En la hora de los calendarios

Señor_J

Mayo – septiembre – ¿noviembre? Esa parece que va a ser la secuencia que va a seguir el ciclo electoral del año 2015. Un año en que se someterán a examen todas las fuerzas políticas con opciones de crecimiento y de derrumbe y en el que se esperan no pocos cambios decisivos en la composición de ayuntamientos, parlamentos regionales y, por supuesto, del Congreso y el Senado. La estructura del poder en la Península Ibérica está a punto de cambiar, pero ¿estamos en condiciones de anticipar cuál va a ser la lógica y la profundidad de esos cambios o los minutos decisivos aun están a punto de disputarse?

Seguramente el momento cronológico que atraviesa la política española se parece bastante al ciclo de una eliminatoria de un campeonato de fútbol. En el partido de ida, los hay que han conseguido un magnífico resultado, mientras que otros se encuentran con muchos más  goles encajados de los que esperaban tener. Es hora, pues, de revisar las causas de ese mal resultado, de discutir el partido con los jugadores, de revisar tácticas, de presentar un nuevo planteamiento y con todo ello realizado, de disputar los minutos decisivos. Prosigamos con esta metáfora, a ver cuánto nos da de sí.

Entre los que mejores resultados han obtenido en la ida, debe ser fuerte la tentación de mantener el mismo esquema que tanto daño ha hecho en el rival. No obstante, incluso tras un buen resultado es conveniente reconsiderar las estrategias. Ello pasa en primera instancia por responder una simple pregunta: ¿a qué se deben tan buenos resultados? Las respuestas a la misma pueden ser muy variadas: a que los rivales plantearon muy mal el partido, a que el talento del equipo es inmensamente superior al del rival o a que se desplegó un enfoque estratégico que perjudicó gravemente la integridad de la portería contraria. De las tres opciones, la del talento es la que auguraría un mejor resultado en la vuelta al equipo que arrasó en la ida, pero desde luego las otras dos claves pueden ser controladas mediante unos cambios tácticos por parte del contrario. Es fundamental, pues, tener claro si ciertos avances en el resultado han respondido más a deméritos ajenos que a méritos propios, o incluso si las circunstancias externas han jugado algún papel coyuntural: la temperatura ambiente, la lluvia, un terreno de juego mojado en el que no circula bien el balón y donde se impone más la astucia que la calidad… Si por casualidad alguna de esas últimas circunstancias puntuales hubiera tenido un peso importante, tendríamos que tener claro que las mismas no se repetirán en la vuelta. Es por todo esto que se suele aconsejar no vender la piel del oso antes de cazarlo: porque la mayor parte de las variables implicadas en un resultado concreto pueden modificarse o verse alteradas en el partido siguiente, haciendo mucho más imprevisible el desenlace final.

Así las cosas, aquellos que llevan más goles encajados tienen motivos para no caer en la desesperación absoluta. Aunque el marcador resulte muy adverso y la eliminatoria esté complicada, saben que siempre se puede intentar desplegar algún tipo de respuesta técnica que cambie su destino. Los partidos de ida en los que el rival se luce también ofrecen oportunidades al derrotado para un análisis posterior pormenorizado, mediante el cual cabe la posibilidad de adquirir conciencia de los errores que se han cometido, aunque esta no siempre se aprovecha. La inclinación humana a fijarse más en las explicaciones externas que en las internas a menudo impide a los individuos reconocer sus equivocaciones y afrontar la necesaria rectificación. Otras veces los primeros resultados son tan adversos que cunde la desmoralización y los futbolistas se sienten como si el cielo se hubiera derrumbado sobre su cabeza. Incluso es posible que los errores se atribuyan a problemas irresolubles, obteniéndose con semejante evaluación el desenlace esperado: impotencia, desolación y derrota final.

Hasta aquí podemos llegar con el símil futbolístico, ya que, a diferencia del ámbito deportivo, en este caso la batalla no se resuelve en un choque de uno contra uno, sino en otro muy diferente de todos contra todos. Un “todos”, además, en el que los actores con posibilidades de éxito son cada vez más numerosos y en donde en medio de una fuerte volatilidad de las preferencias políticas, la evolución de la intención de voto se comporta como acciones bursátiles: unas parece que se mueven en largas tendencias al alza o a la baja durante un tiempo, otras evolucionen entre bruscos cambios de tendencia y también surgen con fuerza acciones de empresas a las que nadie esperaba ver allí… Dichos movimientos imprevistos son muchas veces alimentados por ciertos inversores, o más concretamente, lo que en nuestro caso podríamos llamar  focos mediáticos. Nos estamos metiendo de lleno en una metáfora financiera, pero es que las similitudes también son importantes. A veces esos inversores especulan empujando los valores de determinadas empresas al alza, pero al detectarse un cambio en la percepción del riesgo de la inversión o una desconfianza creciente hacia el comportamiento de la entidad, estos nos tardan ni medio minuto en dar un giro de noventa grados, en empezar a venderlo todo y en alimentar la expansión de otros que establezcan algún tipo de contrapeso. La lealtad de los medios y la de los inversores bursátiles es frágil, por lo que la seguridad a largo plazo de cualquier organización debe fundamentarse, ante todo, en la gestión que se hace de la misma o, volviendo a lo anterior, en la forma como se planifican los partidos.

Nos acercamos al final del artículo y aun no hemos mencionado a las organizaciones políticas en liza, pero tampoco vamos a hacerlo porque hoy no toca. Tiempo habrá para ello. Nos queda simplemente explicar cómo se reconcilia la metáfora futbolera y la bursátil.  El fútbol sirve para explicar una parte de la política en tanto que terreno de choque donde dos adversarios se disputan la pelota, donde de lo que se trata es simplemente de controlar el balón y moverlo mejor que el rival. Cambiamos balón por electorado y ya lo tenemos: solo nos falta recordar de nuevo que los adversarios en política son múltiples. Al mismo tiempo, la especulación bursátil representa toda esa parte de la política más opaca, en la que unos poderes que nadie ha designado influyen con instrumentos muy superiores a los que dispone la ciudadanía para promover a ciertas organizaciones en detrimento de otras, unas veces por favoritismo y otras por una simple instrumentalización, y para alcanzar un fin menos evidente, que sería el impulsar los discursos y las políticas más favorables a sus intereses.

Y acabo reivindicando la figura del balón. Un balón es un objeto inerte al que unos individuos hacen ir de acá para allá. Si el balón es un electorado metafórico, lo que estaríamos diciendo es que el balón es el gran protagonista ausente, puesto que sin balón no hay partido, pero carece de papel alguno en el devenir del encuentro y todo depende de la manera como otros lo mueven. De este modo nos encadenaríamos a aquella idea de lo manipulable que es la ciudadanía, pero nos libraremos de tal acusación recurriendo a una frase del periodismo futbolero: “Hay veces que el balón no quiere entrar”. “No quiere”: voluntad al fin y al cabo. Y es que, después de todo, para desplegar un buen juego, hay que cuidar el balón.