El resplandor

Barañain

Anteayer, François Hollande invitaba a los franceses a “sobrevolar las estrellas”: sí­, lo sé, es lo que tiene proclamarse ganador a los sones de La Marsellesa en la Plaza de la Bastilla, que el escenario impone (y Francia no sería Francia sin esos arrebatos). Pero, lirismo aparte, lo importante es que el nuevo presidente francés ha reiterado que “la austeridad no puede ser una condena” y que sus prioridades serán la igualdad, la juventud, la justicia social, la educación, y la reorientación de Europa hacia el crecimiento, la competitividad, el empleo y la protección social. No puede negarse que, en medio de esta niebla gris oscura que nos envuelve, lo de ayer tiene algo de resplandor.

Mientras los electores franceses enviaban a su casa a Sarkozy, los alemanes daban un nuevo aviso a Merkel, que perdía otro gobierno regional; igual que hací­an los británicos con Cameron, cuyo partido conservador perdía el control de importantes ayuntamientos, aunque salvara los muebles al conservar Londres (donde los laboristas tuvieron la ocurrencia de volver a presentar al dinosaurio Ken Livingstone) y, por supuesto, los griegos (aunque en su caso, la respuesta tiene un plus de hartazgo y rechazo extremista que hace presagiar el desastre al que, con perseverancia, se encaminan). Por otra parte, se ha instalado ya definitivamente en el centro del debate político en toda Europa la cuestión de los lí­mites a la polí­tica de austeridad impuesta hasta ahora. Y eso es ya, en buena medida, mérito de Hollande.

En España, donde unos ven nacer la “ilusión”, o al menos reconocen que “se abren expectativas”, la derecha nacional –si el conjunto de las portadas de prensa sirve de referencia-, invoca la “incertidumbre”. ABC y El Mundo -que coincidían en el titular-, La Razón y La Gaceta sólo acertaban a expresar así su propia inseguridad o perplejidad –porque eso debe ser lo que quieren decir-, ante la evidencia de que ni en casa ni fuera la política que ellos defienden (y aquí se ocultó antes de las elecciones) es refrendada con entusiasmo por los ciudadanos.

Reconocer su propia perplejidad no está mal. Suena casi a elogio, máxime si lo comparamos con las invectivas lanzadas sobre los andaluces – cuyo gobierno se ha constituido con la buena música de fondo del resultado francés-, que al parecer se asoman al abismo con la llegada del Frente Popular a su comunidad. La verdad es que, aún no recuperados de ese contratiempo, apenas se habían esforzado con el dilema francés y sólo se animaron un poco con las alusiones de mal gusto de Sarkozy a la situación económica española.

Al margen de lo que los hooligans piensen, parece que hay una convicción generalizada de que el cambio en Francia será beneficioso para el gobierno de España. Algunos incluso se reciclan a todo correr por si acaso la nueva época requiriera giros ahora impensables. El domingo por la noche, conocido el resultado francés, un voluntarioso portavoz de segunda fila del PP contaba por la radio a los españoles que lo de reivindicar la necesidad de estimular el crecimiento y no fiarlo todo a la austeridad eran ellos, los del PP, los primeros que lo habían defendido. Hay que ver cómo somos: ¡a quien se le ocurre buscar referentes en Francia de lo que ya tenemos en España!

El caso es que, al día siguiente, mientras nos desayunábamos con las noticias que venían de la Plaza de la Bastilla, Mariano Rajoy nos recordaba su amenaza de castigarnos, tras cada consejo de ministros y durante toda la legislatura, con una ración semanal de “susto o muerte”. Tras un breve parón técnico -del último consejo de ministros no salió hachazo alguno-, que algunos maliciosos habían interpretado como premeditado a la espera del resultado electoral francés, Rajoy anunciaba reformas “importantes” en el sector financiero (léase inyectar mucho dinero público en la banca) para el próximo viernes y volvía a preparar al respetable público para la subida del IVA, eso sí, lamentándolo mucho: “Si tengo que subir el IVA, lo subiré, aunque no me guste y haya dicho que no lo iba a hacer”.

El problema del presidente del gobierno es que, primero, le gusta poco explicarse y, segundo, cuando se explaya, lo hace de manera tan tortuosa que no hay forma de que el conjunto de la ciudadanía alcance a retener la profundidad de su pensamiento. Sin ir más lejos, el acto de toma de posesión de Romay Beccaría como presidente del Consejo de Estado, hace unos días, fue la primera vez en la que Mariano Rajoy dio alguna pista sobre su ideario cuando equiparó la consolidación del estado del bienestar con el objetivo de «erradicar las cortapisas externas a la libertad con que las personas deben regir su destino, su vida y su vocación profesional».

O sea, nos está haciendo más libres. A desmontar el estado de bienestar es a lo que los neoliberales llaman “erradicar las cortapisas externas a la libertad”. Comentando esa espesa declaración de fe, Kepa Aulestia (El Correo) señalaba que “el sesgo de los ajustes refleja la autosuficiencia de determinadas élites que se tienen por tales porque se sienten en condiciones de simular que pueden prescindir del Estado, y sobre todo no creen que el Estado deba atender a quienes difícilmente reunirían los méritos y la significación para formar parte de un mundo competitivo.”

No es ninguna novedad; al fin y al cabo esa visión del mundo o ese mundo particular para el que el gobierno de Rajoy hace sus deberes, es lo mismo que han perseguido otros gobiernos neoliberales desde que Thatcher sentó cátedra en suelo europeo. Pese a las diferencias de contexto, de margen de maniobra y de liderazgo (obviamente, Rajoy carece por completo de la convicción ideológica, habilidad y determinación de que dio muestras la señora Thatcher) el destrozo que deje a su paso será similar. Tanto como la dificultad de recuperar después lo que ahora se arroja por la borda tan inconscientemente. Un servidor, francamente, no ve a Mariano de compañero de viaje europeo de François. Y no es porque crea que Hollande vaya a echarse al monte, ni muchísimo menos. No sé si podrá imponer su agenda (¡no digo ya conseguir sus objetivos!) y dudo bastante de que su victoria pueda ser suficiente acicate para la recuperación de la izquierda en el resto del continente europeo. Pero hay una certeza: la disparidad absoluta en los planteamientos de salida de ambos. A nosotros nos toca aguantar las ocurrencias de cada viernes del registrador de la propiedad y su inverosímil gobierno. Por eso, en estos tiempos oscuros, tan proclives al pesimismo colectivo, no viene mal tomar un poco de aire, admirando –aunque sea con envidia-, el resplandor de la plaza de la Bastilla.