Elementos para una política común de las izquierdas

Lluis Camprubí

Viene siendo un lugar común reclamar una alternativa ilusionante al dilema a veces planteado como “o neoliberalismo austeritario o derecha extrema”. Sin ignorar que en algunos casos la superación de esa disyuntiva se puede dar a través de un vector socioliberal y quedando las izquierdas en modo espectador, en muchos otros casos construir esa alternativa deberá pasar por la colaboración y el trabajo unitario de las izquierdas.

Hace unos meses, en otoño de 2016, en este mismo espacio hacía algunos apuntes sobre la necesidad y a la vez las dificultades para ese acercamiento entre izquierdas http://www.debatecallejero.com/acercamientos-entre-izquierdas/

Entre las dificultades apuntaba:

“Sin embargo, para esta re-aproximación sabemos que ahora no se dan las circunstancias para que sea inmediata. Más allá de la inercia de confrontación y las distintas intensidades programáticas (diferencias en muchas cuestiones únicamente de grado), hay distanciadores muy importantes a superar. Por parte de las izquierdas emergentes/transformadoras, podrían mencionarse: la falta de asunción de las limitaciones y constricciones del actual contexto para promover alternativas; el ignorar las lecciones de los aciertos y fracasos de las izquierdas mayoritarias pre-existentes; y el recurso abusivo de la ilusión como instrumento de movilización política (lo que acaba siendo una irresponsabilidad en diferido). Por parte de la familia socialdemócrata ya se ha citado la necesidad de corregir su estrategia de alianzas basadas en gran-coalición como opción por defecto (a escalas europeas y estatales) y la necesidad de interiorizar que el espacio de las izquierdas muy probablemente será a compartir entre organizaciones de tamaño más a la par. Habría que añadir la necesidad de salir del confort y superar el vértigo político-cultural a realizar oposición en todos los frentes a las derechas en posiciones de gobierno.”

Desde entonces, algunos elementos de contexto en cada uno de los niveles y en el interior de las distintas izquierdas permiten pensar que algunas barreras se han ido reduciendo. Eso sin olvidar que en cada realidad esa política común de las izquierdas puede producirse por mecanismos y configuraciones diferentes: sustitución o relevo, síntesis, acuerdos entre iguales, pactos asimétricos, plataformas unitarias, acuerdos post-electorales…Así pues, para cada nivel vale la pena asumir las mutuas limitaciones a modo de reconocimiento recíproco de las impotencias, y empezar a construir práctica unitaria (haciendo esto compatible con la lógica confrontación entre espacios y proyectos).

A escala europea (y también en algunos de sus estados miembro principales) seguramente uno de los elementos divisorios entre las tres familias de la izquierda (socialdemócrata, verde, y alternativa) que han bloqueado de partida cualquier posible colaboración son las concepciones fundamentales en política exterior e internacional. Las caricaturas al otro entre “atlantistas subalternos” y “antiimperialistas anclados en la geopolítica de la guerra fría” pueden tener algo de verdad, pero también es cierto que ignoran los grises, las adaptaciones no estridentes a los casos concretos, y las heterogeneidades internas. Sin embargo, el cambio fundamental está ocurriendo ahora mismo, y permite dejar atrás, por la vía de los hechos y la necesidad, esa imposibilidad de encuentro. El hecho que sea percibido y asumido que Estados Unidos abandona el multilateralismo y el orden internacional existente implica que los europeos tengan que –gradualmente- ir autonomizando su política exterior y de defensa. Esa lógica de redefinición debería permitir unos encuentros y desencuentros normalizados que no sean bloqueantes para la configuración de hipotéticas mayorías de progreso. A escala europea también hemos ido asistiendo a un distanciamiento incipiente de la socialdemocracia del paradigma de la gran coalición. Mientras, en el campo de la “nueva izquierda” persisten algunos de los retos ya apuntados. En este sentido vale la pena leer un reciente artículo de Sánchez Margalef https://www.cidob.org/publicaciones/serie_de_publicacion/notes_internacionals/n1_172/la_nueva_izquierda_europea_pragmatizar_el_asalto_a_los_cielos para caracterizar los éxitos y limitaciones de esta nueva izquierda. Donde si se observan progresos en la izquierda alternativa es en la disminución del ruido interno y confusión (sabiendo las inercias y pasadas de frenada) que generaban las minorías eurófobas (con propuestas de repliegue nacional) en su interior, lo que sin duda es precondición para las alianzas necesarias para edificar un proyecto europeo mayoritario y de progreso. Así mismo también se observan tímidos progresos en la colaboración entre la familia alternativa y la verde, en foros unitarios y con la mirada puesta para el 2019 poder tener una propuesta europea potencialmente amplia y ganadora.

En España podemos celebrar la clarificación relativa del espacio socialdemócrata al respecto. Parece claro que la cuestión que tenía encima de la mesa era si asumir o no que en el horizonte previsible el espacio de las izquierdas se reparte entre iguales. Y que por lo tanto mayorías alternativas al PP y de progreso pasan necesariamente por la colaboración entre ambas fuerzas (y otras seguramente), sin subalternidades. En este nuevo escenario se podría decir que la nueva izquierda tiene pendiente un proceso de adaptación. Ambas fuerzas deberán pues encontrar la forma de hacer compatible el intentar liderar y coger ventaja relativa del espacio con el trabajo común y el poner las bases para hacer posible una alternativa. Es decir, encontrar la complementariedad entre el forcejeo y el abrazo.

Y finalmente, en Cataluña, hay algunos elementos propios a resaltar. Es un territorio dónde con anterioridad ya se ha experimentado la colaboración y acuerdo entre izquierdas. Sin embargo, el paradigma “Procés” ha hecho imposible construir mayorías alternativas de izquierdas. Mientras la izquierda independentista no recapacite y se sitúe en el post-procés asumiendo el fracaso estratégico para la consecución de su objetivo, poca práctica unitaria va a poder haber. De momento, puede ir salvándose parte de la brecha existente en la cuestión entre el espacio socialista y la nueva izquierda, ahora que se hace evidente la imposibilidad del referéndum de autodeterminación. En otro momento ya desarrollé su indeseabilidad como método para solucionar la cuestión territorial en sociedades complejas, plurales y con múltiples identidades como la catalana, al no tener expresión la pulsión federalizante y plurinacional ni la búsqueda de acuerdos que puedan resultar satisfactorios para amplias mayorías. Pero por la vía de la constatación de su imposibilidad nos ubicamos en terreno parecido: Una superación de las diferencias supuestamente irreconciliables existentes a través de dar contenido y reconocimiento a la plurinacionalidad, y caracterizar la modificación constitucional requerida.

Siendo todo muy complejo, parece que la actualización 2017 al texto de finales del 2016 permite cierto optimismo.