El pilar derruido

Frans van den Broek

A comienzos de la década pasada, cuando trabajaba para una organización de ayuda a extranjeros en Holanda, tuve oportunidad de preguntarme por primera vez de manera profesional cuál era la mejor manera de ayudar a la integración de los habitantes procedentes de otras culturas. Con anterioridad había experimentado el problema de modo personal, como simple extranjero tratando de encontrar un lugar en la sociedad que me acogía. Después de haber vivido en España unos años, esto resultaba una novedad para mí, pues aunque España no era mi país, la integración para un sudamericano era entonces relativamente fácil, y aún no se publicaban aquellos anuncios de oferta de pisos en los que se especifica: “sudamericanos abstenerse”. Ni había tantos extranjeros, por supuesto (hablo de la segunda mitad de los ochenta). Y aunque el acento delata, el idioma es común, lo que ayuda mucho. Al contrario, siempre me sentí muy bien acogido en España, y si de algo debo quejarme, es de mi estupidez para no haber hecho mejor uso de dicha hospitalidad y haberla agradecido lo suficiente.

Pero Holanda es otra cosa, pues aunque el país tiene fama de tolerante, no sin buenas razones, la tolerancia, como el ser de Aristóteles, se dice de muchas formas y no precluye sutiles formas de discriminación y aislamiento. Conté ya en otro lugar (un artículo en Claves de hace algunos años) que mi primera experiencia con el multiculturalismo tuvo un carácter más bien cómico: al llegar y para regularizar mi situación, tuve que presentarme en las oficinas gubernamentales pertinentes, una de las cuales era la oficina de empleo, en la cual, si mal no recuerdo, la funcionaria me preguntó a boca de jarro a cuál categoría étnica yo pertenecía. Mi respuesta inicial fue simplemente: “¿Disculpe?” Dicha pregunta no me la habían hecho jamás. La paciente funcionaria me explicó entonces que debía introducir en su computadora alguna referencia a mi trasfondo étnico y dado que no estaba claro en mi caso, ella me preguntaba cuál era mi opinión. Al parecer, la combinación de un apellido holandés con un aspecto sudaca y estudios en España superaban su capacidad de categorización. Hasta dicho momento, en mi prístina ignorancia de los asuntos del mundo, la palabra étnico y sus derivados –etnología o etnografía, por ejemplo- evocaban en mí tan sólo a barbudos exploradores de los más oscuros confines del planeta o los documentales que aparecían en la televisión, cuando no danzas rituales de indios prestos a matar cowboys o reducidores de cabezas amazónicos. Me imagino que de allí provino mi confusión, pues ¿qué plumas debía llevar en la cabeza desde ahora? Luego comprendí que la noción de lo étnico había adquirido naturaleza política e ideológica en el mundo occidental, pero aunque había crecido en un país multirracial (y todavía racista, valga decirlo) y, me imagino, multicultural, la palabreja no había aparecido jamás en mi horizonte verbal ni en el de nadie que yo conociera. Tampoco la había oído jamás en España, donde el saber que venía de Perú le bastaba y sobraba a la gente para saber más o menos con quien trataban. Pero ahora me encontraba en una situación análoga a la que había encontrado en las reuniones de estudiantes comprometidos de antaño: defínase compañero, me decía la funcionaria, que línea sigue usted, ¿Europeo?, ¿Latino?, ¿Hispano?, ¿Ibérico?, ¿Andino? Todo a la vez no era opción que apareciera en su computadora, creo recordar. Al final me parece haber optado por la categoría de latino, pero no sin sentir que traicionaba a mis otros componentes étnicos y me dejaba algunas plumas en el camino. Además, ¿qué carajo era esto de la categorización étnica y con qué derecho me lo preguntaban?

Pues resulta que dicho estrategia mental de clasificación era parte esencial de la historia holandesa. Hasta hace relativamente poco la sociedad holandesa, como se sabe, funcionaba por pilares, esto es, grupos más o menos homogéneos que negociaban entre ellos a fin de llevar los asuntos del estado en paz en lugar de andar matándose unos a otros. Como señala el estudioso Arend Lijphart, la estabilidad del sistema se basaba en dos características prominentes del pueblo holandés: la deferencia y la indiferencia (dicho así, hasta parece una afirmación posmoderna, pero por suerte no lo es). Los pilares deferían toda responsabilidad de decisión en sus líderes, elegidos internamente, y, por lo demás, se mostraban indiferentes a cuanto hicieran los otros pilares e incluso a cuanto hiciera su gobierno, mientras funcionara razonablemente bien, como ha sido el caso en general. La organización en pilares no era sólo política, sino vital, esto es, cubría todos los aspectos de la vida social de sus integrantes. Los pertenecientes al pilar católico o a alguno de los pilares reformados, de los cuales había varios, o al socialista o humanista, se frecuentaban y casaban entre ellos, visitaban sus bares y lugares de encuentro, compraban en sus panaderías y carnicerías, depositaban sus ahorros en sus propios fondos de pensiones o bancos, y celebraban funerales a su manera y reposaban para siempre en sus lugares asignados. Durante siglos, este arreglo, que incita el consenso y lo requiere, funcionó de manera adecuada, pero después de la guerra mundial empezó a declinar y a desaparecer como tal. Pero los hábitos mentales tardan mucho más en desaparecer y suelen transmutarse y renacer en otras formas. Y he aquí que la funcionaria todavía debía preguntar a qué categoría étnica pertenecía un sudaca medio inclasificable, y si hay algo que no toleran los holandeses, que toleran tantas cosas, es que algo no pueda clasificarse. He ahí el límite de su tolerancia. Para concertar el control que tienen sobre su sociedad y mantener la casa en paz, tienen que saber con quién tratan y a qué pilar pertenece. Una vez clasificado, que haga lo que quiera. Pero que no se salga de las categorías asignadas, porque entonces se arma el lío y es Babel revivida.

No es extraño, por consiguiente, que dichos hábitos mentales se inmiscuyeran en el debate sobre la integración de las minorías étnicas. La mayoría de mis colegas del trabajo mencionado al inicio, de raigambre izquierdista, se mostraron a favor entonces de ayudar a potenciar lo que llamaban “el pilar islámico”, a fin de que, fortalecido y “concienciado” (como se solía decir), pudiera negociar en igualdad de condiciones con el gobierno. Lo mismo pareció pensar el gobierno, que instigó la formación de organizaciones étnicas con las que poder negociar, que representaran a sus comunidades y defendieran sus intereses, ayudando así a su integración. “Integración con mantenimiento de la propia identidad”, rezaba la fórmula de uso, que se manifestó en prácticas a todos los niveles estatales y regionales. Por muchos años, por ejemplo, se pensó que la mejor manera de ayudar a los niños de padres musulmanes a aprender la lengua holandesa era fortalecer el conocimiento de su propia lengua materna, bereber, marroquí o turca, y hasta se postuló la enseñanza escolar en dichas lenguas y, por supuesto, se permitió la creación de colegios de carácter islámico, con el modelo de los colegios católicos o protestantes en la mente. Por varias razones, dicha estrategia me pareció siempre sospechosa, no sólo por mi alergia personal a las clasificaciones étnicas, sino por razones de practicidad y también políticas. A consecuencia de ello, fui, a mi vez, clasificado como sudaca intransigente, probablemente corrupto por una formación burguesa en su país de origen e ignorante de la realidad propia de dichas comunidades y de las sutilezas de la organización holandesa.

Mis objeciones eran simples, sin embargo: en primer lugar, dicha estrategia obraría, pensé, en aras de la formación de guetos, no de la integración. Luego, me pareció que el carácter democrático de dichas organizaciones étnicas representativas era, por decirlo de modo amable, dudoso. Dichas organizaciones no eran elegidas por nadie, sino que se formaban espontáneamente por individuos más avezados en política que otros, con sus intereses particulares, cualquiera que ellos fueran, y se autoerigían como representantes de unas comunidades que, en muchos casos, ni siquiera sabían que existían. El gobierno, acostumbrado a sus pilares, sus deferencias e indiferencias, designaba luego a dedo con quién debía negociar, y hasta creaba organizaciones de nivel estatal (overkoepelend, se dice en holandés, esto es, que acoplan a las organizaciones particulares y las representan) para hacer más fáciles las negociaciones. Pero a nadie se le ocurrió jamás crear sistemas de elección de los representantes de dichas comunidades, ni de control de sus prácticas internas, o se hizo demasiado tarde. Y a dichas organizaciones, sin control interno, sin elecciones o sanción popular, se las subsidió de manera generosa, y sólo se les pedía cuentas una vez cada cierto tiempo, que podían ser años, ocasiones en las que presentaban una lista de actividades que nadie se preocupó de constatar, hasta hace muy poco, y que muchas veces eran sólo fantasías inventadas para justificar el gasto del dinero. No dudo que en muchos casos el dinero se utilizó de manera razonable y decente, pero puedo afirmar de primera mano, por el dinero que recibía mi organización de ayuda, que en buena cantidad de casos dicho dinero se utilizó para cualquier otra cosa, menos ayudar a la integración de las minorías, como pagar los suculentos sueldos de los coordinadores y directores, actividades insulsas e inanes, y, en algunos casos, hasta para el más clásico fraude, cuando no para financiar actividades anti-democráticas o de proselitismo fundamentalista y hasta terrorista.

Pasaron los años y los fallos de este modelo multiculturalista empezaron a salir a la luz, de tal manera, que ahora ha surgido el problema contrario, cual es el de la reacción racista o el anti-islamismo, que atestigua la presencia en la política holandesa de gente como Wilders, un esperpento político sin más  programa que el de la promoción del desprecio y de sí mismo. ¿Cuál es la relación entre estos dos fenómenos, el de la tolerancia étnica y su generosa aceptación y financiación y el de su virulento rechazo, si es que hay alguna? No creo que estos desarrollos sean simples, y toda explicación tiene, por tanto, que tomar muchas variables en cuenta, pero creo que un elemento que los unifica es la persistencia en la categorización de comunidades complejas en nichos conceptuales estrechos, algo en lo izquierda y derecha han caído por igual. El socialismo holandés, como el de otros países, abrazó la ideología del multiculturalismo y el etnicismo por razones comprensibles, pues veían en estas comunidades a los proletarios del momento, gente desfavorecida y explotada, con dificultades de integración en sus países de acogida. Un básico instinto humanitario le llevó a querer ayudar a dichas comunidades, y a ayudarlas respetando su particularidad cultural. Pero en lugar de tirar el agua sucia con el bebé adentro, como hizo con las religiones en su momento, esta vez dejó que varios bebés de Rosemary se le colaran en la bañera templada de la tolerancia (para quien no haya visto la película de Polansky, le recuerdo que dicho bebé es engendro del diablo, nada menos). Así se introdujeron prácticas anti-democráticas en las organizaciones de representación, se hizo vista gorda o se fue ingenuo con el fraude y el engaño, se dejó que creencias obsoletas y discriminatorias empezaran a extenderse por las comunidades que se pretendía ayudar, como una religiosidad medieval que despreciaba a la misma sociedad de acogida y se olvidó que dichas comunidades son más complejas que las categorías que pretendían subsumirlas, y sus lealtades culturales más intrincadas (piénsese en la diferencia entre un marroquí universitario crecido en Rabat y un marroquí inmigrante de los sesenta nacido en el Atlas, analfabeto y de lengua bereber: hay más en común entre el universitario y el que habla, que entre el mismo y su compatriota del Atlas, de eso se puede estar seguro. Pero ambos pertenecemos a categorías distintas).

La nueva derecha discriminatoria, por otro lado, jamás necesito de matices, por lo que las categorías de clasificación le venían de una larga práctica cognitiva y política que sólo debía esperar su momento más favorable de aparición, que le llegó con el desprestigio de los partidos tradicionales, la globalización, la cada vez mayor presencia de los inmigrantes en la vida nacional y la difusión del terrorismo (además de otros factores que la sociología y la política han de especificar mejor que yo). Fortuyn, el asesinado político, pudo llegar a ser primer ministro, y ahora el susodicho Wilders tiene a los otros partidos de la coalición agarrados del cogote. Y el enemigo es el mismo pilar que tanto quisieron fortalecer los anteriores gobiernos, el así llamado pilar islámico, ahora en proceso de derrumbamiento o, al menos, de redefinición. Pero para salvarlo o derrumbarlo, se le sigue simplificando, se le sigue considerando real, aprehensible, hecho de una pieza. Lo cual es falso. Pero la falsedad jamás ha impedido que los seres humanos creamos en algo, y menos aún cuando en lo falso hay algo de cierto, como el hecho de que haya habitantes que se consideran musulmanes en tierras europeas, de que haya cierto sentido de comunidad entre ellos, de que los hechos que afectan a otros musulmanes en otras partes del planeta les afectan de uno u otro modo, como que algunos de ellos, una minoría entre las minorías, se dedican a conspirar contra el perverso occidente y hasta a poner bombas. Pero aunque pueda creerse en lo falso, jamás ha sido una buena manera de encontrar solución a nada, al contrario, el reconocimiento de la complejidad de lo aparentemente simple ha sido y sigue siendo un requisito del avance del conocimiento, si bien el reflejo unificador también lo sea, pero mientras dé cuenta de la mayor cantidad de hechos verificables posibles. Y no hay nada de verificable en aseveraciones que pretenden la existencia de una comunidad islámica uniforme en Europa, bien sea para integrarla, fortalecerla o subsidiarla, o para despreciarla y acusarla de la causa de los males de la actualidad. Pero reconocer la complejidad cuesta, por supuesto, y la mente humana es, en general, bastante ociosa. Y las plumas no sólo nos las ponen en la cabeza, sino que se las pone uno mismo, y quitárselas depende tanto de los étnicos como de los otros. Proceso que, creo que para bien, ya ha comenzado.