En el reino de la locura

Senyor_J

Cuando el senyor_G se levantó de la cama el otro día, el mundo había cambiado irreversiblemente.  Llamó rápidamente al senyor_J y tampoco daba crédito: el país de los gúrteles, los cursos de formación y las cajas B había desaparecido. ¿Acaso había ganado ya Pablo Iglesias las elecciones? ¿Había resucitado la socialdemocracia bajo el mando de un nuevo líder dispuesto a desvincularse de las políticas de austeridad? Ni por asomo, pero un nuevo cebo ocupaba las plumas y mentes pensantes de nuestro territorio y no eran pocos los que se abalanzaban sobre él: “Muera Zapata”, aunque no el de los disparos a traición de1919, sino el recién estrenado concejal del ayuntamiento de Madrid.

“Muera Zapata”, gritaban, “muera”. “¿Por qué?”, decían otros. “Ha hecho un montón de tuits ofensivos”, se exclamaba un personaje mientras se guardaba un sobre en el bolsillo. Las masas vociferantes estaban desatadas. Habían olido sangre, estaban mordiendo ya a su presa y no estaban dispuestas a soltarla. Con tanta agresividad movían sus fauces que la alcaldesa de Madrid, sintiéndose amenazada, dijo: “Bueno, que se coman algún trozo y nos quedamos con lo que quede”. Y así fue como el concejal Zapata perdió su cargo ejecutivo en el área de cultura del Ayuntamiento de Madrid y quedó tan solo como concejal de distrito. Pero la entrega de media acta de concejal aplacó insuficientemente a las fieras y rápidamente le tocó a otro, en este caso una tal Rita, que se ve que le dio por liarla hace unos años en la capilla de una universidad -no me pregunten que hace una capilla en una universidad- y parece que eso también es gravísimo.

Unos tuits y un acto de protesta laicista fueron capaces de conseguir lo que otros fenómenos aparentemente más llamativos no han podido alcanzar: poner contra las cuerdas a responsables políticos. Ni los Jaguars del garaje, ni las sedes reformadas con cajas B, ni tampoco esas sedes embargadas, entre otros tantos fenómenos aparentemente bastante más graves, han desatado movimientos sísmicos de este calibre, ni mucho menos la disposición de los responsables políticos de apartarse de su cargo. Entretanto las sesudas plumas han ido dándole vueltas al tema. Veamos por ejemplo a Enric Juliana:

“El caso Zapata invita a releer de un tirón los breves y brillantes ensayos del filósofo coreano Byung-Chul Han sobre el mito de la transparencia, la psicopolítica y la sociedad de la indignación. Formado en Alemania, Han afirma que la transparencia es un falso ídolo, sostiene que las oleadas de indignación no construyen un nosotros estable y esconden actitudes egoístas, cree que la cultura digital es el más poderoso mecanismo de dominación que ha generado el capitalismo, y considera que Twitter es un arrabal cada vez más dominado por los matones, en el que las minorías callan y retroceden por miedo a las shitstorm (tormentas de mierda, vendavales acusatorios)”.

Tras leer esto no he salido corriendo a leer los breves -se agradece- y brillantes -está por ver- ensayos de Byung-Chul Han, tal vez porque no me lo han vendido bien. Me evoca un poco el eterno problema de los intelectuales, entre los que muy a menudo predomina la apariencia sobre el fondo, el darle algunas vueltas de más a las cosas y el lograr con ello aterrizar sobre terrenos pantanosos o vaporosos. No viene al caso el cargarse ahora la cultura digital ni las herramientas de comunicación de que nos hemos dotado porque las ventajas superan de largo a los inconvenientes. En cuanto a la transparencia, es muy bienvenida, en la medida que los asuntos públicos han estado siempre envueltos con la densa niebla de la opacidad, de la ausencia de controles democráticos y de la poca voluntad de dar explicaciones, de reconocer errores o de asumir críticas. Y lo de considerar a Twitter un arrabal, dado que no parece un homenaje a los espacios urbanos sobre los que las ciudades fueron progresivamente extendiéndose más allá de sus límites originales (bonita metáfora para ilustrar la apertura de la información desde los medios tradicionales a la red), merece replicarse con la afirmación clara y rotunda de que no se puede tomar la parte por el todo y de que Twitter es un excelente medio de difusión de contenidos y, en ocasiones, hasta de debate.

Será pues necesario enmarcar el caso Zapata en un ataque en toda regla contra las fuerzas del cambio, con el único fin de desprestigiar a una persona y forzar su renuncia. Recordemos que no se trata de un mensaje emitido tras su elección ni en tiempos demasiado recientes. Se trata simplemente de buscar algo a lo que agarrarse para lanzarse sobre ello, sin titubeos y, lo que es peor, sin miedo a las réplicas. Porque lo normal sería tener miedo al efecto boomerang, a la posibilidad de que dicha acción desencadene una reacción. Lo lógico sería que todos aquellos individuos salpicados de menciones, afirmaciones, acciones y delitos mucho más graves y perfectamente contrastados se vieran atrapados por las dinámicas del arrabal y las shitstorm, pero parece que no es así. Habrá que hacer lecturas un poco más complejas de todo ello. Entretanto a ver si los nuevos y renovadores equipos consistoriales tienen un respiro y pueden empezar a traernos los cambios que anunciaban. Ya toca.