Emprendedores y emprendimiento, la historia repetida

José D. Roselló

El pasado viernes pasó por el Consejo de Ministros el enésimo plan (al menos el tercero en diez años a escala nacional, por no hablar de los planes autonómicos y municipales) destinado a favorecer la actividad emprendedora. Loable propósito.

Estos planes pueden englobarse en una línea de actuaciones en materia económica que se viene persiguiendo a escala nacional y europea desde hace casi tres lustros. Preocupa, por ejemplo, el hecho de que a este lado del atlántico el porcentaje de emprendedores sea menor que al otro, y, se dice, que este hecho puede tener relación con la innovación, la productividad y el crecimiento económico.

Cualquier medida política que se ha tomado en este terreno siempre ha girado en torno a alguno de los siguientes aspectos: facilidad para crear sociedades, reducción de cargas administrativas y reducción -aunque sea provisional- de cargas fiscales. Es un enfoque lógico, muy racional, muy en línea con la mejor tradición del razonamiento microeconómico que viene a decirnos “reduzca usted costes, y riesgos asociados a algo, si quiere ver que este algo se produzca con más facilidad”. La cuestión relevante, sin embargo, es si son estos tres aspectos los que impiden  que tengamos el nivel de emprendimiento americano (aceptemos que este sea el objetivo a grandes rasgos) o si, en cambio, “el turrón” está en otros factores. Es esta una materia en la que nos movemos mucho en el terreno de la opinión, o de la impresión, que entre relaciones verdaderamente probadas, y que, en cuanto a medidas, tenemos que movernos dentro del abanico de lo practicable.

De la facilidad de crear sociedades.

 Para crear una sociedad limitada hace falta darse de alta en varios registros, el mercantil, los de Hacienda y Seguridad Social, más luego constituirse con el capital de 3.000 euros y un notario de por medio. Si uno quiere darse de alta de autónomo, los trámites son aún más sencillos. Si uno tiene socios extranjeros la cosa puede complicarse algo, ya que son dos legislaciones.

No obstante es verdad que para  “lo esencial”, es decir, tener nombre, NIF y cuenta de cotización, se puede tener en una semana, incluso menos, ya que menudean regímenes especiales desde el año 2003 que facilitan este proceso.

Se dice que en Portugal, por ejemplo, o en Chile, se puede tener una empresa montada en un día. No puedo asegurarlo, pero por el contrario,  sí es verdad que aquí, en cuanto a los trámites de creación, no parece considerarse como un obstáculo definitorio que hagan desistir o que supongan un obstáculo importante en el arranque de un proyecto. Es decir, no es algo que se considere clave.

El proyecto gubernamental introduce una nueva figura de sociedad limitada, más limitada que la presente. Amén de otros aspectos, lo más relevante es  que trata de proteger el patrimonio de sus partícipes, en particular su primera vivienda. Evidentemente en la cabeza del gobierno está que el poder perder tu casa si creas una empresa es un factor limitante de calado a la hora de que alguien tome la decisión de constituir una sociedad. En la misma línea se engloban las medidas destinadas a evitar la vía judicial en el trámite de disolución de una sociedad endeudada. Más flexible y más rápido (en teoría)

No se alinea mucho con lo que comentan los emprendedores al respecto de esta materia, más preocupados por plazos y retrasos que les impidan funcionar.

De las cargas administrativas.

Aquí la cosa va a depender mucho de qué negocio se quiera montar. Si es un negocio de cinco tipos en un piso con unos ordenadores, una conexión a Internet y un teléfono, el mayor estorbo va a ser luz, agua y cuando vienen a darte de alta la línea del susodicho teléfono. Administrativamente hablando, a ese tipo de empresas no se le van a exigir licencias engorrosas de satisfacer.

Otra cosa es si se tienen que hacer obras, preceptiva licencia, o si el negocio pertenece a la rama de hostelería., con mayor exigencia regulatoria

Ahí si son más los trámites a cumplimentar, sobre todo en materia de licencias y permisos, aunque luego mediante el mecanismo de la licencia provisional no es tan fiero el león como lo pintan –teniendo una suerte normal-. Por ejemplo, se cita en muchas ocasiones que en nuestro país puedes tardar cien días en tener todas las licencias para abrir un negocio en orden. Se refieren a las definitivas, con provisionales se puede tirar bastante bien antes en gran parte de los casos.

No obstante, aquí hay una salvedad, actividades industriales “grandes”, es decir, intentar poner una fábrica de algo (si consideramos a esto emprender). Ahí sí que entre normativas concurrentes europeas, nacionales, autonómicas y municipales, la cosa puede ponerse muy enojosa, y efectivamente,  puede hacer desistir finalmente antes de echar a andar el proyecto. Cierto es también que en actividades industriales todos los países desarrollados tienen este problema no hay “Chiles y Portugales” como ejemplos sumarísimo de dónde se hace mejor. Justo reconocer quizás que cuando decimos la palabra “emprendedor” no tenemos en mente los problemas a los que se enfrenta un grupo que quiera montar una planta industrial, sino a personas individuales que se juntan para lanzar una actividad económica a una escala considerablemente menor.

En este sentido, el gobierno en su programa anuncia una batería de medidas algo inconcretas; lo más tangible es la eliminación de ciertas licencias previas por “declaraciones responsables”. Jurídicamente resulta más lógico; la cuestión es si supondrá una reducción de tiempo real respecto a la situación actual de licencia provisional (o incluso a la buena de dios, que también hay casos).

Lo que dicen los emprendedores en esta materia es que no es la primera vez que se lanzan planes con esta vocación y que luego pierden impulso, o no llegan a todos los rincones de la administración, o no afectan a las cosas más relevantes. Ya ha habido otras veces varios planes de “ventanillas únicas” y de este estilo. Aumenta algo la eficacia, pero siempre al final vuelven a salir ayuntamientos, comunidades, tramites  ligados no solo a la creación sino al funcionamiento. Es ahí donde se produce la mayor carga de burocracia, y aun habiendo mejorado, sigue siendo enojosa por una parte, y difícil de eliminar por la otra.

De lo fiscal

No ha habido posiblemente una figura sobre la que se hayan intentado más tipos de incentivos fiscales que sobre la del emprendedor, la nueva empresa, o la pequeña empresa, o la pequeña empresa innovadora etc. Cada relativamente poco tiempo se acumula una nueva medida que, a veces se solapa con otras.

Es claro que cuantos menos costes tenga que soportar un negocio naciente, mejor. Por otro lado,  es cierto que a efectos reales, un negocio naciente, aparte de los incentivos de turno (por ejemplo cuotas reducidas a la seguridad social en el caso de autónomos o participes de una sociedad), no tiene excesiva dificultad en aplazar pagos si hay esta necesidad. Con todo, el mayor problema detectado en relación con el fisco no ha sido una carga especialmente dura contra los negocios nacientes, sino la obligación de pagar IVA -da igual la edad de la empresa- aun cuando los cargos no hayan sido satisfechos por los deudores (a veces administraciones públicas).

Esta es precisamente la medida estrella del plan del gobierno, que esta vez no incorpora nuevas figuras de “emprendedor x” sino que trata de atacar el problema citado. La plasmación final ha quedado en que sólo las empresas de facturación menor de dos millones de euros,  y sólo aquellas que lo hagan de forma voluntaria y sólo si implementan un trámite y registro especial…. es decir, la impresión es que ha quedado emasculado.

Junto a esta iniciativa, se aparejan otras destinadas a la reinversión de dividendos y la I+D+i que no son ni suenan distintas a otros incentivos practicados en anteriores ocasiones.

El fiscal es uno de los temas que más exacerba a los emprendedores (como ciudadanos que son). De hecho, les animo a que hagan la prueba. Sin embargo, no tanto por el aspecto técnico de las deducciones, sino porque lo que quieren es pagar menos, sobre todo en seguridad social. 

Sin quitar ni poner, la presión fiscal a las empresas en España, comparativamente hablando, es baja. El coste de seguridad social, en cambio, es alto.

¿Y los otros factores?

 Realmente ninguna de las tres áreas como tal, es considerada como la limitante a la hora de crear un negocio o mantener una compañía (si exceptuamos los impuestos, donde, como les digo, el debate informal se pone muy colorista).

Sí, en cambio, hay un área que siempre se señala como diferencial, y que hoy tiene un peso doblemente importante: la financiación externa.

Es verdad que en nuestro país, tanto por regulación como por cultura, el crédito a un negocio naciente por parte de los cauces formales es cero. A  no ser que hipoteques tu casa.  No hay circuitos ni costumbre de financiar proyectos, es irrisoria la comparación con EEUU, objetivo a alcanzar en cultura emprendedora. Si a esto le sumamos que, además ahora el capital necesario para el funcionamiento tampoco está siendo provisto por el sistema financiero, no es de extrañar que el principal problema del emprendimiento sea uno: “Dinero”. Precisamente esto es lo que falta a este plan (y a otros en anteriores ocasiones). Nunca ha habido una opción decidida por la financiación de proyectos nacientes.

Una frase oída más de una vez es “todo se quiere arreglar con buenas palabras”, quizás algo exagerada pero que sí retrata este espíritu que rodea a todo lo que tenga que ver con este concepto de “emprendimiento”, aquí, en Bruselas y en Berlín. Todo se quiere hacer a golpe de sofisticado alambicamiento, de BOE, de poda,  sin gastarse un duro, lo que es equivalente a decir, sin coger el toro por los cuernos.