El populismo y la crisis

Lobisón

En un reportaje publicado en El País el día 2, el profesor Gerardo della Paolera, presidente emérito de la Universidad Americana de París, se mostraba preocupado por las consecuencias políticas de la crisis global en América Latina: “Hay una fuerte relación directa entre la situación económica y el auge del populismo”, decía.

 

Nadie puede discutirlo después de ver a Rajoy manifestar su temor de que ZP aprovechara la crisis para regalarles dinero a sus amiguetes banqueros, su solidaridad con quienes trabajan en el ejercicio de su libertad —no se sabe lo que piensa de quienes trabajan porque no les queda otro remedio— y su repudio de los especuladores. Sin que por cierto nadie se diera por aludido en el PP valenciano, balear, murciano o madrileño.

 

Pero en América Latina el populismo no ha esperado a la llegada de la crisis. Aunque Chávez llegó al poder en 1998, el populismo como forma de llegar al poder y de gobernar se ha extendido a Argentina, Bolivia y Ecuador en los años de expansión de la región, con altos ingresos por exportaciones y precios en alza no sólo del petróleo y el gas, sino de casi todas las materias primas y los alimentos, comenzando por la soja.

 

Esto encierra dos paradojas. La primera es que Aznar parece haber fracasado en su combate contra el populismo, al que en su momento prometió dedicar lo mejor de sus esfuerzos, y es que no se puede estar a todas. La segunda se refiere a la idea muy extendida de que las crisis son el caldo de cultivo del populismo: la experiencia de Fujimori y Menem, dos populistas de derechas, encaja bien en esta visión, pero la nueva oleada de populismos ‘de izquierda’ es un poco anómala.

 

Los politólogos y otra gente experta en ‘teoría de los juegos’ seguramente pueden explicarla atendiendo a la crisis de los sistemas de partidos en Argentina, Bolivia y Ecuador, y a la extendida percepción de que los gobiernos eran incapaces de distribuir la nueva riqueza traída por las exportaciones porque estaban atrapados en las ideas de los años noventa, el Consenso de Washington y la fe ilimitada en el mercado.

 

Pero en la nueva situación se plantea una duda curiosa: ¿cómo van a sobrellevar los gobiernos populistas de América Latina una posible fase de caída de los ingresos de las exportaciones? Casi todo el mundo está de acuerdo en que Chávez ha incrementado la dependencia de la economía venezolana de la renta petrolera, y, aunque se supone que tiene suficientes reservas para aguantar un año adverso, no sabemos lo que puede durar la nueva situación.

 

En los otros países las cosas no están mejor. Las renegociaciones de los contratos y el deseo de poner en su sitio a las empresas transnacionales —incluyendo, ay, a las españolas— ha motivado la caída o el retraso de las inversiones, lo que en muchos casos imposibilita una respuesta de aumento de la producción ante la caída de los precios. ¿Pueden sobrevivir los gobiernos populistas si se secan las fuentes de la redistribución?

 

PS. Si tengo oportunidad de encontrarme al señor Amistad Cívica en una noche de plenilunio ya encontraré forma de agradecerle la jocosa canción que me dedicó con motivo de mi estreno en DC.