(E)lecciones

Ignacio Sánchez-Cuenca 

 

Uno de los vicios más odiosos que han introducido los periodistas en el lenguaje coloquial es que cualquier suceso se puede transformar casi de inmediato en algo “histórico”. Se producen máximos “históricos” en la Bolsa, destrucciones “históricas” de empleo, hay conciertos del tal Bruce Springstin (¿se dice así?) que pasan a la historia, también hay partidos de fútbol y bodas históricas, es histórico que España sea el único país del planeta en el que Gran Hermano ha superado diez ediciones, y por supuesto somos testigos de la historia tanto cuando ocurren calamidades como el 11-S, el 11-M o el colapso del sistema financiero, como cuando ocurren acontecimientos positivos y esperanzadores como la victoria de Obama. Con tanta historia, andamos todo el día buscando la noticia y muy orgullosos de vivir una época trepidante y plena de emociones “históricas”. Todos nos afanamos por estar en el momento y el lugar adecuados para poder contarlo después: que si París en Mayo del 68, que si Berlín en  1989… que si Chicago hace dos días escuchando el discurso triunfador de Obama. 

 

Dejo los grandes acontecimientos transformadores de nuestro tiempo para otro momento, o para gente con mejor pluma y mayor descaro. Tan sólo quiero hacer algunas consideraciones menores, algunas en clave nacional, de la victoria de Obama y la derrota de McCain. No guardan mucha relación entre sí, pero al menos tienen todas la misma fuente de inspiración.

 

Espero que políticos, periodistas, analistas, académicos y demás trabajadores de la palabra dejen de decir de una vez que la democracia está en crisis, que hay un divorcio cada día más profundo entre la clase política y la ciudadanía, que los políticos de hoy en día no ilusionan, que los ciudadanos cada vez participan menos en la política, que la política contemporánea es tecnocrática, etcétera, etcétera, etcétera.

 

Se ha registrado una de las tasas de participación más altas de la “historia”, una participación que sin duda debemos calificar de “histórica”. Los norteamericanos se han movilizado como nunca, a pesar de los obstáculos que hay en Estados Unidos para votar, empezando por la obligación de registrarse y siguiendo por la precariedad del sistema de recogida de votos, con colas de horas para llegar a la cabina. La movilización de minorías étnicas ha sido clave: grandes colectivos que se han sentido durante mucho tiempo ajenos a la oferta de los partidos y candidatos, en esta ocasión han creído que valía la pena votar. Todo esto demuestra que no hay procesos ineluctables que debiliten la democracia: si se encuentran buenos candidatos y lo que hay en juego es importante, la gente responde.

 

Uno de los peores defectos de la democracia norteamericana es la gran dependencia de los candidatos con respecto a los fondos que obtienen de las grandes corporaciones y los grupos de interés. Dichas corporaciones suelen financiar a ambos partidos, garantizando que salga quien salga elegido, ciertos cambios perjudiciales para sus intereses no sean emprendidos. Las cantidades de dinero que manejan los candidatos a la Presidencia producen mareo. Incluso los congresistas necesitan varios millones de dólares (cada uno, no el partido), para poder competir seriamente por el puesto. En este sentido, uno de los grandes méritos de Obama consiste en que ha conseguido romper en parte esa dependencia gracias a los millones de pequeñas donaciones que le han llegado de ciudadanos anónimos ilusionados por su figura y su programa, haciendo que, al final, Obama tuviera más dinero que McCain. Es una forma curiosa y eficaz de reducir el peso de las empresas y los grupos de interés en la política.

 

 La campaña negativa de McCain ha fracasado enteramente. Yo casi habría preferido insultos racistas a Obama que la cantinela de “es amigo de peligrosos terroristas”, “Obama es un peligro para la seguridad nacional”, etc., etc., etc. Obama, siguiendo el mismo patrón que ya encontró Zapatero de no entrar al trapo, ha conseguido desactivar e incluso ridiculizar la campaña negativa de los republicanos. Durante muchos años les ha funcionado, pero en esta ocasión han fracasado. Cuanto más elegante y distante era la respuesta de Obama, más patética resultaba la campaña republicana (sobre todo cuando llegaron a sacar a Bill Ayers, un antiguo Weatherman). En los debates presidenciales, McCain puso los mismos gestos de asombro que se le vieron a Rajoy en nuestros debates ante las tesis que sus rivales exponían con calma: incapaces los dos conservadores de controlar su desprecio por sus contrincantes progresistas, han acabado siendo dos perdedores sin remedio. Su arrogancia ha tenido un precio.

 

Una lección más general sobre la arrogancia: podría haberse acabado el tiempo del “gobernar sin complejos” que inició la revolución conservadora con Reagan y Thatcher y que en nuestro país tuvo una manifestación menor y grotesca con José María Aznar. Si algo enseña el mandato de Bush, es que la mezcla de arrogancia y dogmatismo de los neoconservadores sólo ha traído desastres: guerra de Irak, desregulación financiera, aumento pronunciado de la desigualdad, sectarismo ideológico en la justicia, chapuzas tremendas en la gestión del Katrina, destrozos en el sistema educativo (promoción del creacionismo) y en la investigación (prohibición de experimentar con células madre, etc.), unilateralismo feroz, y todo ello en nombre de la “libertad” y la “democracia”. Al final la mayoría de la gente se ha hartado y ha dicho basta. Aquí y en Estados Unidos. Que sea por mucho tiempo.

 

Por último, me gustaría acabar con un asunto realmente menor: además de los pronósticos acertados de Mimo Titos en este querido blog, los modelos de predicción de los científicos sociales han funcionado espectacularmente bien, casi diría que históricamente bien (no me refiero ahora a encuestas): la gran mayoría de los modelos predecían una victoria de Obama con un porcentaje de voto en torno al 52%, como así ha sucedido. Todas las predicciones, con sus modelos estadísticos correspondientes, pueden encontrarse  en el último número de PS: Political Science and Politics.