El precio del poder

Aitor Riveiro

La semana pasada, Federico Jiménez Losantos argumentaba en su programa matutino el porqué de su apoyo a Rosa Díez y UPyD, frente a la campaña que mantiene desde hace ya muchos meses contra el PP de Mariano Rajoy. Todo venía a cuento de un artículo de un periodista de El Confidencial, Federico Quevedo, en el que acusaba a Losantos y a la Cope de no defender el ideario que se le supone a una radio católica, apostólica y romana.

En concreto, Quevedo acusaba a Losantos de apoyar a un partido, UPyD, que defiende la asignatura de Educación para la Ciudadanía, el aborto, el derecho a una muerte digna, el divorcio… En fin, todo lo que un católico no debería defender si sigue los mandatos de su Iglesia. (Aquí y aquí)

El periodista de la Cope, por su parte, contestó, como no podía ser de otra manera, al de El Confidencial. En su programa matutino se despachó a gusto contra el “chico de los recados de Soraya”, como le describió, para asegurar que el ideario del PP en cuanto a eutanasia, aborto y demás no difería tanto del de UPyD pero que éstos, al contrario que aquéllos, presentan el mismo discurso de defensa de la unidad de la nación española en todo el país lo que, en su opinión, era lo más importante.

Esta pequeña pelea de parvulario entre periodistas no tiene más trascendencia, pero sí me ha hecho recordar algo sobre lo que siempre he reflexionado y que nunca he llegado a tener muy claro. Resumo en una pregunta: ¿un partido político debe amoldarse a la sociedad -o a lo que supuestamente quiere la sociedad- o debe intentar convencer de su ideología a los votantes?

Los ejemplos son múltiples. El Partido Popular de Cataluña no es igual que el de Madrid, que difiere bastante del gallego, el cual no tiene demasiado que ver con el canario. En el PSOE, por supuesto, pasa lo mismo: Bono, Barreda, Montilla, Touriño o Patxi López representan, en ocasiones, caras opuestas de la misma moneda.

Incluso en temas trascendentales como la financiación autonómica los partidos políticos presentan no dos, sino cuatro o cinco ‘almas’ distintas. ¿Es justo para el votante? ¿Es moralmente aceptable que el mismo partido político presente discursos opuestos sobre un mismo asunto en cada región?

Porque, además, la sensación que le queda a uno, por lo menos a mí me pasa, es que los partidos no varían sus opiniones o programas en función de una evolución ideológica o de una reflexión, sino por mero cálculo electoral y por ganar poder. Si en Cataluña conviene hacer un discurso en favor de la inmersión lingüística, se hace, que ya veremos en Madrid como lo apañamos. Y si es necesario acudir a una manifestación en defensa de la familia del brazo de la Conferencia Episcopal, los ‘kikos’ y los ‘Peones Negros’ para a la vez apoyar la creación de una comisión que analice la implantación de una ley de plazo para regular la interrupción voluntaria del embarazo no hay problema. Tampoco pasa nada si en Andalucía se aprueban determinados artículos de un nuevo estatuto de autonomía que, cuando es Cataluña quien los vota, se denuncian ante el Tribunal Constitucional.

Esto no le pasa sólo al PP y al PSOE, pero sí es verdad que son los partidos a quien más se les nota. Por motivos obvios: aparecen más en los medios y, sobre todo, son los que obtienen más votos. Y para obtener 11 millones de votos hay que tratar de contentar a todos, con lo que eso implica.

Por eso, porque hoy por hoy representa a pocas personas, UpyD se puede permitir un único discurso en todo el Estado.

Sin embargo, lo mismo ocurre dentro de otros partidos minoritarios y, para más inri, nacionalistas. Recientemente, CiU ha decidido que en lugar de Ignasi Guardans encabece la lista europea otro miembro del partido con un perfil independentista. El propio Guardans reconoció en la Cadena SER que en una conversación privada el líder de la coalición, Artur Mas, le preguntó qué votaría en caso de que se celebrara en Cataluña un referendum de independencia: Guardans dijo que el votaría ‘no’, mientras Mas reconoció que votaría ‘sí’. Ahí terminó la relación entre ambos. ¿Es CiU un partido independentista o no? ¿Pueden convivir dentro de CiU ambas tendencias? Algo similar ocurre en el PNV, con una guerra continua entre soberanistas y autonomistas.

Estas divisiones internas son, en mi opinión, uno de los motivos por los que la sociedad tiende a desconfiar de los políticos y, sobre todo, de los partidos políticos. Por un lado, es comprensible que una organización que pretende gobernar una nación de 40 millones de personas trate de recoger la mayor parte de la sensibilidades que en ella se dan, pero no es menos cierto que en demasiadas ocasiones se observan conductas tendentes al ‘chaqueterismo’ que ruborizan al más pintado.

Creo que determinados principios de un partido político deberían ser irrenunciables, cambie la sociedad o no. Su función no es sondear lo que opina la ciudadanía para amoldarse con tal de ganar o conservar el poder, sino tratar de convencer de que sus ideas son las mejores y las más aptas.

Y si esa sociedad no cree en lo mismo, quedan dos opciones: dejarlo o insistir. Y si se evoluciona (o involuciona), que sea por convición, no por poder.