El PSC de Navarro devuelve los cumplidos al PSOE de Rubalcaba

Barañain

En el Consell Nacional extraordinario del PSC celebrado este último sábado se ha producido ya el primero de los efectos deletéreos de la Conferencia Política del PSOE del fin de semana anterior. Que no se hablara del tema catalán en ese cónclave socialista no quería decir que no se hubiera decidido ya dar un golpe de efecto que empezara a zanjar la crisis en la relación entre ambas organizaciones. Ya me temía lo peor viendo las lágrimas emocionadas de Pere Navarro ante los aplausos condescendientes del aparato socialista con ocasión del discurso de la andaluza Susana Díaz (“te necesitamos, Pere”) y cuando se enfatizaba, sin vislumbrarse la más mínima resistencia, que estaba descartada cualquier posibilidad de ruptura entre ambas organizaciones. ¡Y tanto que estaba descartada! ¡cómo que ya la única ruptura que iba a propiciarse  es la que afectara en su interior al PSC!

El Consell Nacional del PSC ha rechazado pedir la consulta a través del artículo 150.2 de la Constitución. En esa reunión lo que la actual dirección del PSC consiguió no es –como alguna versión interesada pretende-, que el referéndum sobre  la posible independencia catalana tenga como premisa un pacto con el Gobierno central (eso lo defiende todo el PSC) sino que ni siquiera se apoye en el Parlamento catalán plantear nada en ese sentido ante las Cortes españolas que no esté previamente negociado. Es decir, se impone una premisa de la premisa. Porque  “una cosa es defender que no puedes hacer una consulta ilegal y otra muy distinta posicionarte en contra de que se pueda celebrar la consulta por una de las vías legales”. ¿Un galimatías?  Sí, la discusión parecería bizantina si no se entiende que lo que se quería escenificar –con esta precipitada reunión del Consell Nacional -, es el descuelgue del PSC de la estrategia en que hasta ahora, con sus mas y sus menos,  participaba junto al resto del catalanismo político.

No es la premisa del acuerdo como garantía democrática para cualquier consulta lo  que rechaza el sector más crítico del partido. Para este sector,  la reclamación de la consulta por todos los medios es un tema trascendental en el que los socialistas no podían quedar fuera, sino acompañar al resto de los partidos con una actitud crítica por cómo está gestionando Artur Mas este proceso. La dirección del PSC -ahora con el aval de su Consell Nacional-, sostiene que llevar propuestas al Congreso sin haberlas negociado y acordado previamente, es ir a una derrota segura y recuerda que el PP tiene mayoría absoluta en las Cortes Generales. Pero no hay peor derrota que renunciar de antemano a dar la batalla.

En realidad, esa dirección socialista supone -y seguramente supone bien-, que si el Parlamento de Cataluña aprueba solicitar la transferencia de la competencia para convocar referendos lo único que se consigue es poner de manifiesto la negativa absoluta del PP a la negociación política sobre  la posible decisión de los catalanes respecto a su vínculo con el resto de España. Y con eso se carga de razones el frente soberanista y el PSC -dicen sus actuales dirigentes-,  no debe echar leña a ese fuego en el que nada tiene que ganar.

Ahora bien, al oponerse a cualquier iniciativa parlamentaria que no tenga previamente  garantizada al menos  una toma de consideración en el Congreso de los Diputados – lo que exige que el PP se avenga a ello -, se está facilitando esa cerrazón al diálogo por parte de Rajoy. Ni siquiera tendrá que asomarse al vértigo de un debate en el Congreso en que se “visualice” la divergencia entre la visión catalana mayoritaria y la del resto de los representantes de la soberanía nacional. Y si ni siquiera va a tener que pasar por ese trago político ¿que incentivo tendrá Rajoy para abrirse a ese necesario diálogo que se dice (lo reiteran, un día sí y otro también, tanto Pere Navarro como Rubalcaba) querer impulsar?

La negociación y en su caso el acuerdo sólo se alcanzarán si cada cual juega sus propias cartas. Nada conseguirán los supuestos federalistas del PSOE si renuncian a aquello que está en su mano y asumen como propia la baraja del rival. Eso me parece tan obvio que la única explicación para este descuelgue del PSC respecto a la dinámica en la que estaba inmerso es que en realidad no quieren jugar ya a ese juego. Lo que se ha querido evitar es que una votación en el Congreso de los Diputados permita ver una contradicción entre el PSC y el PSOE. Lo cual es muy legítimo (se comparta o no ese miedo)  pero chirría un poco que, lejos de reconocerlo, se pretenda simultáneamente disimular el descuelgue con esas enfáticas invocaciones a que siguen apoyando la apuesta  por el derecho a decidir tal y como habían venido haciendo hasta ahora.

Para hacer más digerible la cosa se recuerda estos días lo ocurrido con el rechazo al plan Ibarretxe. (“¿No ven lo que pasó por no querer llegar a un acuerdo antes de escenificar su presentación en las Cortes?”). Es una tergiversación: ese plan se criticó con toda razón –y se rechazó con rotundidad-, no porque no hubiera buscado previamente el acuerdo “con Madrid” sino porque no lo había buscado “en Euskadi”. La polarización vasca –fruto de la acumulación de fuerzas soberanistas que se dio en esos años en Euskadi en base al nefasto pacto de Lizarra y en plena ofensiva criminal de ETA contra los políticos constitucionalistas-,  nada tiene que ver con la crisis actual en las relaciones España-Cataluña ni con el significado del catalanismo político.

¿Es una decisión trascendente el voto sobre la solicitud de esa transferencia por parte del PC? ¿Es una decisión de esas en las que se juega el ser o no ser de un partido político? No lo parece (y por cierto eso es lo que debieron pensar nada menos que 126 de los 435 miembros del Consell nacional del PSC ausentes en esa reunión), y menos aún si como se asegura en la resolución adoptada por el PSC lo que se discute es una cuestión meramente táctica -sobre la mejor forma de conseguir el reconocimiento de la decisión de los catalanes-, pues no puede negar la dirección del PSC que sus parlamentarios actuales lo son para defender un programa electoral que incluyó expresamente la defensa del “derecho a decidir a través de un referéndum acordado en el marco de la legalidad”. Se podrá discutir políticamente desde un punto de vista táctico la conveniencia de dar unos pasos u otros pero nadie puede pretender que defender la iniciativa que votará el parlamento catalán el próximo 4 de diciembre sea contrario al programa electoral de los socialistas catalanes.

¿Y si no es algo trascendente sino una mera cuestión táctica – respecto a la cual son tan discutibles como respetables cualquiera de las dos posturas enfrentadas- qué sentido tiene  invocar la disciplina de voto a la que, sí o sí, deberán someterse los parlamentarios que no comulgan con esa táctica? Hacerse esta pregunta puede sonar raro en esta España en la que hemos asimilado, como si de algo evidente se tratara, que los parlamentarios han de votar en cada momento aquello y sólo aquello que deciden los órganos superiores de sus partidos y que es normal que voten en contra de lo que piensan. Y así, la capacidad de actuar como personas a las que su compromiso con un programa electoral (casi lo único que debiera vincularles en sentido estricto) no les coarta necesariamente su juicio político autónomo  se limita a asuntos muy escasos y siempre, eso sí, que así lo decida la dirección del grupo parlamentario.

En su discurso ante el Consell del PSC el secretario Pere Navarro recordó la pluralidad de voces y el debate siempre vivo en el seno de ese partido, como una de sus principales señas de identidad. Parecía simplemente un detalle retórico que preludiaba la advertencia sobre la necesidad de que todos y cada uno de los parlamentarios se atuvieran a lo que allí se iba a decidir: pero el centralismo democrático –pues de eso se trata-, a quienes caracterizaba era a los partidos comunistas, no a los demócratas, y tenía que ver con la concepción cuasi militar de esas organizaciones sobre la toma del poder.

 Recordar la riqueza que emana del respeto a la pluralidad para luego exigir monolitismo (acabar con ese “ruido permanente” dijo Navarro) en la expresión pública –en un asunto no esencial, insisto-,  sólo tiene sentido si lo que se espera es que los “advertidos” interpreten adecuadamente qué es en realidad lo que se está pretendiendo de ellos: que se marchen.  De eso se trata. Algunos –muchos-, lo han hecho ya. El resto de la componente más catalanista del PSC lo hará también, con toda probabilidad. Lo de menos es que el deterioro sea por goteo o que se busque un momento detonante  de la ruptura (por ejemplo la votación parlamentaria prevista para el 4 de diciembre) que permita endosar  a unos u otros la responsabilidad de la misma. La dirección del PSC (y la del PSOE previamente) ya ha apostado por la ruptura. Ya lo llevaba diciendo un tiempo el número dos del PSC Antonio Balmón (que ha reiterado anteayer su opinión expresada en agosto cuando invitó a abandonar el partido “a los profesionales del ruido sin ninguna relevancia actual” ); ahora, menos crudamente, lo sugiere  también el número uno. 

Está por ver que sea rentable para los socialistas la armonía de voces así conseguida, esa uniformidad tan querida por nuestros profesionales de la política. Pero no hay duda de que mientras se comprueban los daños esa gente podrá descansar de tanto trajín sin tener que seguir arriesgando a cuenta de la España plural (aquí sí que vale, por lo visto,  plegarse a la “agenda” de la derecha). En la organización federal están satisfechos con lo ocurrido; se ha cumplido lo previsto. Ahora ya podrán cantar a coro que, efectivamente, el (peor) PSOE ha vuelto.