El personaje, la obra y la platea

Senyor_J

Hemos de sentirnos felices por el hecho de que la política se haya convertido en un espacio menos cerrado sobre sí mismo, donde no solo medran elementos seleccionados endogámicamente entre los partidos tradicionales. Hoy en día también tienen cabida nuevos partidos, otros no tan nuevos que ven ensanchado su espacio natural y otros tipos de referentes, personas cuya actividad pública les hace merecedores de sentarse en un escaño. El político, en tanto que profesional de la política, cotiza a la baja ante la opinión pública, y la llegada de nuevos activos que ayuden a ventilar la casa o de personajes de reconocido prestigio profesional, hacen más creíbles y más votables las candidaturas de los partidos.

Estas necesidades conviven, además, con la época de la política de diseño, en donde la espontaneidad del político en tanto que actor público ha dejado paso al discurso elaborado por los expertos en argumentario y relato, es decir, aquellos que por un lado elaboran el producto político y los que por el otro explican cómo hay que presentarlo para que se venda bien. De cómo esta tendencia tiene una utilidad discutible para obtener buenos resultados electorales o de cómo ello contribuye a menudo a alejar aun más a la política de las necesidades de la gente, no vamos a hablar aquí. Hoy toca hablar de nuevo del Procés.

Pues sí, porque estos últimos días el llamado Procés ha pegado un nuevo tropezón, a través de uno de los muchos buques-insignia con los que cuenta la armada catalana para conseguir la independencia de la colonia. En opinión de sesudos articulistas, la historia del Procés se aproxima a su final este mismo año, con la convocatoria de algún tipo de consulta unilateral, la aprobación de las leyes de desconexión y la suspensión de todo eso por parte del Tribunal Constitucional . El sí de la CUP a los presupuestos ha dejado el caso visto para sentencia en un horizonte comprendido entre mayo y septiembre, cuando parece que se volverá a poner en marcha la convocatoria de un referéndum en modo simulación. Pero en medio de ese clímax, llegó el escándalo, y ese escándalo tiene un nombre propio: Santi Vidal, de profesión juez y de cargo, senador por Barcelona.

Nuestro inefable juez es la expresión perfecta del ensamblaje que forman en Cataluña las dinámicas mencionadas en párrafos anteriores y los efectos enajenadores del Procés. Una combinación que conduce a que personajes tan esperpénticos como este acaben haciendo política. La lista de personalidades delirantes asociadas al Procés o al independentismo que han gozado de reconocimiento en tiempos recientes con el premio de la representación institucional es destacable: no olvidemos que en los escaños del Parlament se han sentado seres tan estrafalarios como Joan Laporta y Alfons López Tena, y que en el Parlament actual puedes encontrarte desde veteranos cantautores hasta presidentas de la cámara más que peculiares. Como es ampliamente conocido, las palabras del célebre juez y senador Santi Vidal sobre los preparativos del nuevo estado han armado un considerable revuelo. ¿Pero quién es Santi Vidal? ¿De dónde viene?

Santi Vidal es un veterano juez un tanto heterodoxo, que un buen día se juntó con unos amigos y decidió que había llegado el momento de redactar una Constitución catalana. Esta fue presentada en sociedad a principios de 2015. El hecho tuvo una acogida mediática descomunal, pues así le debió interesar a alguien, y venía como anillo al dedo lanzarla tan solo unos meses después de la mítica consulta del 9N, es decir, aquella consulta histórica que abría las puertas del Paraiso pero que no debió ser tan rotunda si dos años y medio después hay que celebrar otra en un sentido parecido.

Algunos rasgos de la mal llamada Constitución denotaban con claridad el carácter megalómano y excéntrico de su principal promotor. Muestra de ello eran la prohibición constitucional de las mayorías absolutas, la designación de la comarca como circunscripción electoral, la visión pancatalanista de una nacionalidad que se hacía extensiva a personas de cualquier ámbito dels Països Catalans o la falta de compromiso con derechos básicos como la sanidad pública. Pero es esencialmente el fondo de la cuestión, es decir, la pretensión decimonónica de encerrarse a escribir una constitución como si de una carta otorgada se tratase, lo que tendría que haber generado el máximo estupor. No fue así: los fans del processisme aplaudieron la iniciativa, los responsables institucionales acogieron la propuesta y los medios catalánicos se pusieron a sus pies. Es pues comprensible que el superconseller superconvergent de Justícia, Germà Gordó, lo premiase con un cargo de asesor en la conselleria por la módica cifra de casi 8.000 euros mensuales, mientras la justicia española procedía a inhabilitar al extraordinario juez.

La excentricidad, no obstante, es un rasgo incomodo para la relaciones sociales y mucho más para las relaciones políticas. Y si el excéntrico se cree el padre de la futura constitución catalana, es natural que también piense que se lo merece todo y que su único límite es el cielo, por lo que a su vez también es normal que ello genere a no mucho tardar un choque con los capitostes de un partido como la extinta convergencia. Y es por eso que a Santi le tocó buscarse la vida política en otra parte. En ERC vieron que podía ser un personaje lo bastante conocido como para ser elegido como cuarto senador por Barcelona tras los de En Comú Podem y es por eso que en el senado ha pasado las dos últimas legislaturas, donde como tampoco hay mucho trabajo o resulta poco fascinante, se ha dedicado más a dar conferencias y charlas varias.

¿Y qué es lo que ha contado Santi en sus conferencias? Pues cosas como que el Govern está pirateando los datos fiscales de los catalanes contra lo previsto por la legislación de protección de datos. Que ya se dispone de una lista concreta de jueces fieles e infieles para el día después. Que en los presupuestos hay partidas camufladas para pagar el referéndum. Que ya han diseñado un nuevo sistema judicial para este año, con el doble de jueces y fiscales que han habido hasta ahora. Que tiene la certeza que once estados van a reconocer a Cataluña al día siguiente del referéndum. Que un Estado de nombre desconocido y origen no europeo ya tiene a punto la financiación para el nuevo estado catalánico. Que dos fondos de inversión internacionales tienen a punto una línea de crédito para pagar las pensiones catalanas si fuera necesario. Que llegado el momento la Generalitat asumirá de oficio la recaudación de todos los impuestos, mediante una fabulosa ley. Que los patriotas no tienen de qué preocuparse, porque el nuevo Tribunal Supremo de la República Catalana archivará todas las causas del 9N. Que o pacta España con nosotros o lo que quede de España se tiene que tragar el 100% de la deuda pública acumulada. Que solo el catalán será lengua oficial y que solo lo inmigrantes que no hayan vivido la normalización lingüística recibirán discriminación positiva. Que a falta de ejército, darán mucha pasta a los Mossos para que luchen contra el terrorismo y monten un servicio de inteligencia…

Todo esto y algo más es lo que ha trascendido de los mensajes emitidos por el juez y senador, una mezcla de ilegalidades, falsas promesas, fantasías e incluso ideas propias de teorías de la conspiración. La cosa es lo bastante gorda como para que la fiscalía se haya visto en la obligación de abrir diligencias y no han tardado nada en salir a la palestra diferentes voces para desmentir al juez, por mucho que la mayor parte de estas afirmaciones llevan meses o años escritas en documentos o en boca de tertulianos y activistas de diversa índole.

Asegura el periodista Guillem Martínez que el Procés tiene un problema con la confusión entre las posibilidades de la comunicación y la legalidad. Los actores del Procés pueden interpretar cualquier papel y explicar cualquier relato a la platea pero las decisiones tienen consecuencias legales, que derivan en responsabilidades penales. Para los que defienden la premisa de que el Procés no ha sido, ni es, ni será nada más que un pufo para cabalgar electoralmente, el choque con la legalidad y las consecuencias que de aquella se deriven representará el punto final del camino y obligará a salvar los muebles como se pueda. Pero frente a esta interpretación, no exenta de realismo, cabe oponer la siguiente inquietud: con toda una generación de políticos y una red de partidos que han puesto su destino en manos del Procés, ¿seguro que no existe ninguna posibilidad de que los numerosos santis vidales que orbitan alrededor de la cosa esta opten por intentar romper el muro y que sus soluciones esotéricas se pongan en práctica, así como sus imprevisibles consecuencias?

En los tiempos que corren siempre es prematuro descartar cualquier hipótesis.