El terror de las pensiones

Sicilia

O la caja de los truenos. Si no, que se lo pregunten al Gobernador del Banco de España cuando, hace apenas unas semanas, se le ocurrió decir en una comparecencia en el Congreso sobre el tema, que veía problemas en el horizonte y que recomendaba reformas. Le cayó “la del pulpo”. Total, por decir lo que se lleva diciendo del tema ya años, parece un excesivo castigo, tanto en el fondo como en las formas.

 

Las cosas son como siguen. Desde hace tiempo, teniendo en cuenta las proyecciones de población a 30 años, se preve que hacia el año 2050 la mayor parte de las economías europeas se encuentren en una situación delicada. Si se mantienen las tendencias actuales, la proporción de ciudadanos mayores de 65 años sobre la población en edad de trabajar (de 16 a 64 años), subirá a niveles que superan la media del 50%, lo cual, con los números en la mano, someterá a los sistemas de pensiones a una tensión sin precedentes.

 

Miguel Angel Fernández-Ordóñez se limitó a tirar de manual y repetir las recomendaciones que se hacen a tal efecto desde hace tiempo. Si vamos a ser muchos a recibir y pocos a pagar, solo quedan dos soluciones: o los que reciben reciben menos y durante menos tiempo, o los que pagan pagan más. Pura aritmética, aunque sea una aritmética antipática.

 

Cuando hablamos de “extender el periodo de cotización hasta los 70 años” o de “ampliar el periodo de cómputo a toda la vida laboral”, lo que estamos diciendo es que pretendemos desarrollar medidas que hagan que, en el futuro, la pensión media sea más baja y se cobre menos tiempo, aunque queramos echar encima la pomada de los Fondos de Reserva, que no deja de ser sino una tirita en una fractura abierta de cúbito y radio.

 

Una vez más los economistas, esos discípulos de de Casandra –una de las hijas de Príamo, rey de Troya, que tenia la molesta afección de tener constantes visiones catastróficas-, lanzamos uno de los mensajes que con más gusto y mayor éxito de público y crítica, hemos venido lanzando en los últimos 30 años: “ciudadano, jódase, que es lo mejor para usted”. La diferencia entre Casandra y nosotros es que mientras que a la pobre adolescente nadie la creía, a los economistas basta con que sugiramos algo doloroso para que se nos aplauda con más fuerza siempre, eso si, que los sacrificios no los tengan que hacer determinados estratos sociales.

 

Porque hay un dato curioso respecto a las reformas “duras” de las pensiones. Si vemos las previsiones de EUROSTAT y reordenamos un poco los colectivos estudiados, nos encontramos con el siguiente paisaje. En el año 2050 la proporción de ciudadanos mayores de 60 años sobre la población en edad de trabajar será del orden del 70% en Francia, del 65% en Alemania, de más del 100% en Irlanda, del 80% en Italia y España, del 65% en el Reino Unido, etc. Nos pongamos como nos pongamos y por mucho que ampliemos las vidas laborales cinco añitos y recortemos la pensión media, las cuentas siguen sin salir. Esto es, con Fondos de Reserva, con recortes y trabajando todos hasta que caigamos con las botas puestas, no basta.

 

Ojo, esto no significa que estas reformas no deban hacerse. Deben. Debemos ser sinceros con nosotros mismos y afrontarlas, porque aunque no nos solucionen el 100% del problema, algo ayudan a recortarlo y cuando uno tiene un problema, lo suyo es trabajar por la solución.

 

No obstante, llama la atención la peculiar manera en la que se trata al único factor que verdaderamente puede dar un vuelco a tan atroz escenario a 30 años vista; sí, hay algo que puede hacer cambiar radicalmente estas previsiones, atacando a la raíz del problema y no solo a sus consecuencias. Este factor es la Inmigración.

 

Los procesos migratorios son una constante en la humanidad desde que esta existe. Los hemos visto en todas las épocas y en todos los lugares, a unas escalas tremendas. Por ejemplo, de los siglos XV al XIX, más de doce millones de esclavos fueron trasladados de África al Nuevo Mundo, que no está mal, pero palidece cuando se esgrimen los más de 60 millones de europeos que desde 1820 partieron desde este lado del Atlántico al continente americano. Países como Irlanda, Suecia y Noruega soportaron tasas de emigración de más del 40%. Algo menores, pero también muy elevadas, se vieron en Italia, Irlanda y Grecia. Esto no ocurrió en tiempo de Atila y los hunos sino apenas hace siglo y medio. 60 millones. El número habla por sí mismo.

 

Enfrentándonos a hechos de tal magnitud se revelan las contradicciones del enfoque que de este escenario estamos haciendo en los países ricos. Admitimos que dentro de 50 años vamos a ser unos países muy envejecidos, sabemos que somos unas economías grandes, potentes, con unos mercados laborales que requieren el concurso de millones de personas simplemente para poder levantarnos todos los días. Nuestra solución a este escenario, aparentemente, es una economía donde los reponedores de los supermercados, los dependientes de las tiendas, los conductores de nuestros medios de transporte, los albañiles, los camareros, los ingenieros, los abogados y los médicos, van a tener todos edades bastante provectas, pero no pasa nada, trabajamos hasta los 70 y ya está. Imagínense a qué sueldos, porque siendo todos viejecitos y llenos de necesidades por cubrir, no tiene mucha pinta de que vayan a ser precisamente bajos.

 

Mientras tanto sabemos que estamos en un mundo donde a treinta años vista vamos a tener millones de jóvenes en los países más desfavorecidos y esperamos que se queden mirando desde las otras orillas de los mares mientras nosotros, avejentados, nos las vemos y deseamos para pagar pensiones con unas poblaciones activas decrecientes. ¿No suena un poco raro?

 

Sin embargo, para esta otra pata del escenario apocalíptico de 2050 se encuentran pocas sugerencias. Haciendo abstracción del actual período de crisis, donde en un par de años nuestras fuerzas laborales van a ser excedentarias debido al bajón de la demanda, el arma que esgrimimos contra la maldición demográfica a 30 años vista es satisfacer nuestros instintos más xenófobos y asustarnos ante la imagen de una Europa que será muy previsiblemente menos alta, menos rubia y con los ojos menos azules que ahora.

 

Tan listos para calcular el impacto de incrementar mínimamente vidas laborales, o estirar periodos de cómputos de pensiones, tan tontos o tan cobardes para ignorar la historia reciente y la naturaleza humana, que nos hace querer buscar un futuro y un presente mejor.

 

Dentro de 30 años nosotros seremos viejos, y bien está hacer arreglos que nos ayuden a sostenernos, pero seamos sinceros, la lógica de la vida humana dice que los viejos peroran, regañan a los demás y algunos son tesoros de sabiduría, pero nunca son el músculo y la inteligencia que mueven la economía. Esos están naciendo ahora en America Latina, en Africa, en Asia, y serán en buena parte los españoles del futuro, posiblemente tan buenos o mejores que los de ahora, por mucho que en nuestras pequeñas mentes nos creamos, una vez más, que el dolor y el sacrificio bastan para solucionar problema alguno.