El verano ya no es lo que era

Barañain

En la vida política no parece que este año pueda hablarse, con propiedad, de “reentrada” tras el paréntesis veraniego. El verano ha transcurrido entre sustos con la deuda y sorpresas de alcance constitucional. No sólo ha sido en España. Con Merkel y Sarkozy reuniéndose cada dos por tres,  Cameron suspendiendo sus vacaciones para afrontar los estragos causados por jóvenes airados (¿por qué motivo?…eso está por saber) y Zapatero agotando, en su  último suspiro como gobernante, todas las posibilidades imaginables de reforma, este verano de los líderes europeos ha sido un buen indicador de las turbulencias de la época que vivimos. Sólo Berlusconi se ha permitido el lujo de seguir siendo Berlusconi, dejando que desde fuera le recordaran por escrito los deberes que tenía pendientes. ¡Y qué deberes!

También en los EEUU, Obama tenía que dedicar buena parte del verano a pactar con la oposición, más de lo que hubiera deseado, para evitar la quiebra mientras  los republicanos empezaban a exhibir lo peor de sí mismos en sus “primarias” con el desfile de las Drag Queen del Tea Party. El colmo ha sido tener que  terminar agosto evacuando parte de la costa este -¡zonas de Nueva Cork incluidas!-, por culpa de un tifón, como si la naturaleza quisiera remarcar el riesgo de la pérdida de hegemonía que se cierne sobre ese país.

En Chile los estudiantes amargaban el verano – un decir, porque allí no lo es-, a Piñeira mientras la brasileña Rusef va descubriendo cómo bajo el carisma de Lula crecieron también los mangantes en sus filas (la “espuma sucia” que decía Felipe González). En Argentina, también envuelta en elecciones primarias, entre peronistas estaba  el juego (un porteño que me encuentro de vacaciones por Europa me explicará que la disputa es -alucina, vecina-,  entre las “múltiples vetas del progresismo”). De Chávez, inmune a los cambios estacionales y a cualquier “veta progresista”, nos seguían llegando sus  tonterías habituales (¡la última, su sospecha de que  los astronautas americanos nunca llegaron a la luna!) sin que la quimioterapia ejerciera ningún efecto moderador. Una lástima.

En Japón, la crisis nuclear pasaba factura en la cabeza del primer ministro, a los rusos se les caía un cohete espacial mientras en la ONU hacían valer su peso para evitar condenas serias a los asesinos de Damasco (Rusia tiene, en Siria, una base militar) y Gadafi, al desaparecer de la escena, nos privaba de la contemplación de sus inverosímiles gorros y túnicas, lo que hace presagiar su posible reaparición futura desde el fondo de un agujero,  desastrado y enfermo, a la manera de Sadam Husein. Los libios -¡alabados sean el Señor y los aviones de combate de la OTAN!-, están  a punto de empezar a recorrer el camino que ya iniciaron tunecinos y egipcios. Camino largo, según se ve, y de resultado final incierto. Pero un camino, al fin y al cabo, de esos en los que “al volver la vista atrás, se ve la senda que nunca se ha de volver a pisar”. 

Aquí no hemos sufrido tifones ni insurrecciones y los incendios forestales han tenido mucho menos protagonismo que en otros veranos. Los “indignados” han vaciado las plazas mientras los turistas acudían en buen número a nuestras playas y las innumerables fiestas patronales –con sus excesos de ruido, alcohol y toros atormentados-, transcurrían sin novedades ni sobresaltos. Incluso en Euskadi, donde algunos agoreros se temían lo peor. Lo único excesivo ha resultado el paso por Madrid de una gigantesca procesión juvenil haciendo rimas corales a don Benedicto XVI mientras unos pocos protestantes (laicos) corrían delante de policías de talante muy poco evangélico.

Inasequibles al desaliento, “mercados” y “deuda soberana” se empeñaban en ocupar titulares de prensa. “El juego del mercado comenzó a resultar insoportable en agosto”, recordaba en una entrevista  Ramón  Jáuregui, en referencia a las dos semanas en que la prima de la deuda española superó los 400 puntos. Lo hacía el día en que se tramitaba en el Congreso la toma en consideración de la propuesta de reforma constitucional para dar cabida al principio de estabilidad presupuestaria.

Antes, setenta y dos horas de sorpresa, primero, y reacciones más o menos contrariadas tras conocerse la propuesta de Zapatero y Rajoy. Ruido en el interior del PSOE, con un Rubalcaba aparentemente cogido primero con el pie cambiado que se convierte, en el segundo acto, en defensor y coprotagonista de la reforma. Reacciones de incomodidad entre los diputados socialistas más por la forma en que se ha gestado que por el fondo, con la propuesta de referéndum,  como mal menor, expuesta también –así me lo ha parecido al menos-, con no excesivo entusiasmo y escasos argumentos a su favor.

Silencio en el PP: la contención del que se sabe ganador. Y, en medio del revuelo, reclamaciones diversas de grupos minoritarios para introducir otros cambios en la constitución aprovechando el viaje. CiU expresaba el malestar por su exclusión del pacto habiendo sido ellos uno de los artífices de la Constitución y el temor de que con la fijación de la estabilidad presupuestaria no se respetara la previsión estatutaria sobre la relación financiera entre Cataluña y España. El PNV, más tosco, consideraba buena la ocasión para reclamar, ya puestos, la introducción del derecho de autodeterminación (en este caso, seguramente, no defenderían que se sometiera a referéndum su propuesta).

Al sacar la lista de sus reivindicaciones constitucionales pendientes, aparentaban poca seriedad. Como si no acabaran de asumir la trascendencia del momento. El País editorializaba: “Lo que transmiten esas salidas en tromba es falta de seriedad de los responsables políticos. Sobre todo porque banalizan la reforma misma y el objetivo que persigue”. Pero ese era un riesgo adicional a tener en cuenta con la reforma de marras.  Ahora se habla –con temor-, de ruptura del consenso constitucional y la cosa no mejorará a corto plazo, pues con las elecciones a la vuelta de la esquina  hay que marcar paquete.

Tras dos legislaturas a cara de perro, este final de ciclo –del ciclo de Zapatero-, nos sorprende con PSOE y PP cogidos de la mano, tratando de apaciguar a esos mercados que nos tienen comida la moral. Es un marco preelectoral  insólito. Y un final imprevisto para un verano un tanto inquietante.  No sé yo si el otoño podrá estar a su altura.