En Estocolmo no cantaban “Le metèque”

Barañain

La muerte de Georges Moustaki  permite evocar aquella época, los setenta,  en que aún cabía la ilusión de una identidad multicultural como sello de lo europeo. De familia greco judía (sefardí) originaria de Corfú, nacido y criado en una Alejandría “con todos las lenguas, todos los colores y todos los sabores”, en un ambiente culto y liberal, Moustaki encarnaría como pocos el espíritu de un desarraigo gozoso. No era de ninguna parte porque era parte de todas. Un habitante de la lengua francesa abierto al mundo que reivindicaba su extranjería intrínseca. “Con mi facha de extranjero, de judío errante, de pastor griego,…”: así se presentaba en “Le Metèque”.

(http://www.youtube.com/watch?v=tEQvRXRtIlg)

Los sucesos de Estocolmo, como hace un par de años los de París, nos recuerdan que es otro, sin embargo, el desarraigo que caracteriza a una  parte de la población europea de origen inmigrado –cerca de seis millones-, y en gran medida musulmana, de segunda y tercera generación. Estocolmo vivía jornadas de vandalismo -con coches quemados-, en el suburbio de Husby, donde el ochenta por ciento de la población procede de Turquía, Somalia y de países de Oriente Medio y  uno de cada cinco jóvenes está en paro y no estudia, han agudizado las situaciones de marginalidad.

La inmigración masiva y descontrolada y la falta de previsión y de voluntad integradora han propiciado enormes bolsas de marginación suburbana – que los actuales recortes sociales han agudizado-,  en lugares que alguna vez imaginamos idílicos remansos de bienestar y justicia social: el no va más del progresismo.

A comienzos de los años sesenta del pasado siglo –aunque en algún país (Francia, por ejemplo), el proceso se había iniciado mucho antes-,  el crecimiento económico sostenido en los países europeos no mediterráneos aumentó las necesidades de mano de obra. Los empresarios de estos países apelaron, sobre todo, a los países del sur del Mediterráneo para cubrir los trabajos menos remunerados que ya resultaban poco atractivos para los propios europeos y tomar así el relevo de los yacimientos tradicionales de mano de obra europea (Polonia, Grecia, Portugal, España,…). Se propició especialmente la inmigración magrebí  y los marroquíes, principalmente, acudieron en gran número a la llamada.

En un principio, los países huéspedes vieron la inmigración como una solución  temporal creyendo que, algún día, los inmigrantes retornarían a sus lugares de origen y así lo proclamaban oficialmente; sin embargo, aun con niveles de desempleo muy superiores (y de ingresos sustancialmente inferiores) a la media de la población autóctona, con problemas de rendimiento educativo y cualificación profesional, e incluso (en el caso de Alemania, por ejemplo) con muy escasas posibilidades de participar en política, muchos inmigrantes –magrebíes y turcos-, han preferido, a la postre, disfrutar de un nivel de vida por debajo de la media, pero con libertades y oportunidades de progresar económicamente, a reinstalarse en los países de los que vinieron.

Aunque en los años setenta, en el contexto de la crisis del petróleo, el incremento del paro y la ralentización económica provocaron que los países europeos -Francia, Holanda, Bélgica, Alemania,…-,  cortaran oficialmente el grifo de las inmigraciones, las puertas de la Unión Europea no se cerraron del todo y la inmigración continuó gracias al reagrupamiento familiar, a la explosión de las demandas de asilo y al aumento del número de estudiantes extranjeros, de los cuales una mayoría terminó por instalarse en el país de acogida.

El caso es que en un principio las políticas de inmigración, concebidas con carácter supuestamente temporal,  no fueron acompañadas de estrategias de integración y asimilación en los países de acogida. Las alarmas se encendieron enseguida. En Francia, por ejemplo, en el contexto de la revuelta de mayo de 1968 –que incluyó protestas contra  las dificultades de inserción de las comunidades de inmigrantes y la arbitrariedad administrativa-,  las autoridades tuvieron un serio aviso del  carácter explosivo de la situación migratoria. Por eso y por la crisis económica, en la Europa más rica se adoptó una nueva orientación política sobre la base de una transacción: “frenar toda nueva inmigración para poder integrar a los que están presentes en el territorio”. Los resultados, a la vista está, fueron bastante limitados.

De hecho, en general no sólo no se favoreció la integración sino que se fomentó  la conservación y recreación del medio ambiente cultural y social de los inmigrados. La reagrupación familiar se favoreció al amparo de los subsidios del entonces aún generoso  “estado del bienestar” y con ello se les garantizó una cómoda subsistencia -sobre todo, en comparación con lo que dejaban en sus países de origen-, que desincentivó un esfuerzo por su parte  para  una mayor integración en el país receptor. Los nuevos europeos seguían viviendo con la mentalidad y las costumbres de sus países de origen, cuando no rechazando de manera tajante la forma de vida, las costumbres, la cultura y los valores del país que les hospedaba y les garantizaba su subsistencia.

Con la coartada del “multiculturalismo”, mientras se pregonaba el ideal del mestizaje se fomentaban políticas comunitarias muy  poco integradoras, que propiciaban la persistencia de las diferencias culturales y fomentaban los  guetos étnicos, religiosos y culturales en suburbios y barrios de las ciudades europeas. Si una sociedad pluralista es aquella que acepta la diversidad, la integra y genera consenso, el multiculturalismo, por el contrario, segrega a los diferentes grupos étnicos y culturales y los exime de la responsabilidad de aceptar los deberes derivados del contrato social del que le acoge.

En el paisaje cultural europeo actual ha prevalecido un consenso que dejaba abierto el territorio a todo tipo de creencias y estilos de vida, en una especie de coexistencia pacífica que lejos de propiciar diálogos interesantes ha  alimentado la fragmentación del espacio social, y la ignorancia y la indiferencia recíprocas entre tales fragmentos. Así, la “tolerancia” no ha sido sinónimo de respeto sino de desinterés e indiferencia, el “relativismo” ha permitido tolerar cosas que no nos permitiríamos entre los oriundos y la multiplicidad de guetos -uno para cada comunidad -, se ha vendido como mosaico étnico interesantísimo, siempre y cuando se mantuviera en su sitio, en los márgenes de las ciudades. Y en esos guetos ha crecido la segunda y tercera generación a los que ya no vale la referencia de la vida que dejaron atrás sus mayores en sus países de origen, pues sólo han conocido esa vida en el suburbio,  sin  otra perspectiva que la del subsidio.

Imaginar que la integración de los inmigrantes en la Europa que les recibía era sólo cuestión de tiempo, de educación (escolar), de medios de comunicación, de diálogos o encuentros entre las elites, del funcionamiento de la economía, etc. ha resultado una ilusión falsa. Nada de lo que vislumbramos  sugiere que la integración sea fácil. Ni siquiera que sea factible. Menos aún, que de verdad la quieran las dos partes. ¿Podría ser suficiente con una «amigable convivencia» en lugar de la asimilación? “¡Vivir juntos!” proclamaba un naif eslogan francés: es más fácil formular ese deseo que llevarlo a la práctica. .

Ahora lamentamos el crecimiento de la ultraderecha xenófoba, aquí y allá, como si hubiera surgido por generación espontánea, sin cuestionar las políticas que han hecho posible el caldo de cultivo en el que crece de nuevo la serpiente. En España nos decimos, cuando asistimos a esas explosiones europeas de violencia irracional, que aquí no se dan porque hemos organizado mejor la inmigración y hemos integrado a los inmigrantes evitando la exclusión sistemática. Sin negar que algo de eso haya podido haber, me temo que no está fundado el exceso de optimismo. Toquemos madera.