Elegía: la oportunidad perdida para la política

Barañain

En un reciente artículo, José Mª Maravall enumeraba algunas de las que él llamaba “ocurrencias” que han venido escuchándose en estos tiempos de turbulencias y desafección por la política: la descalificación global de los políticos y de su oficio, la crítica de la transición española como responsable de nuestros males actuales, las propuestas de reformas  del sistema electoral, etc. (“Mas participación para salvar la política” http://elpais.com/elpais/2013/09/10/opinion/1378810053_049779.html)

Criticaba con razón Maravall la consideración global de los políticos como una homogénea “élite extractiva” que goza de impunidad para explotarnos, atenta sólo a sus propios intereses: “Se utiliza este concepto respecto de los `políticos´, no respecto de banqueros o empresarios. Pero los primeros dependen de los votos; los segundos, no. Si los políticos fuesen una `casta´ que expoliase a los ciudadanos, no se explicarían diferencias entre ellos. Pero Bachelet o Brandt no son Berlusconi; Palme no es Andreotti o Aznar. Hablar de una `élite extractiva´ resulta más exótico que afirmar que `todos los políticos son iguales´, pero no arroja ninguna luz sobre la política”.

Un primer balance de lo ocurrido desde que la crisis que padecemos se instaló entre nosotros es tan paradójico como desalentador. Si enseguida fuimos capaces – o eso creimos los más ingenuos -, de atribuir  la crisis a la “barra libre” con que jugaba el sector  financiero y a la falta de controles desde la política y de abogar, en consecuencia,  por devolver a esta su papel frente a los mercados y el dinero, no se consiguió transformar esa convicción en un discurso movilizados. Por el contrario, lo único que se ha generalizado desde entonces son las monsergas de la antipolítica. Unas veces bajo apariencia libertaria, otras con una argumentación descaradamente neoliberal,  el discurso antipolítico cobra tal fuerza que amenaza con deslegitimar el sistema democrático.

El mundo del dinero -el poder-, puede estar tranquilo; no sólo se ha conseguido extender una sombra de autoculpabilización colectiva entre los ciudadanos (“hemos vivido por encima de nuestras posibilidades y así hemos llegado a esto…”) sino que al alimentar con tanto éxito la desconfianza  hacia sus representantes, se ha dificultado aún más la ya limitada posibilidad de  que la democracia representativa levante cabeza y se ponga al mando de la nave, en vez de ir a remolque de las decisiones del dinero.

Por casualidad, releí lo escrito aquí mismo hace dos o tres años -con motivo de un aniversario de Debate Callejero-, sobre la necesidad y la posibilidad de que la democracia representativa se impusiera a unos mercados desbocados. Veía entonces la crisis como una oportunidad para la política:“La política es algo que los poderosos de la tierra siempre querrán ver reducida a su mínima expresión, al nivel más bajo compatible con el funcionamiento ordenado de los mercados, al mínimo necesario para asegurar el orden y la paz ciudadana. Los poderosos nunca han necesitado de la política para definir en su favor las reglas del juego. El dinero desconfía de la política. La acepta como mal menor. La política ha sido siempre la opción de quienes han aspirado a instaurar otras reglas del juego,…”. Porque la política, en definitiva, es una necesidad….sobre todo para los de abajo.

Sin embargo, y según el Centro de Investigaciones Sociológicas, los políticos se han situado en el cuarto puesto de la lista de lo que más preocupa a los ciudadanos y se perciben no como parte de la solución sino como parte del problema. Si la crisis, con su carga de catarsis, podía haber sido una oportunidad para la renovación de la democracia, parece bastante evidente, a estas alturas de la película,  que tal oportunidad se ha desperdiciado. Lejos de fortalecer la política para cambiar el estado de cosas que nos ha metido en este agujero la hemos debilitado. Es sólo un ejemplo, pero la imagen de aquellas movilizaciones de indignados rodeando las instituciones democráticas al grito de “no nos representan” reflejaba bien lo disparatado de la situación. Pero, no podía ser de otro modo, alcanzado el climax los efectos del espectáculo se diluyen con rapidez, porque debajo no hay nada consistente. Sólo queda el hastío y la desconfianza colectiva y con esos mimbres ni se fundan esperanzas ni se construye alternativa alguna.

Hace unos meses, esta pasada primavera, se podía definir el ambiente político en nuestro país como de “tensa calma”. Un país que recibe a diario las noticias sobre el cierre de empresas y el paro y ya no es que no vea reacción alguna por parte de sus gobernantes –ni alternativas desde la oposición-, sino que nada espera al respecto. Las cosas no han cambiado, la situación se ha enquistado y la tensa calma amenaza con matarnos de aburrimiento o de desesperación. Y si alguien creía que al menos desde la oposición socialista  se  aprovecharía este período para relanzar su compromiso con la ciudadanía progresista y promover esa mayor participación que demandaba Maravall se habrá convencido ya de que ese olmo no va a dar peras.

El gobierno se enroca en su discurso monocorde sobre los deberes que hay que hacer para salir de la crisis, al coste que sea. La oposición no se opone o quizá sí, y entonces es peor porque no nos hemos enterado. El parlamento no controla a un gobierno autista. Las instituciones siguen acumulando desprestigio. Sólo el fútbol y “Sálvame”  levantan pasiones. El suma y sigue es descorazonador y no se vislumbra un otoño caliente, dicho sea como sinónimo de esperanzador.

El panorama no es mucho más alentador fuera de nuestras fronteras.  La política languidece y con ella la democracia. ¿Tendría razón Robert Kaplan cuando afirmaba que el “periodo democrático” de Occidente es un simple pasaje de la Historia, y que en un futuro próximo lo que tendremos serán regímenes “democráticos” en apariencia en los cuales el poder estará de facto en las manos de una oligarquía compuesta de multinacionales, grupos de presión y empresas de comunicación como, según él, sucede ya en países como los Estados Unidos y Japón? (Was Democracy Just A Moment?).

Ustedes disculpen el tono  elegíaco pero el otoño, que ya tenemos encima, es una estación propensa a la melancolía.