El triunfo de la convicción sobre el fracaso

LBNL

El reconocido poetaensayistabiógrafolexicógrafo y por muchos considerado como el mejor crítico de literatura en inglés, Samuel Johnson, dijo que el matrimonio supone el triunfo de la imaginación sobre la inteligencia, añadiendo que un segundo matrimonio sería el triunfo de la esperanza sobre la experiencia. Fallecido en 1784, no debía concebir la vida en pareja estable sin vínculo matrimonial (que viene a ser lo mismo) ni tampoco la posibilidad de que alguien pudiera llegar a casarse por tercera vez. De tal manera que, ante la tesitura, me veo compelido a complementar su cita con el enunciado de este post.

Sin entrar en disquisiciones procelosas sobre el concepto de fracaso, lo cierto es que el final de una pareja, el divorcio de un matrimonio, implica al menos un cierto grado de fracaso, salvo que la unión estuviera basada en premisas ajenas al concepto tradicional y típico de voluntad de convivir con la pareja por el resto de la existencia, incluso a sabiendas de la alta probabilidad (a juzgar por las estadísticas) de que dicha expectativa no llegue a cumplirse.

La frustración de la expectativa supone en sí un fracaso, pero un divorcio lo es aún más – o al menos así lo entiendo yo – en términos de no haber sido capaz de gestionar apropiada y eficazmente los conflictos de intereses y convivencia que inevitablemente se plantean sobre los integrantes de cada pareja. La lista de estos últimos es interminable: desde quién tiene el mando de la tele hasta los ronquidos en el lecho, pasando por el reparto de tareas del hogar y tantos otros líos domésticos tan bien conocidos. Los conflictos de intereses son igualmente insoslayables. Cada persona va evolucionando y lo que ayer le satisfacía hoy ya no lo hace tanto. Para el cónyuge, las nuevas ambiciones – cambiar de trabajo, un nuevo hobby, reemplazo de amistades – suponen un cambio de las bases sobre las que se estableció la relación, dando pie, al menos en potencia, a la generación de un cúmulo creciente de conflictos, celos y rivalidades. Por ambas partes, porque el cónyuge que evoluciona también puede perder interés en quién muestra una menor voluntad de explorar nuevos campos, además de rencor por el peor trato que empieza a recibir por atreverse a luchar contra la inercia.

Si la base es el amor, a poco que ambos sean medianamente sensatos y buena gente, lo lógico es que acomoden al menos parcialmente los deseos y necesidades del otro, cediendo y recibiendo, no necesariamente a partes iguales a corto plazo pero sí de forma que ambos perciban que siguen saliendo ganando con el mantenimiento de la asociación.

No es sólo que la gente no sea tan sensata como debiera, que el amor en nuestros días sea poco sólido o que l cónyuge sea un lobo para el cónyuge. La realidad es que la vida moderna, con su rango ilimitado de oferta y ambición, es un gran obstáculo para el mantenimiento de una pareja a largo plazo. Tradicionalmente el matrimonio era un contrato social en el que el hombre traía el pan a casa mientras la mujer cuidaba de los hijos y el hogar. Ahora, ambos cónyuges deben ahora y, no sólo eso, tratar al menos de progresar profesionalmente a lo largo de sus vidas. Un hombre moderno debe no sólo ayudar a la madre por obligación sino por vocación, disfrutando de la compañía de sus hijos pequeños antes que de la de sus amigos en el bar. Ya no basta con respetarse mutuamente durante toda la vida a partir de una chispa de encantamiento inicial. Ahora el listón es convivir enamorados todos y cada uno de los días de la vida, habiendo quedado marginadas completamente hábitos antes tolerados como las “queridas” o la prostitución, que nunca fueron bien vistos del todo pero permitían desahogos que contribuían a hacer más llevadera una vida de pareja anodina.

Pero por supuesto, el gran cambio es la facilidad para divorciarse, o para separarse en el caso de una pareja que convive sin haber pasado por el ayuntamiento o vicaría. Ya no hay estigma y por tanto no hay por qué aguantar en pareja. Sometido al impulso constante de mejorar porque es posible hacerlo y sólo los tontos no lo hacen, siendo cada vez más fácil conocer gente y no teniendo apenas presión social para seguir con la misma pareja, no es de extrañar que cada vez sea más improbable llegar a cumplir con las expectativas de pasar toda la vida juntos.

Entiéndaseme bien. No abogo en absoluto por dificultar legal o prácticamente el divorcio. Al contrario. No sólo es absurdo tratar de poner barreras al campo sino que es muy saludable que sólo sigan juntos aquellos que siguen amándose, deseando hacerlo, sin evolucionar demasiado o evolucionando al unísono o al menos de forma compatible. Me limito a señalar que la flexibilización del fin de la pareja tiene sobre la misma más o menos el que tiene la flexibilización del despido sobre el empleo: más divorcios y más despidos.

Pero todo eso ya lo debe traer uno aprendido de casa cuando se casa, valga la redundancia. De tal manera que si realmente no se cree posible mantener la llama del amor encendida a largo plazo, resulta mucho más sensato convivir sin ataduras legales, por el tiempo que dure, y luego cada uno a sus asuntos.

Habiendo optado ya en dos ocasiones por justamente lo contrario, es difícil justificar dar el paso por tercera vez, como haré mañana viernes. Y sin embargo, me parece de lo más natural. De ahí el título de este post.

Estoy convencido – y sólo el tiempo podrá darme o quitarme razón – de que, pese a todo lo expuesto, es perfectamente posible el triunfo en términos de alcanzar los objetivos iniciales y no precisamente a base de moderarlos en extremo. Es indispensable, eso sí, que las dos partes tengan expectativas similares, más o mucho más ambiciosas. Hace falta también, como decía, que estén bien fundadas, que se hayan fijado a sabiendas de las muchas dificultades, las tradicionales y las más modernas. Y tener muy claro que das el paso porque es lo que te pide el corazón, el cuerpo y también la cabeza, en el sentido de que es lo que más te conviene para alcanzar o al menos acercarte a un grado razonable de felicidad, la mayor posible.

Y por supuesto, tener voluntad y capacidad de gestionar los conflictos mancomunadamente, dialogando cuando conviene, respetando y, sobre todo, queriendo al otro, en las maduras y también, claro está, en las duras, cuando vienen mal dadas, para uno, para el otro o para ambos.

Después de haber sentido y razonado (rechazo que sea necesariamente una contradicción) ya en dos ocasiones que había encontrado a mi media naranja, es cuando menos sospechoso tener la convicción de que, en esta ocasión, las condiciones son aún mejores. Las circunstancias del pasado fueron tales o cuales y las reacciones de uno y otras podían sin duda haber devenido en un desenlace diferente. O quizás no. No importa. Lo relevante es la convicción, de nuevo razonada, de que las condiciones de partida, objetivas y subjetivas, son incluso mejores que en el pasado, lo que ofrece al menos la posibilidad de no sólo evitar el fracaso, sino alcanzar la felicidad estable para ambos.

Tengo la inmensa suerte de haberme encontrado con una persona excepcional, en todos los sentidos. Sé que la perfección no existe, pero francamente, reflexiono y no encuentro nada que echar en falta. Ni tampoco lo siento. Puede que no sea la mejor mujer del mundo, al menos en algunos aspectos, pero tengo la certeza de que no puede haber otra mejor para mí. Ni para mis deseos, ni para mis ambiciones, ni para compartir alegrías y penas, éxitos y decepciones, o para criar un hijo juntos.

Sin duda el tiempo irá transformando la relación y habrá que esforzarse para que la rutina no se convierta en tedio y que lo que hoy atrae no vaya transformándose en causa de irritación, por ambas partes, sin duda. Pero ¿por qué resignarse de partida y no intentarlo de nuevo?

Las mismas razones que facilitan el divorcio sirven también para mitigar el precio, personal y social, del fracaso, facilitando por tanto que uno se atreva a dar el paso de nuevo. Además, ¿no está ahora de moda promocionar a los emprendedores que ya han fracasado porque ya han aprendido la lección? La experiencia es un grado y servirá al menos en parte para evitar incurrir en errores pasados.

En fin, no me extiendo más. La cuestión es que me caso de nuevo mañana viernes y estoy absolutamente convencido de que es lo mejor que puedo hacer para ser todavía más feliz con mi pareja, con la que comparto todo lo necesario para llegar a sentir, ambos y dentro de muchos años, ganas de fallecer antes que el otro por no quedar sin tu mejor mitad. Y no, les agradezco los buenos deseos, pero no son necesarios. No es cuestión de suerte sino más bien de buenas condiciones de partida y mucha convicción, y afortunadamente no nos faltan ni unas ni otra.

Todo lo cual, por supuesto, es válido para mí y para mi pareja. En modo alguno querría ser interpretado como impartidor de recetas generales para la felicidad. Me parece perfecto quien desee vivir su vida en solitario o picando de flor en flor, o ambas cosas según el momento. Y también respeto profundamente a quien prefiera no arriesgarse a volver a fracasar. Como también haría yo si mis divorcios hubieran sido verdaderamente traumáticos. Me limito a reclamar que no se juzgue como insensata mi postura, o la de Joshka Fischer, el ex Ministro alemán, que creo va por el quinto matrimonio, o más cercano a nosotros, la del fundador de El País y filántropo español, Diego Hidalgo, que también lleva unos cuantos.

Cada cual que se busque la vida como crea que mejor le conviene y mejor sepa hacerlo. Pero aplíquenme el cuento. He fracasado en el pasado, entre otras cosas por poner el listón muy alto, por perseguir unas expectativas muy ambiciosas respecto a la vida en pareja, y no ser capaz, al menos en parte, de poder cumplirlas.

La buena noticia es que no estoy dispuesto a rebajarlas. Mañana me caso para ser muy feliz con mi pareja, porque lo deseo fervientemente, porque lo siento posible y porque después de mucho pensar, estoy racionalmente convencido de que lo es. Y nos irá muy bien, todo lo bien que permitan las circunstancias externas, y desde luego, mucho mejor que si tiráramos cada uno por nuestro lado. Así que, sí, ¡me lanzo –nos lanzamos- en pos del triunfo de la convicción sobre el fracaso!