El viento en política

Lobisón

A menudo pensamos la política como si fuera un problema de ajedrez: las fichas están en una posición y se supone que hay una estrategia ganadora que debemos descubrir, y si sabemos verla y seguirla daremos mate al adversario y se acabó. Las cosas en política son más complicadas, en primer lugar porque la partida no termina nunca: a la mañana siguiente de unas elecciones pueden comenzar ya a torcerse las cosas para el ganador.

Peor aún, en política se juegan a la vez varias partidas, y no como si fueran simultáneas, sino que las mismas piezas juegan en diferentes partidas (lo que los muy cafeteros llaman ‘nested games’), y esto puede conducir a que la victoria en una partida signifique un desastre en otra que puede tener mayores consecuencias a largo plazo.

Por eso los protagonistas de la política se afanan en ‘imponer su agenda’, es decir, en lograr que la atención pública se centre en aquella partida en la que creen que tienen las de ganar, y prescindan de aquellas otras en las que no van bien. Esta preocupación ha dado lugar a una profesión, la de los ‘spin doctors’, especialistas por instinto o por experiencia en presentar los hechos de tal forma que su percepción pública favorezca la agenda de sus jefes políticos.

En casos extremos eso significó, por ejemplo, hacer ‘sexy’ un informe de inteligencia para que la opinión pública se convenciera, a partir de hechos fragmentarios y/o dudosos, de que Sadam Husein podía atacar en 45 minutos las capitales de Europa occidental con misiles que al parecer no poseía, cargados con armas químicas que ya había destruido.

En los casos más usuales, se trata sobre todo de ofrecer claves de interpretación que hagan a (una gran parte de) los ciudadanos ver los hechos más dispares bajo un mismo prisma. Es muy evidente por ejemplo que el PP se esfuerza en que la opinión pública aplique a la actual crisis económica los mismos reflejos que en su momento le logró trasmitir José María Aznar frente a la crisis de 1993.

El problema del paro no se resolverá hasta que Zapatero pierda su empleo, la crisis es fruto del despilfarro del gobierno de Zapatero. Y luego las nuevas consignas: los problemas en el exterior son fruto del ‘buenismo’ de Zapatero, que cometió la ‘ignominia’ de retirar las tropas de Irak y tiene miedo a utilizar la fuerza frente a los piratas somalíes o frente a Al Qaeda en el Magreb. (En días alternos, para no debilitar el argumento del buenismo, se puede hablar de que Zapatero nos ha metido en una guerra en Afganistán, sobre todo si hay bajas o problemas.)

Junto con el oficio de ‘spin doctor’, otro fenómeno de la modernidad política es el político hiperactivo, cuyo mejor ejemplo actual es probablemente Nicolas Sarkozy, capaz de retransmitir su vida privada en directo, de cambiar de orientación en 24 horas o de mantener posiciones contradictorias con tal de no perder el protagonismo. Más allá de la propia psicología de los actores, es la aparición de los medios audiovisuales la que explica esta nueva concepción del liderazgo.

Si la historia fuera un cuento con final feliz la hiperactividad desgastaría a los dirigentes, y las manipulaciones acabarían llevado al descrédito a los ‘spin doctors’. Pero la historia es más bien un cuento de ruido y furia contado por un idiota —con perdón por la cita—, y a menudo los manipuladores dejan la política para organizar consultoras privadas carísimas y los líderes hiperactivos se mantienen en el recuerdo de sus fieles como grandes líderes, mientras ganan un buen dinero sin arrepentirse de nada. ¿Alguien recuerda el silencioso retiro del general De Gaulle en Colombey-les-Deux-Églises?

Sin embargo, hay dos variables que siguen pesando en política: las consecuencias fatales de las malas decisiones y el sentido del viento. George W. Bush (43) debió pagar las consecuencias de su política en Irak, y no por haber decidido la invasión, sino por haberlo hecho sin planear la ocupación y la reconstrucción, dejando estas tareas en manos de una colección de improvisadores tan ideologizados como ignorantes del mundo real.

Y el viento se llevó por delante a John McCain, que aunque no sabía una palabra de economía tampoco tenía la culpa de la crisis, en un momento en que la situación en Irak estaba en clara mejora. El viento en política son a veces acontecimientos menores que se arraciman para desacreditar a una persona o a una política, pero este desgaste puede no ser decisivo si no hay un hecho que impacta decisivamente en la percepción pública.

La crisis de 2008 acabó con la hegemonía republicana en Estados Unidos, y ahora todos los gobiernos europeos se agitan para evitar que el viento de la crisis se los pueda llevar también por delante. Pero lo que lo decidirá es no sólo la recuperación económica, sino la percepción social de que los gobiernos tienen una idea clara de la sociedad que debe venir después de la crisis.

Dicho de otra forma: el gobierno socialista, en España, se la juega a que la opinión pública comprenda lo que propone. Una economía que cree empleo en el sector de las energías limpias, que reoriente la construcción hacia viviendas ahorradoras de energía, que desarrolle el sector social para atender a las personas dependientes, y todo ello sin recortar los derechos y la protección social.