Elogio de la campaña

Barañain

Ahora que parece estar todo el bacalao vendido, se nos intenta convencer por los fabricantes de opinión de que la campaña electoral ha sido, en realidad,  “aburrida”, “mediocre” e “inservible” para motivar, en un sentido u otro, el voto de los electores. Y al hilo de esa apreciación se nos insistirá una vez más en la poca “calidad” de nuestros políticos, en la poca consistencia de sus mensajes o en su escaso carisma y, en fin, se insistirá en que, también sobre este asunto, cualquier tiempo pasado fue mejor. Para alguna prensa, tal tipo de mensaje, es el que mejor conviene a su visión equidistante y distanciada del combate que se ha librado en estas últimas semanas. Curiosamente, en no pocos casos, quienes ahora simulan escandalizarse por lo tosco y aburrido de la campaña son quienes, meses atrás, más se empeñaron en advertir al respetable de que, tras el verano, “pintaban bastos” y presagiaban un otoño políticamente conflictivo. Se auguraba una larga y dura precampaña que nos habría de resultar a todos insufrible. Sucedió, sabido es, todo lo contrario y el reinicio de la actividad parlamentaria trajo un cierto enfriamiento del clima político, apenas animado por los zarandeos en el seno del Tribunal Constitucional y poco más. Al menos, hasta que el fantasma de la crisis económica llegó a nuestras vidas. De nuevo, inasequibles al desaliento, los (casi) monopolizadores de la opinión publicada alertaron de que la campaña electoral, en contra de lo que se había previsto, giraría muy especialmente en torno a la economía. Y eso, decían, va a pillar con el paso cambiado al Gobierno. Momento de ansiedad: ¿Temblaría Solbes?

A mi juicio, y en contra de los cenizos, ni la precampaña fue larga e insufrible ni la campaña ha sido inútil o prescindible. Todo lo contrario. Esta batalla electoral ha posibilitado un eficaz examen colectivo de lo que estaba en juego y una consecuente valoración de la fiabilidad de los aspirantes a gobernar, que es de lo que se trata. Y  ha conseguido una alta implicación ciudadana (parece ser) en un plazo de tiempo razonablemente corto, con costes asumibles y sin excesiva crispación. No parece pobre el balance provisional.

En la campaña, no se habla de propuestas, dicen. “Programa, programa, programa” era un lema llamativo –sobre todo en boca de una personalidad histriónica-, pero escondía una falsedad tan grande como el idealismo (en el peor sentido de la expresión) que denotaba. Sin embargo,  la demagogia es lo que tiene, los vigías de occidente serán los primeros en descalificar la presentación de datos y propuestas concretas. Entonces la crítica es al “mercadeo”, a la “subasta de ofertas” y bobadas por el estilo. Al candidato que quiera mostrarse riguroso se le criticará por tecnócrata -¡esa macroeconomía sin alma!-, y le dirán que se muestre más humano y cercano al ciudadano de a pie.

La campaña personalizada se convierte, dicen, en una especie de concurso de habilidades y telegenia. ¡Qué poca profundidad de debate político! ¡Ay, si nuestros profesionales de la política aprendieran del periodismo patrio, que tantos años lleva girando en torno a los “super-comunicadores”! Y sin embargo,  ya lo creo que  ha habido debate político. Aunque en cada episodio concreto, los medios hayan querido destacar, generalmente, lo más estridente, lo que mejor sirviera para construir esos titulares que venden. Y el debate ha sido personalizado, sin duda. Al menos en el caso de Zapatero que, si hubiera actuado de otro modo, habría desperdiciado estúpidamente uno de los elementos diferenciales más favorables con los que ha contado en toda la legislatura.

La campaña es cosa de publicistas, dicen, como si desvelaran algo horrendo. ¡Pues vayan desde aquí mis felicitaciones a los publicistas, especialmente, a quienes han concebido la campaña socialista! Esta campaña, enlazaba la fase de “la mirada positiva” de la precampaña –como el reverso de la permanente agitación crispada que representaba la oposición del PP-, con el lema “motivos para creer” de la primera fase de la campaña propiamente dicha, en ambos casos con una notable personificación, tratando de rentabilizar la alta valoración del Presidente Zapatero y de su liderazgo fuerte y confiado, respecto a la oposición. Esta apelación a la fé – no sé si la referencia a las creencias, y no a las convicciones, en un partido laico, descolocaría a algunos de sus seguidores-, de  los estrategas del PSOE era  coherente con lo que ha sido una constante en Zapatero que a lo largo de esta legislatura nos ha  pedido que “confiáramos en él”, que “creyéramos en su palabra”.  Está claro que “creer” es un verbo que le gusta.

La campaña socialista ha oscilado entre esa mirada tranquila y positiva, confiada en el éxito del balance positivo de la legislatura y la necesidad de meter “tensión” –en el sentido electoral, no en la versión manipulada de la expresión-, para motivar la participación de su base social, ante la incertidumbre dibujada por unas encuestas que no acababan de revelar un despegue suficiente. Pero no ha sido necesario dibujar con trazos gruesos lo que representaría la victoria del PP. El PP con su agresiva campaña se ha bastado para despertar todas las inquietudes posibles. Y, en realidad, podría no haber sucedido así.

Entre diciembre y enero, la aparición de datos preocupantes sobre las perspectivas económicas que rápidamente calaron en la ciudadanía tenía un doble efecto ventajoso para el PP. Por una parte, descolocaba un tanto al gobierno del PSOE obligándole a aparecer a la defensiva justo en plena precampaña y por otra, permitía al PP presentarse con un discurso novedoso que tal vez pudiera  hacer olvidar, en parte al menos, su tremendista trayectoria opositora.  En materia de estilo son difíciles los cambios radicales, y los dirigentes del PP no pudieron evitar el tono apocalíptico cuando descubrieron en los síntomas de la ralentización económica la ocasión para  presentar a Zapatero como un irresponsable que había desaprovechado la bonanza económica.  Pero, excesos al margen, el PP pareció capaz de empezar a aparentar preocupación por los problemas de la vida cotidiana tras haberse pasado toda la legislatura clamando por el fin de la nación española, encarando la campaña electoral con un discurso relativamente  nuevo.  Una vez conseguida la fidelización de su base social, la bandera de la crisis económica, supuesta o real, permitiría pescar en aguas centristas para desnivelar a su favor el equilibrio electoral con el PSOE. Sin embargo, como si se sintiera incómodo actuando como una derecha normal y en contra de lo que cabía suponer, el PP decide apostar por la peor versión de sí mismo,  despejando  cualquier duda que pudiera albergarse sobre su vocación centrista: el portazo humillante dado a Ruiz Gallardón dejó claras las cosas en ese sentido.Acto seguido, ante el eficaz contraataque del PSOE que enseguida tomó la iniciativa en cuanto a medidas programáticas de carácter económico (especialmente con los famosos 400 euros) y el batacazo de Pizarro ante Solbes, los estrategas del PP debieron interiorizar que más valía jugar sobre seguro y moverse en el terreno en el que llevaban cuatro años de entrenamiento intensivo. A partir de ahí, todo fue desgranar un programa agresivo: jugando a fondo la baza del miedo a la inmigración, proponiendo la rebaja de edad penal, reabriendo el debate sobre el matrimonio gay, etc.… Mostrando, en definitiva, su imagen más dura. La que por un lado estimulaba al electorado socialista y por otro no era capaz de conseguir  votantes nuevos

Y encima, como si su campaña electoral la programaran en la sede socialista de Ferraz, llegó la confesión de Gabriel Elorriaga sobre la imagen del PP –“very hard”-, y su estrategia de desmotivación del electorado, confesión que daba todo su sentido al lema elegido por los socialistas para la fase decisiva de campaña (“Vota con todas tus fuerzas”). El fiasco de Pizarro y la declaración de Elorriaga han sido los elementos que mejor han definido las limitaciones de la estrategia del PP.  Las insuficiencias y torpezas de Rajoy en sus cara-a-cara con Zapatero (¡¡esa niña!!) eran bastante más previsibles.

Y con ese panorama, poco pueden hacer sus publicistas. Con su lema de IDEAS CLARAS el PP se reivindicaba frente a un gobierno al que ha acusado constantemente de debilidad, de inconsistencia, de falta de claridad etc. Pero la campaña así presentada enseguida se mostró vulnerable respecto a la percepción obsesiva de las “ideas fijas” que han caracterizado la trayectoria de ese partido.  Hasta el punto que apenas le ha sido posible concretar – ya en campaña-,  a qué se quería referir con lo de “Con cabeza y corazón“. Porque pese a su inicial interés en acercarse a las preocupaciones ciudadanas más prosaicas, la campaña popular ha sido finalmente un nuevo repaso a todas las obsesiones con las que han  machacado durante los cuatro años pasados.  A medida que las encuestas mostraban que el PSOE movilizaba, lenta pero progresivamente,  a su electorado más perezoso, el peor estilo desplegado por el PP en esta legislatura se adueñaba de nuevo de su escenario. Por eso no han extrañado demasiado ni las salidas de tono de varios personajes menores ni la brutal irrupción de Aznar en la campaña, con un tono aún más desabrido que el habitual, denunciando por enésima vez la negociación con ETA. Como digo, no han necesitado esforzarse mucho los socialistas para desacreditar el discurso del PP.

¡Y pensar que aún hay gente que pregona que las campañas electorales no sirven para nada…!