El pertinaz fraccionamiento de la izquierda

 Jon Salaberría

Estamos ya, sin duda, en el inicio de la periódica espiral de elecciones que anima nuestro proceso democrático, al punto de convertirse, desdichadamente, en la casi exclusiva clave de arco del mismo. Desdichadamente, porque prácticamente centramos la atención en ese momento trascendental y casi mágico del mismo dejando de lado muchos de los potenciales mecanismos de participación que valdrían para la recuperación de la confianza ciudadana en las bondades de la política (la política con mayúsculas que dice,  como quien recita un mantra, mi secretario de organización local) y del sistema en sí, que corre un grave peligro que no acertamos a percibir en su medida real. 

La primera etapa de este tour que debería ser ilusionante está a pocos meses vista: las Elecciones al Parlamento Europeo. Unos comicios que, incluso en tiempos de alto nivel de confianza en la cosa política, tienen unas características especiales que relativizan la importancia de los resultados que arrojen las urnas. La ausencia de un sentimiento europeo identitario, la lejanía que con la que el cuerpo electoral percibe a las instituciones comunitarias, y la composición de las listas electorales (normalmente retiro dorado de dirigentes que están de vuelta o, en su defecto, acomodo idóneo de díscolos, de incómodos o del verso suelto de turno, para alejar así hasta el centro de Europa los problemas de la propia casa) son motivos que justifican los altos índices de abstención en este tipo de convocatoria. La circunscripción única permite óptimos niveles de representación a formaciones minoritarias, a terceros en discordia, a alianzas ad hoc de fuerzas centrífugas o, incluso, al outsider de turno. De ahí que, con excepciones, las Europeas no han marcado grandes diferencias entre las dos grandes formaciones (hasta ahora), Partido Popular y Partido Socialista, aunque sí tendencias. Una victoria discreta en Europeas ha sido, a veces, la antesala de una victoria abrumadora en Generales (como ocurrió en 2000). Una victoria con autoridad en las Generales (como ocurrió en 2004) ha sido precedentes de una victoria pírrica en Europa.

A 2014 llegamos con un doble interés. Uno, muy mermado, el de la ciudadanía; otro, muy vívido, el de las gentes que se dedican a la opinión publicada y al análisis político: estamos ante la primera gran oportunidad de comprobar el efecto que la situación política tendrá a efectos demoscópicos desde 2012, como gran campo de prueba ante la avalancha de 2015, año en que prácticamente todo el impresionante poder institucional acaparado por el Partido Popular en el año de la victoria de 2011 estará ante la tesitura de su derrumbe, de su consolidación o de una combinación de resultados que permita salvar los muebles. Este 2014 pondrá a prueba la virtualidad práctica que el proceso interno de los socialistas, que comenzó en enero de 2012 y que se concretaba en la Conferencia Política de 2013, tendrá de cara a la articulación (o no) del gran proyecto socialdemócrata que Alfredo Pérez Rubalcaba ofreció en el 38 Congreso como solución al derribo que comenzó en el mayo negro de 2010. Y pondrá a prueba la capacidad de romper techos de las terceras opciones: UPyD, esa rara avis del mundo político, proyecto personalísimo por más conocida identidad, e IU como pujante y redivivo movimiento político de la izquierda plural que sueña con recoger en España un resultado y una posición similar a Syriza, sobre los escombros del socialismo en declive. Pero el 2014 europeo pondrá sobre el tapete la oportunidad para esos outsiders de los que hablaba, esas iniciativas atípicas que encuentran en estas elecciones su caldo de cultivo ideal.

Y es, precisamente, en el campo de la izquierda política, en la que los acontecimientos más recientes indican la posibilidad de sorpresas fuera de las ofertas políticas, digamos, convencionales. En el ámbito de la derecha política, Vox, la plataforma política surgida con el auspicio doctrinal de la Fundación DENAES y que agrupará a personalidades críticas que tuvieron papel protagonista en los tiempos de la rebelión cívica, tendrá cumplida ocasión de medir la potencialidad de la apuesta política de cara a futuras contiendas, si bien, paradojas de la historia política reciente, lo hace en momentos en los que el PP, su matriz, ejerce las políticas sociales y económicas más involucionistas de toda la etapa democrática. Con esta incógnita, y la de conocer si la extrema derecha nominal será capaz de armar una oferta electoral con visos de éxito (algo que no ocurre desde 1979), el campo de juego electoral va a estar en el ámbito del centro-izquierda y de la izquierda de nuestro país.

Ha bastado una semana para que, de los rumores, se pase a la efectiva ruptura de la tranquilidad  del binomio PSOE-IU, considerados como agentes políticos y electorales en el ámbito de la izquierda. Y que se pase  a la zozobra de algunos cuadros dirigentes, especialmente de la federación que lidera Cayo Lara. La iniciativa Podemos, encabezada como movimiento informal por el profesor, contertulio y presentador de La Tuerka, Pablo Iglesias Turrión (Madrid, 1978), con la finalidad de configurar una candidatura a las Elecciones Europeas, ha sido apoyada, a través de perfiles en las redes sociales y de la web abierta al efecto, por más de 60.000 personas en un margen escaso de cuatro días, después de haber sido presentada como envite a una Izquierda Unida que ha pasado, en horas, de recibirla con expectante tranquilidad y talante de diálogo, a un aparente e indirecto alejamiento de cualquier atisbo de acuerdo, principalmente a través de la negativa del coordinador general, Cayo Lara, de la principal vía instrumental de construcción de una candidatura unida desde la izquierda alternativa sugerida por Iglesias: las primarias abiertas. La oferta del mediático profesor Iglesias pasa por un intento de articulación política de las diferentes fuerzas de la sociedad civil que protagonizan en las calles la protesta, así como de los elementos individuales y colectivos del inorgánico y nebuloso espíritu de la primavera de 2011, el 15-M. Obviamente, el llamamiento a Izquierda Unida desde la primera hora es una inteligente estrategia de quien más allá del espíritu crítico y la contundencia en la palabra, no tiene un armazón político eficaz para afrontar el reto electoral. Pero igualmente loable es la cautela de la organización de Cayo Lara, que no puede supeditar el trabajo orgánico, programático e, incluso, los resultados de la tarea de gobierno en las instituciones en las que ha asumido tales responsabilidades, a una iniciativa personal teñida de mesianismo y oportunismo. Similar en providencialismo al foro Somos Mayoría de Julio Anguita (también interpelado por la iniciativa, a la que no dará adhesión). Sinceramente, la generalidad de las apelaciones doctrinales de Iglesias, democracia y derechos humanos, y la postergación de la tarea de establecer contenidos programáticos a un momento posterior son una carta de presentación endeble, aunque la abrumadora cifra de apoyos en web y lo ingenioso de los eslóganes puedan indicar otra cosa. Es, estoy convencido de ello, 15-M en estado puro.

Si de la evolución política actual se deriva la aparición de sujetos políticos atípicos, que también tendrán un rol importante en la contienda de primavera (como C’s en su configuración estatal como Movimiento Ciudadano y como UPyD), bien es verdad que sorprende también el afloramiento de iniciativas de incierto éxito en el ámbito exclusivo de la izquierda. Sin duda, no deja de causar cierta sorpresa que la iniciativa Podemos surja en un momento de crecimiento en las posibilidades demoscópicas de IU (que ha llegado a soñar con el sorpasso y que lo rozará a buen seguro en algunos ámbitos territoriales en 2015), como extraña también la actitud abiertamente hostil frente al socialismo democrático de los impulsores de esta iniciativa, y su apelación a la lucha contra el bipartidismo (sic), en términos mucho más duros que los usados por los de Cayo Lara. Augusto Kalppenbach, pensador abiertamente crítico con la socialdemocracia y sus errores, no deja pasar sin embargo la ocasión de señalar que “no puede descalificarse en bloque a un partido, el PSOE, al que han votado en 2011 más de siete millones de personas, aunque sus dirigentes hayan hecho y hagan ímprobos esfuerzos por perder apoyo popular; no se puede obviar que sus votantes quieren un modelo social de Estado, una sanidad y una educación públicas, una visión laica de la vida civil lejos de las presiones de la Iglesia y una limitación al poder de los estamentos financieros”. Como el mismo Kalppenbach señala, si bien el PP (por lo menos hasta ahora) ha sabido aglutinar en sus filas desde sectores moderados, liberales y democristianos, hasta abiertos defensores del franquismo, la izquierda española sigue enfrascada en la misma guerra cainita de siempre sin la posibilidad, siquiera, de un acuerdo de mínimos. Trágica paradoja, cuando los derechos por los que luchan en las calles gentes que forman parte de esos colectivos nebulosos fueron impulsados (con alto nivel de consenso entre la mayoría social progresista) gracias al posibilismo de gobiernos socialistas.

Izquierda Unida, simultáneamente a la negativa de Lara a las primarias abiertas, se lanza a una campaña de captación de afiliados/as. Parece claro el intento de soslayar el golpe que puede suponer la definitiva concreción de la candidatura de Podemos y la nueva negativa de los ecosocialistas de Equo a participar en procesos de convergencia auspiciados bajo el paraguas de Izquierda Unida. Mientras, el Partido Socialista materializa por fin el mecanismo de las primarias abiertas (inicial, sin duda defectuoso, pero por fin motivador), mecanismo que puede significar un antes y un después en la apertura del Partido a esa sociedad siempre expectante. Proceso democrático de primarias aprobado este pasado fin de semana por un Comité Federal que empieza a dejar de lado la atonía, y del que se ha hablado en Debate Callejero largo y tendido. Señales éstas de actividad en las dos formaciones que, en lo negativo, dejan bien a las claras que seguimos lejos de la posibilidad de convergencia por la que han trabajado colectivos como Convocatoria Cívica y Espacio Abierto. Todo indica que hasta cinco propuestas políticas con posibilidades representativas acudirán a las urnas desde la izquierda, perdiendo la oportunidad de cohesionar una alternativa visible a las políticas sociópatas del Partido Popular. 

Urge, usando el punto de partida de la cita electoral en ciernes, la construcción, mínima, de un espíritu de consenso en torno a la recuperación de derechos individuales y colectivos cercenados, así como a la elaboración de una propuesta de salida social para la crisis. En ello deberían estar las grandes formaciones de la izquierda y centro-izquierda, desoyendo cantos de sirena de poca entidad y afán fraccionador. Huyendo de iniciativas personalistas que tendrán un recorrido efímero. Es la hora del pragmatismo y de las soluciones.