El Sultán iracundo

LBNL

Cuando me enteré la noche del viernes del golpe militar en curso contra Erdogan y su gobierno en Turquía, no pude evitar sentimientos encontrados. Un golpe es un golpe y el ejército turco ha demostrado en el pasado que, además de laico, puede ser brutal en la represión. La democracia-cristiana chilena cayó en la tentación de apoyar el golpe de Pinochet contra Allende y tardó muy poco en darse cuenta de su error, y pasó muchos años lamentándolo. Como Don Juan y los monárquicos en España en tal fecha como hoy en 1936. Un golpe es un golpe y pese a que Erdogan y los suyos son escasamente demócratas, en el sentido de que no respetan realmente algunos principios básicos del Estado de Derecho, han sido elegidos democráticamente. Ahora bien, una cosa es oponerse al golpe y condenarlo y otra bien distinta condonar la represión en curso, que tiene toda la pinta de que se agravará en las semanas y meses por venir. Son unos seis mil los detenidos ya, entre ellos muchos jueces – algunos del Tribunal Constitucional – sin que haya indicios sólidos contra ellos – ¿cómo podría haberlos apenas horas después de un golpe que cogió al gobierno completamente por sorpresa? Sin embargo no piensen que pudo ser un auto-golpe para justificar una purga masiva: Erdogan estuvo a punto de perder el control y sólo la torpeza de los golpistas y la desunión del ejército – por primera vez desde Ataturk – le salvaron de ser destronado.

Hace pocos años Erdogan era el modelo que todos citábamos para demostrar que la democracia y el Islam no son incompatibles, tampoco en Oriente Medio (hay varias sociedades mayoritariamente islámicas en Asia que son perfectamente democráticas para los estándares asiáticos). Ganaba elección tras otra, ponía coto a un ejército de honda tradición golpista y abría un proceso de paz con el PKK kurdo sobre la base de un alto el fuego prolongado. Además, su política exterior era positiva: cero problemas con los vecinos, era su lema. Nunca fue un tipo fácil y su islamismo político siempre fue demasiado conservador: nada que ver con la modernidad del Rey jordano, por poner un ejemplo. Pero su falta de docilidad también tenía algunos ángulos positivos. Por ejemplo, no se arredró ante la administración Bush y se negó a que Estados Unidos pudiera utilizar Turquía para abrir un segundo frente para invadir Iraq. Con un par de narices para exasperación de Bush, Cheney, Rumsfeld y compañía que no daban crédito y reaccionaron muy mal, también en público.

No es de extrañar que Erdogan aceptara con facilidad la propuesta de Zapatero de co-patrocinar la Alianza de Civilizaciones un par de años más tarde. Ambos sabían que aquella guerra era un error garrafal, aunque por razones distintas. Zapatero se oponía por principio, por basarse en una mentira y carecer de cobertura del Consejo de Seguridad, y entretanto se ocupaba de flexibilizar el divorcio, legalizar el matrimonio homosexual y tratar de instituir la Educación para la Ciudadanía en los colegios – además de conseguir que se dejara de fumar en espacios públicos cerrados y reducir drásticamente la mortandad vial, logros que casi nunca se citan. A Erdogan lo que le importaba principalmente era la inestabilidad que se iba a generar en Irak y la emergencia de su vecino iraní como potencia regional.

La historia pone a cada uno en su sitio pero mientras se daba de bruces contra la crisis financiera de las hipotecas sub prime que hizo estallar la burbuja inmobiliaria española y aceptó irse a su casa, Erdogan siguió ganando y se fue viniendo cada vez más arriba. Al punto de que en los últimos años nadie le cita ya como modelo de nada. Cuando saltaron escándalos de corrupción y la gente se echó a la calle hace un par de años, respondió inflexible: los corruptos fueron defendidos y los que protestaban, castigados, incluidos los periodistas. Cuando la minoría kurda consiguió organizarse alrededor de un partido democrático y pacífico y puso en peligro su mayoría absoluta, no tuvo empacho en poner fin al proceso de paz con la guerrilla kurda y reanudar la guerra con el objetivo de polarizar la situación y sacar rédito electoral con vistas a poder finalmente poner en marcha su sueño de convertir a Turquía en una república presidencial en la que él y sólo él detente el poder máximo. Cuando su antaño consejero diplomático y luego Primer Ministro empezó a mostrarse mínimamente crítico, lo cesó de un plumazo hace un par de meses pese a haber negociado con éxito con la Unión Europea un acuerdo por el que Turquía recibirá un mínimo de tres mil millones de euros en los próximos dos años y posibilemente una cantidad similar en los dos siguientes si los dos millones de refugiados sirios que alberga siguen en su territorio. Siempre a cambio de cerrar la espita de los flujos de refugiados hacia Grecia – lo que ha cumplido casi totalmente – Davotoglu había conseguido también el compromiso de la UE de eximir de visado previo a los turistas turcos en un plazo récord, todavía por confirmarse dado que Erdogan no está dispuesto a enmendar el artículo del Código Penal que permite detener a periodistas como cómplices de los terroristas dependiendo de lo que publiquen.

En el plano internacional tampoco le han ido mejor las cosas. Israel y Turquía siempre han sido firmes aliados, aunque sólo sea por la soledad “étnica” de ambos frente a sus vecinos árabes. Sin embargo Erdogan, descendiente político de los Hermanos Musulmanes, se dejó llevar por su afinidad con Hamás y ambos países rompieron relaciones diplomáticas tras el incidente de la flotilla de Gaza. Con Rusia tres cuartos de lo mismo. Machos alfa donde los haya, Erdogan y Putin llevaban años diciéndose mutuamente que no necesitaban a Europa y a Occidente. Donde la UE ponía un problema, Rusia y Turquía acordaban un gasoducto alternativo. Pero en la guerra de Siria están en lados opuestos y a Erdogan no se lo ocurrió mejor cosa que derribar un caza ruso que penetró en su espacio aéreo durante medio minuto. La OTAN le respaldó pero con la boca pequeña, advirtiéndole de que no jugara con fuego. Y Rusia se limitó a imponer sanciones económicas. Con Irán tampoco le va bien del todo. En principio son aliados frente a los árabes pero el apoyo iraní a Asad es un problema. Como lo es el apoyo turco a los Hermanos Musulmanes en Egipto para sus relaciones con el propio Egipto y sus aliados del Golfo, señaladamente Arabia Saudí.

En las últimas semanas, sin embargo, Erdogan estaba enmendando todos esos frentes. Consiguió que Israel se aviniera a indemnizar a las víctimas del asalto a la flotilla y restablecieron relaciones diplomáticas. Se disculpó por carta con Putin y Rusia empezó a levantar las sanciones económicas. Y en paralelo empezó a tender puentes con Arabia Saudí e Irán.

El golpe le pilló de vacaciones y si los golpistas hubieran cerrado los canales de televisión privados seguramente habría perdido el control de la situación y habría tenido que asilarse en Alemania u otro país europeo. Estados Unidos, Europa, Rusia y hasta Irán inmediatamente condenaron el golpe, antes de que quedara claro que fracasaría. Pero, herido en su amor propio y todavía temblándole las piernas del susto, Erdogan ahora no se fia de nadie y no está dispuesto a dejar títere con cabeza. Los principales partidos políticos – incluido el kurdo – condenaron el golpe sin ambajes pero no les va a servir para quedar eximidos de la purga y represión que Erdogan ha puesto en marcha. Todo es culpa de Gullen, el líder de una especie de Opus Dei islámico que supuestamente tiene infiltrados en todas las instituciones del Estado y habría impulsado el golpe. Gullen niega la mayor y es bastante claro que el malestar es mucho más amplio.

Erdogan podría haber jugado sus cartas de otra manera. Superado el golpe tenía todas las papeletas para convertirse en un héroe de la democracia y sacar adelante su plan de dotar a la Presidencia de la República de todos los poderes ejecutivos que anhela. Pero para eso haría falta que Erdogan fuera un gobernante prudente y astuto, que no es el caso.

De tal forma que me temo que muy pronto las expresiones de solidaridad y apoyo frente al golpe, dejarán paso a una retahila de críticas sobre su represión generalizada. Erdogan contestará que es el pueblo quien desea la pena de muerte para los militares golpistas y desleales y que no puede dejar en sus responsabilidades a todos aquellos que conspiran bajo las indicaciones de Gullem para derrocarle. Y los demás le diremos que no es el primero en sufrir un golpe de estado ni el único que tras un trauma similar ha erróneamente entendido que “todo vale”. Pero será muy difícil hacerle entrar en razón, por lo que la relación bilateral con la UE sufrirá en los próximos meses, como también la relación con Estados Unidos, sobre el que Erdogan y los suyos están filtrando que podría haber estado detrás del golpe. Ya se sabe que siempre es más fácil escoger un enemigo exterior que afrontar las contradicciones internas.

Esperemos que la situación no se descontrole completamente y la UE pueda seguir manteniendo un diálogo privilegiado con el socio sin cuyo concurso Europa no tiene solución para la cuestión de los refugiados sirios. Pero no las tengo todas conmigo en absoluto.