El precio político

Aitor Riveiro

Desde que ETA declarara el “alto el fuego permanente� hay dos palabras que no dejan de sonar, como un molesto runrún; dos palabras que acabarán fundiéndose en una locución inseparable: “precio político�. Ya el mismo día 22 el presidente del PP, Mariano Rajoy, y la líder de su partido en el País Vasco, María San Gil, recordaron al Gobierno que no deben pagar ningún tipo de precio político en la negociación con la banda terrorista.

Basta con hacer una simple búsqueda en las hemerotecas para ver que desde entonces han sido múltiples las referencias a eso que no hay que pagar bajo ninguna circunstancia: Rajoy en cada una de sus intervenciones, Gallardón, la CEOE, las asociaciones de víctimas, Acebes, Gorka Landáburu, Pilar Rahola y de nuevo Rajoy, seguido de Zapatero, Rubalcaba y un largo etcétera. Incluso la resolución del Congreso sobre el diálogo con ETA aprobada, con los votos en contra del PP, el 17 de mayo ya advierte al Gobierno de que “la violencia no tiene precio político�.

No deja de sorprender que sean precisamente los políticos quienes rechacen con vehemencia esta posibilidad; de hecho, lo que caracteriza a la democracia es la negociación y la concesión, pues es ésta la única manera de llegar a pactos y acuerdos. ¿A qué se refieren con la expresión “precio político�? ¿Significa lo mismo en labios de Rajoy que de Zapatero; de Gorka Landáburu que de José Alcaraz? Las palabras, una vez más, no son utilizadas para definir y contextualizar la realidad, sino para hacerla más difusa y maleable para el rédito propio.

Desde que el 7 de junio de 1968 ETA matara al guardia civil José Pardines Arcay, la sociedad ha pagado un incalculable precio humano a la banda. No son sólo las 832 personas asesinadas, sino las decenas secuestradas, las miles heridas y las decenas de miles afectadas. Asimismo hemos pagado el precio humano de los 23 asesinatos y diversos secuestros cometidos por los Grupos Antiterroristas de Liberación (GAL), con el agravante de haber sido creados en las entrañas del Estado al que supuestamente defendían.

España ha pagado también un costosísimo precio económico. Causa indignación sólo pensar en la de cosas que se podrían haber hecho con la ingente cantidad de recursos, tanto humanos como materiales, que ha tenido que destinar el Estado a la lucha contra el terrorismo: indemnizaciones, reconstrucciones, protección, juicios, policía… Además, el empresariado vasco y navarro ha sufrido contínuas extorsiones por parte de ETA y miles de trabajadores han padecido directa o indirectamente la lacra del terrorismo.

Y, finalmente, llevamos también décadas pagando un inconcebible precio político. ¿O no es precio político que nunca se hayan celebrado elecciones libres en Euskadi? Nunca sabremos cómo sería el mapa político en el País Vasco y Navarra de no haber existido la injerencia constante de ETA en todas y cada una de las citas con las urnas a las que hemos sido llamados en la corta historia de la democracia española, desde el referéndum de 1978. Además, hemos ilegalizado un partido con más de 100.000 votos, en una decisión que muchos recibimos con el gesto torcido convencidos de que, de la misma forma que no todo el PSOE ni todo el Gobierno de González era responsable de los GAL, no todos y cada uno de los batasunos son ETA. Hemos tenido que soportar, en último lugar, que durante años la memoria de las víctimas fuera vilipendiada a diario por los servidores públicos intentando rascar unos miserables votos, con el único argumento del “y tú más�.

Por lo tanto, ¿qué significa que no debemos pagar un precio político para conseguir la paz? ¿Hemos pagado precios en la “guerraâ€? y no lo vamos a hacer ahora? Una vez que ETA deje de existir, ¿sería lógico que Batasuna siguiera siendo objeto de ilegalización? Cuando ETA entregue las armas, ¿qué sentido tiene la dispersión de presos? Para el Partido Popular el “precio políticoâ€? es que “ETA pueda tener la tentación de intentar conseguir, dejando de matar, lo que no ha conseguido matando”, en palabras de su líder. Si, tras todo el dolor que han causado, los terroristas han comprendido su derrota y tienen la “tentaciónâ€? de abrazar la democracia y de tratar de conseguir sus objetivos “dejando de matarâ€?, ¡bendito precio político!