El progresismo ya tal

Ariamsita

En una época de crisis como la que vivimos en la actualidad, es lógico que el día a día y el punto de mira se centren, sobre todo, en el debate económico como sucede hoy en España. Así, las diferentes opciones políticas focalizan su mensaje en las soluciones que darían a la situación actual y el eje izquierda-derecha parece definirse cada vez más por elementos como el nivel de intervencionismo o por el enfoque respecto a la financiación de los servicios sociales que provee el Estado del Bienestar.

El problema resulta, sin embargo, cuando esta situación de crisis se alarga en el tiempo y el debate ideológico sigue reducido a la economía pura y dura, ya que caemos en el peligro de olvidar algo tan importante como lo es la lucha por los derechos y libertades de la ciudadanía, sin duda uno de los emblemas de los que más orgullosa puede estar la izquierda en nuestro país. Es en este punto en el que tengo la sensación de que estamos hoy en día.

Escucho con perplejidad a representantes de ciertos partidos tachar al PSOE de casta, de no ser el partido de la gente, mientras su partido justifica sin pudor la renuncia a elementos como aborto, libertad sexual, eutanasia, feminismo, laicismo o ecologismo. Me resisto a creer que el partido de la gente sea un partido que renuncia al progresismo. Un partido que considera que luchar por los derechos de grupos minoritarios no es importante porque no da votos. Igualdad de oportunidades sí, pero sólo si nos ayuda a alcanzar el poder.

El partido de la gente parece estar olvidando sin pudor a los más débiles.¿No son gente acaso las mujeres que quieren poder decidir sobre sus cuerpos? ¿No son gente los enfermos terminales que desean poder poner fin a su vida con dignidad? ¿No son gente los homosexuales? Progresismo sí, pero ya tal, si no es rentable electoralmente.

“No puedo prometer que todas las personas tengan éxito en la vida, pero sí me puedo comprometer a trabajar para que todas las personas tengan las mismas oportunidades para tener éxito. Y aquellas que no lo alcancen, tendrán siempre el amparo de nuestro país” decía el presidente Zapatero justo antes de ser reelegido en 2008. Me cuesta creer que, apenas seis años más tarde, esa igualdad de oportunidades en la que algunos creemos como base de la sociedad esté dejando de ser importante. Porque lo cierto es que en el momento en que renunciamos a la igualdad de los más débiles, de los grupos minoritarios, de aquellos cuya voz tiene menos peso, aunque lo hagamos en nombre de un bien mayor, estamos renunciando al progresismo.

Me resisto a creer que la gente, esa gente que da mayoría en intención directa de voto a un partido una encuesta tras otra, haya renunciado al progresismo que solía caracterizar a la sociedad. Ni de izquierdas ni de derechas, dicen, y es cierto: lo cumplen. Lo cumplen cuando renuncian a luchar por derechos y libertades y cuando en la búsqueda de la transversalidad encuentran su sitio en el conservadurismo puro, ese que no entiende, ciertamente, ni de izquierdas ni de derechas.

Me resisto también a creer que la gente esté dispuesta a apoyar con los ojos cerrados a un partido que se niega a dejar claro qué país quiere. Un partido que ayer quería ser Venezuela, hoy Suecia y mañana ya lo pensarán. Ya lo pensarán porque ahora eso no es importante. Y yo, por mucho que trato de entenderlo, me cuesta comprender que el modelo de sociedad que se quiere alcanzar sea algo que se pueda dejar para luego.

El partido de la gente dice que ya basta de ideologías, que lo que importa es llegar a las instituciones. Llenarlas de personas normales. Que una vez que estén en ellas, ya se verán qué dicen los expertos. Ya votarán. Ya harán reuniones. El partido de la gente dice hoy A, mañana B pero no importa porque es por alcanzar un objetivo. Porque lo hacen por un bien mayor. Permitidme que desconfíe de los bienes mayores cuando no les importa dejar de lado a los más débiles y a los que, precisamente, más necesitan que la política se preocupe de ellos.

Al partido de la gente no le gusta la ley mordaza porque claro, viene del PP, pero si hay que controlar los medios de comunicación privados porque no nos gustan ya pensaremos en la libertad de expresión otro día. El partido de la gente quiere que sea la gente quien elabore su programa electoral, pero encarga a dos únicas personas la elaboración de su programa económico. El partido de la gente no se ha parado a explicarnos qué sociedad quiere construir, porque ya se preocupará por eso más tarde. El partido de la gente se desvela cada vez más como una estrategia impecable, sí, pero vacía de contenido. 

Creo que es hora de reivindicar que esta sociedad, que la gente, necesita algo más que un partido cuyo único objetivo sea alcanzar el poder. Que no podemos permitirnos renunciar a la izquierda como motor progresista, ni a los valores que ésta ha representado y defendido en nuestro país. Que hay principios ideológicos y luchas cuyo abandono implica el abandono del progresismo. Y algunos, seamos o no seamos gente, no estamos dispuestos a renunciar a ello.