El PSOE en la encrucijada

Manuel Lobo

Los militantes socialistas vivimos tiempos que nos generan muy diferentes sentimientos para con las siglas, sus militantes y sus dirigentes.

Tras el famoso sábado de cuchillos, que acabó con la dimisión de Pedro Sánchez y la creación de una gestora (figura no estatutaria para nivel federal), el partido en general anda agitado.

Dice el dicho popular que, de aquellos polvos, estos lodos y nunca mejor dicho. Lo sucedido el sábado de forma pública, no es sino lo que sucede en casi todos los niveles de la organización.

En mi opinión, el problema principal es el propio funcionamiento orgánico del partido, anclado aún en el siglo XX y pensando en un partido piramidal y con ejecutivas todopoderosas, que quizá tuvo sentido para consolidarse durante la transición, pero que hoy en día es ineficiente por cuanto que realiza una mala elección de líderes y cuadros, no está pensado para mantener vivos los debates de hacia dónde dirigirnos en nuestras propuestas a los ciudadanos y le faltan los contrapoderes necesarios en toda democracia, como deberían ser los partidos políticos.

Todo ello nos lleva a una organización cuyos líderes están más ocupados en mantener los equilibrios de poder que les mantienen en el cargo, que en desarrollar la función política y social que tenemos encomendada y que se agrava cuando las perspectivas de formar parte del gobierno del ámbito correspondiente están muy lejos de ser una realidad.

En este último caso, asistimos a verdaderas luchas de poder interno por gestionar las migajas de la oposición. Un sueldo de concejal, diputado, portavoz, presidentes de comisiones… es el único incentivo de muchos de los que dirigen nuestras agrupaciones municipales, provinciales y federaciones.

Estos tejemanejes por el poder provocan que en muchos casos se elijan cabezas de cartel que se puedan manejar a su antojo, se les promociona y, cuando cumplen su función o cuando se les considera contrarios a los intereses de estos “popes”, se les convierte en juguetes rotos y se fuerza su salida, a ser posible de la peor manera posible, con humillación, enfrentando a los militantes la mayoría de las veces, abusando de su posición, provocando el odio visceral hacia el recién salido.

La solución no es fácil puesto que pasa por hacer más horizontal la organización, eliminando la representación de la representación (por ejemplo los miembros del Comité Federal no son elegidos por los militantes, sino por los representantes de los militantes en niveles inferiores), las listas cerradas y bloqueadas, sobre todo para las listas electorales, y estableciendo las reglas para la dación de cuentas de cargos orgánicos e institucionales y el ejercicio de contrapoder de las todopoderosas ejecutivas.

Claro está, es una reforma profundísima de los estatutos del PSOE, que implicaría un cambio organizacional tremendo, donde habría que entrar a fondo en las cuestiones que a día de hoy se plantean y para las que no tenemos respuesta clara, y prever todas aquellas que se puedan dar, puesto que dejarlo a la improvisación y a la interpretación de los que ostentan el mando siempre caerá del lado de estos.

Además, no valdría con aprobarlo para el próximo congreso ordinario, puesto que estará elegido con las normas actuales y no sería posible su aplicación directa hasta el siguiente congreso. Debería haber un compromiso firme de la dirección que salga, de convocar otro congreso inmediatamente posterior donde ya funcionen las nuevas reglas del juego.

Ahora bien, ¿que tenemos en contra? La principal barrera para cambiar la forma de funcionar será el propio partido, representado por esos cuadros medios y dirigentes que viven bien tal y como está. A fin de cuentas, les va bien con la situación actual a pesar de las guerras que tengan que librar, guerras a las que ya saben jugar puesto que las llevan en su “socialismo” desde que, la mayoría de ellos aprendieron a jugar en las Juventudes Socialistas.

Parece una contradicción que en un partido que se considera de progreso, sus dirigentes no quieran que el partido progrese, modernizándolo y creando las nuevas estructuras que permitan un partido más vivo, más cerca de la realidad social que vivimos, que lo haga atractivo a todos aquellos ciudadanos progresistas que están huérfanos de ilusión por cambiar de verdad la realidad social del país en el que viven.

En las próximas semanas (¿meses?), se decidirá si el PSOE quiere seguir repartiendo las migajas de estar en la oposición política, donde algunos se encuentran muy cómodos con buenos sueldos pero sin responsabilidad, o quiere dar un giro de 180º, y de verdad volver a ser una alternativa mayoritaria para los ciudadanos que permita que, en las próximas elecciones, pueda haber el gobierno de progreso que tanto necesitamos