estrellarse contra las rocas, a veces de encallar en la arena blanda y muelle. Eran tiempos de existencia, de excepción, porque el existencialismo subraya la excepcionalidad de la vida, y abre la senda de la alegría. Pero dicha alegría también esta sujeta al demiurgo azar; tan sólo es excepción.

 

Su muerte, como su vida, fue una obra donde el ingenio y el azar aportaron cada cual su parte. Cuando estaba viendo la película basada en su novela Escupiré sobre vuestras tumbas sufrió un repentino ataque al corazón. Quizá no fuera de su agrado lo que contemplaban sus ojos. El cine convierte las palabras en imágenes, hasta hacerlas irreconocible se inaudibles. Quizá, en la oscuridad de la sala aquella, se vio tal y como era.