El saber no ocupa lugar (pero hay que pagarlo)

Aitor Riveiro

Europa, y con ella España, ha optado por el suicidio cultural. No tenemos suficiente con que el Ministerio de (in)Cultura obligue a un chaval de 14 años a leerse bodrios infumables como ‘Marianela’, ‘La casa de Bernarda Alba’, ‘Platero y yo’ o ese auténtico insulto que es ‘Viaje a la Alcarria’. Ahora, aquellos jóvenes que, pese al sistema educativo, adquieran el gusto y el hábito de leer tendrán que pagar para poder acceder a los interesantes libros que albergan nuestras bibliotecas públicas. Y todo porque en pocas fechas entrará en vigor una directiva europea de 1992 que obliga a los estados miembros a imponer un canon en el préstamo de libros en las bibliotecas públicas.

El asunto no es nuevo y lleva ya muchos años dando vueltas por la Europa burocrática. España ha intentado evitar su cumplimiento, pero una sentencia del Tribunal de Justicia de la Unión Europea obliga al Gobierno de Zapatero a cumplirla. La ministra de Cultura, Carmen Calvo, ya se ha encargado de quitarnos el miedo del cuerpo y ha asegurado que lo pagará el Estado, nunca la persona que saque el libro. Alguien debería explicarle a esta señora de dónde saca su dinero el Estado.

De todas formas, esta no es más que la punta del iceberg. El proceso de mercantilización de la cultura parece imparable y, antes o después, tendrá consecuencias. Hoy, cuando alguien acude a una tienda a comprar un CD o un DVD virgen el precio incluye un canon “por si� el cliente hace de ellos un uso fraudulento. El dinero, por cierto, va para la SGAE, que ni siquiera representa a todos los autores, editores o ejecutantes. La SGAE, auténtica abanderada de los derechos de autor y experta en sacar dinero a los más débiles, emplea gran parte de sus recursos en idear nuevos cánones que imponer, en vez de dedicarse, por ejemplo, a promocionar a los nuevos músicos que están empezando y que no tienen el apoyo de las discográficas ni las radiofórmulas.

Así, Teddy Bautista quiere que paguemos un porcentaje destinado a las arcas de su organización cuando compremos un teléfono móvil, una tarjeta de memoria o un nuevo disco duro para nuestro ordenador. Da igual que nunca vayamos a escuchar música en ese móvil; es indiferente que la tarjeta de memoria la usemos en nuestra flamante cámara de fotos digital; les da igual que en el disco duro guarde los apuntes de la universidad. Hay que pagar “por si acaso�. Habrá que pagar por la conexión a internet, habrá que pagar por comprar un reproductor de MP3… Y todo gracias a la Ley de la Propiedad Intelectual aprobada por las Cortes el año pasado.

Así que está claro. Cuando queráis fotocopiar o escanear un página de un libro que os haya gustado especialmente, a pasar por caja. Si queréis releer ‘Crónica de una muerte anunciada’, ‘La fiesta del chivo’, ‘Leviatan’, ‘El siglo de las luces’, ‘La muerte en Venecia’ o, incluso, los bodrios que mandan los profesores de literatura de los institutos, a pasar por caja. Luego nos quejaremos de que nuestros hijos no lean.