¿Empieza la revolución?

LBNL

Nada bueno suele surgir del caos pero, si la estabilidad no ofrece nada bueno ¿qué tenemos que perder? Cada vez menos. Ese es el problema: cuanto menos hay que perder, más probabilidad de que prenda la mecha. Así lo reconoció abiertamente el “halcón” israelí, Ehud Barak, que a punto estuvo de perder las elecciones cuando en campaña electoral vino a decir que si él, que había participado en misiones de eliminación de líderes palestinos y había comandado batallas contra ejércitos árabes, hubiera nacido en un campo de refugiados palestino, posiblemente también se afiliaría a Hamás. Por falta de desincentivos, o incentivos para no hacerlo.

Los de Gamonal en Burgos viven infinitamente mejor que los refugiados palestinos, como también los que se manifestaron ayer por segunda noche consecutiva en la Puerta del Sol. Pero cada vez tienen menos que perder y todo es relativo. Tener la mitad de lo que tenías ayer es una faena, con independencia de cuánto tenías. Y si la mitad no te da para lo básico, que hasta ayer dabas por hecho, la frustración se transforma en indignación. Y si, como es el caso, la indignación no sirve, no consigue nada (véase la falta de resultados del 15-M), podemos fácilmente pasar a la batalla. Y parecería que algo así podría estar pasando.

Las revoluciones empiezan con cosas aparentemente nimias. La primavera árabe (quizás más bien otoño o incluso invierno, a la luz de cómo están las cosas por allá), nació a raíz de una inmolación espontánea de un perdedor de la vida que ya no pudo más. Hubo otros antes y habrá otros después, pero ese “incidente” tuvo lugar en el momento en el que la sociedad tunecina estaba madura. Y se extendió a Egipto, a Libia, a Siria, a Bahrein y quién sabe cómo acabará todo. Mucha inestabilidad y mucho caos pero, quitando Siria, los demás no están peor de lo que estaban.

Afortunadamente todavía no hemos tenido un caso similar. Sin embargo, las señales de descomposición son cada vez más acuciantes. Ortega Lara, por cuyo calvario tantos nos movilizamos, se erige en líder de una escisión del PP, VOX, que aboga por la desaparición de las autonomías y poner coto a la marea de inmigrantes. Los bomberos de Madrid se movilizan en defensa de su compañero detenido por hacerle frente a los antidisturbios que se hacían dueños de la calle para reprimir las manifas de solidaridad con Gamonal. El PP se pega un enésimo tiro en el pie y pretende aprobar una ley que restringe derechos cada vez más asentados en Europa, provocando una incipiente rebelión interna y la repulsa europea, como ilustró el debate en el Parlamento Europeo. El PSOE se apresta a aprobar el calendario de primarias este sábado con el objetivo no declarado de retrasar al máximo las de candidato a la presidencia del gobierno, para ver si entre lo del aborto y un posible resultado favorable en las elecciones europeas, el ínclito Alfredo puede conservar la poltrona. El PSC es incapaz de gestionar el desafío soberanista, tanto internamente como frente al PSOE. El PNV fracasa en su voluntad de convencer al Gobierno de coadyuvar al fin de ETA y se ve abocado a salir a la calle de la mano de la izquierda abertzale para evitar una posible regresión, pese a ser plenamente consciente de que un escenario soberanista a la catalana le expondría a ser sobrepasado por el independentismo sin ambages, como le está sucediendo a CiU. La Junta de Andalucía, aseteada por la jueza a cuenta de los EREs, le reclama a UGT la devolución de casi dos millones de euros por facturas no justificadas. El Presidente de la Comunidad de Madrid es un corrupto de tomo y lomo, por más que todavía no haya sido condenado (todo llegará).

Todo esto está pasando mientras Rayuá (así le llaman a Rajoy en Francia) está encantado consigo mismo. Acaba de verse con Obama, que le ha dedicado alguna palabra amable, y anteayer leyó las declaraciones de un alto responsable europeo que sentó cátedra diciendo que España estaba sentando las bases para convertirse en el motor económico de Europa en un plazo de cinco años.

Yo puedo aguantar cinco años, muchos otros no pueden. Pero incluso pudiendo, no me interesa. Molaría mazo (que diría Camilo Sesto) que España se transformara en la locomotora europea. No me lo creo pero pongamos por caso. La cuestión es ¿y a mí qué me va en ello? Suponiendo que la devaluación salarial interna, el abaratamiento del despido y el recorte en costes sociales nos permita convertirnos en un polo de productividad y competitividad europeo, ¿cuánto me toca a mí?

Muy poco, me temo. Si tengo la suerte de tener trabajo, que somos los menos, será con un salario rebajado y, en todo caso, congelado indefinidamente, con el peligro de ser despedido a bajo costo a la primera de cambio, o a costo cero si tengo la mala suerte de “disfrutar” de un contrato temporal. En otras palabras, nos están prometiendo que nuestro equipo, dentro de cinco años, ganará la Champions. Lo que no está claro es si voy a jugar o voy a ser suplente y si me van a pagar algo parecido a la estrella del equipo o una fracción infinitesimal de su salario. Es decir, estoy encantado de que Amancio Ortega sea uno de los tíos más multimillonarios del mundo. Su riqueza me repercute, aunque sea muy indirectamente, y prefiero que haya un español en la lista, gallego, catalán o palentino. Pero no me toca nada. Es como lo del balón de oro. Este año los del Madrid encantados con que se lo hayan dado a Cristiano, pero tampoco les toca nada. Son seguidores del equipo del mejor jugador del mundo en el último año pero si no tienen trabajo, no tienen ingresos, no pueden comprarle libros de texto a sus hijos, tienen que postergar sus visitas médicas eternamente, están amenazados de desahucio, etc, como que les da igual. Vienen unos a montarla porque el ayuntamiento se quiere gastar ocho millones de euros en reformar el barrio mientras cierra servicios sociales y, qué quieres, vas y te sumas.

La revolución no suele traer demasiadas cosas buenas pero cuando el status quo tampoco…