El último adiós

Lope Agirre

Quizá no haya en el mundo nada comparable, o peor, que morir en la más absoluta de las soledades. Como escribió el otro Lope: “A mis soledades voy, de mis soledades vengo“.

Desde que nacemos, vivimos en compañía. Estamos, por tanto, muy atados a los demás; y, lo que a los otros sucede, de alguna manera repercute en nosotros, en lo que tiene de bueno y en lo que lleva de malo. Necesitamos su protección; y ellos nuestro apoyo, inevitablemente. Podría pensarse que la vida es el lugar en el que todos nos atamos a todos. Pero no es siempre así; no ha sido siempre así. La vida tiene sus cimas y sus hondonadas, sus entradas y salidas, sus idas y venidas, sus derechos y sus reveses. Todo se tuerce o se endereza en la vida; al contrario que en la memoria.

El escritor Sciascia advertía sobre la mentira de la memoria: “Todo era mentira; también la memoria”. Quería decir que la memoria, al contrario que la vida, puede renovarse sin cesar, puede permanentemente cambiarse, disfrazarse y metamorfosearse. La memoria sume un principio corrector, para decirlo de alguna manera. Lo que, por miedo o vergüenza, no se ha hecho en la vida, lo que, por cualquier circunstancia dolorosa o alegre, se ha silenciado en la vida, aparece en la tierra de la memoria con más vigor que nunca, enseñando su brotes nuevos con orgullo. Es imposible el olvido; tarde o temprano, la memoria que todo lo sabe y todo lo quiere exige lo que cree que es suyo. Los recuerdos arrinconados en la acequia del tiempo, abandonados y apilados, como si fuesen basura, los trozos de memoria que han sobrevivido en condiciones dignas acaban perturbando, en definitiva, la tranquilidad de nuestros sueños, alejan cualquier ilusión de sosiego.

Se puede decretar amnistía; la amnesia, nunca jamás.

 Semprún lo sabía. Por ello se esforzó durante su vida en trabajar a favor del viento del recuerdo. Maurice Halbwachs fue su profesor en la Sorbona, su compañero de penas en Buchenwald. Halbwachs murió en los brazos de Semprún, mientras le recitaba estos versos de Baudelaire: “Ô Mort, vieux capitaine, il est temps, levons l´ancre”.

 La poesía, quizá, apenas tenga algún valor en nuestra vida cotidiana. Pero en un lugar triste y sombrío como Buchenwald (quien dice Buchenwald afirma Auschwitz o Kolyma) se convirtió en algo de valor, digno de ser preservado, escuchado y recordado, no por la fuerza de la palabra en sí, sino por el poder  de la palabra para atraer el recuerdo: En Buchenwald se recitaba poesía: Ronsard, Apollinaire, Aragon y Baudelaire, por supuesto.

 Oh, Muerte, viejo capitán, llegó el tiempo, levemos el ancla…

 La poesía atrae a la memoria, como el anzuelo atare al pez, y lo atrapa por la boca. La poesía guarda vivo el recuerdo, en el interior de cada cual. Halbwachs le enseñó a Semprún el secreto de la memoria colectiva, y él se pasó la vida entera intentando edificar una y otra vez el templo de su memoria, como si fuese un arquitecto del Renacimiento.

 Porque la memoria puede hacer acto de presencia, como una inundación, que golpea todas puertas y las derriba, que echa abajo todas los muros y cancelas, que nivela e iguala la tierra. La memoria establece una nueva época, un tiempo nuevo. Lo anterior se pierde, entre las tinieblas de la edad; lo nuevo adquiere otro rango superior.

 La memoria de Semprún. Creciente y en desarrollo eterno, le llevó más allá del recuerdo personal, y se puso al lado de la memoria de los demás, de lo colectivo; atrajo aquellos recuerdos y los unió a los suyos, para que nada se viniera abajo al soplo del olvido. Giró desde el eje propio hasta el de los demás, con la ayuda de la poesía de Baudelaire.

 El recuerdo, junto a la poesía, nos hace rebeldes. Nos ayuda en el duro y de antemano combate perdido que hemos entablado contra el tiempo, pues concede a nuestro cuerpo un cómodo lugar de descanso.