Elecciones chilenas 2009: el quiebre de la Concertación

Alejandro Corvalán

El sistema político de Chile ha sido alabado por su estabilidad. Pero lo cierto es que tal estabilidad muestra cierto extremismo preocupante. Durante los últimos veinte años los resultados electorales continúan reflejando la votación del plebiscito de 1988 que terminó con la dictadura del general Pinochet. La coalición de centro-izquierda Concertación ha ganado sistemáticamente la presidencia (Aylwin y Frei – demócratas cristianos – en los 90s, y Lagos y Bachelet – socialistas – en los 2000s). La Derecha, ayudada por los enclaves autoritarios de la transición, ha controlado la mayoría de asientos en el Parlamento a pesar de no ser el sector más votado, desde donde ha obligado a la Concertación a pactar con ellos su agenda política. La izquierda comunista, que obtiene porcentajes similares a los de Izquierda Unida española, no ha colocado nunca un representante en el congreso debido a un draconiano sistema electoral promulgado por el gobierno militar luego de perder el plebiscito.

Las elecciones de Diciembre en Chile podrían marcar el fin de dicho ordenamiento. Por primera vez en dos décadas los votos de la Concertación se repartirán entre dos candidatos – uno oficial de la coalición y otro desprendido de la misma – y su lista parlamentaria incluye esta vez a los comunistas. Es decir, por primera vez durante la transición chilena la derecha tiene altas posibilidades de alcanzar el Ejecutivo, y la izquierda comunista de llegar al Legislativo. 

¿Es deseable que termine la exitosa continuidad Concertacionista? La eventualidad de entregar el poder a la Derecha – de fuerte talante conservador, religioso y autoritario, lejos de su autodefinición de Centro-Derecha – ha resultado una amenaza suficiente para responder negativamente esa pregunta hasta ahora. Pero ya son muchos años con la misma cantinela.

La estabilidad de la Concertación chilena tiene más de desgracia y aprovechamiento que de virtud democrática. Se origina a partir de las serias anomalías de un sistema político completamente contenido en las instituciones que los militares impusieron a la transición. Por un parte, eligen los mismos de siempre. Chile tiene un inusual sistema de inscripción voluntaria y voto obligatorio (recientemente reformado), lo que obliga a votar a las generaciones mayores, aquellas que se inscribieron masivamente en 1988, pero aumenta los costos de registro para los jóvenes (Chile exhibe la más baja participación electoral juvenil del mundo; 7 por ciento entre 18-19 anos, 20 por ciento para menores de 30). El padrón electoral, entonces, está prácticamente congelado. Por otra parte, son elegidos los mismos de siempre. El sistema electoral binominal, que otorga dos asientos por distrito electoral, no genera competencia entre listas. En el Senado, por ejemplo, la Concertación y la Derecha se reparten parejamente los asientos en cada distrito salvo uno donde la Concertación elige ambos, para cada elección desde 1993. La represión parlamentaria, entonces, está congelada entre coaliciones. La única competencia se da al interior de las listas, lo que es decidido por los partidos políticos sin ninguna medida de transparencia, participación ciudadana o primarias competitivas.  

Participación y competencia son los principios básicos de la democracia, y la ausencia de ambos es síntoma de un sistema de representación enfermo. Las encuestas muestran un profundo descontento de los chilenos hacia la clase política, insatisfacción por la democracia, y el Parlamento es sistemáticamente la institución peor evaluada del país. Las críticas ya no apuntan exclusivamente a la Derecha, sino que también a la Concertación que ya suma veinte años en el gobierno. La propia coalición de gobierno hoy constituye una barrera para democratizar el país, tarea que muchos creen inconclusa. Se han acuñado nuevos términos para definir la relación entre Concertación y Derecha: se habla abiertamente de “colusión política” y “duopolio”.

En este contexto es que la coalición de gobierno ha empezado a fragmentarse y sus tres partidos principales – DC, PPD y PS – han sufrido la fuga de militantes, incluyendo importantes diputados y senadores. Ello nos ubica en un dilema: la fractura de la Concertación beneficia indudablemente a la democracia, pero también favorece a la derecha, el sector históricamente menos democrático del país.

No obstante, la Concertación parece haber sentido el golpe. Hoy su candidato oficial, el ex presidente Eduardo Frei, ha dado importantes señales al (i) pactar por primera vez un amplio acuerdo parlamentario con el Partido Comunista y (ii) proponer nuevamente la reforma de la Constitución autoritaria de 1980, en abierta contradicción con el también ex presidente Ricardo Lagos quien dio la transición por superada a fines de su gobierno. Por su parte, el candidato díscolo o desprendido de la Concertación, el diputado de 36 años Marco Enriquez-Ominami, ha elaborado su discurso a partir de una fuerte crítica al modelo Concertacionista, al que acusa de excluyente, antidemocrático y elitista. El tenor de ambas campañas nos entusiasma a quienes estamos cansados de 20 años de gatopardismo socialdemócrata.