El perdón, la cerrazón y la ilusión indispensable

LBNL

El video de algunos militantes del PSOE pidiendo perdón por los errores del último Gobierno socialista sigue dando que hablar. Es indudable que la autocrítica es sana, siempre, también en política. Es más dudoso, en cambio, que el concepto de pedir disculpas sea idóneo en el ámbito político en el que parece más apropiado, por ejemplo, reconocer errores, incluso a sabiendas de que tal reconocimiento será antes utilizado como arma arrojadiza por los adversarios que merecedor de halago.

Lo cierto es que está instalada en la opinión pública la percepción de que la segunda legislatura de Zapatero fue un desastre. Las razones de tal consenso son variadas. La crisis es una de las principales, incluida la tardanza en reconocerla como tal y la forma en la que fue gestionada. Zapatero hizo bandera de no permitir que fueran los menos favorecidos económicamente los que pagaran por el estropicio causado por los especuladores, entidades financieras y supervisores negligentes.

Sin embargo, en mayo de 2010 no pudo mantener su compromiso y cedió a la política de austeridad impuesta desde las instancias internacionales. Estoy completamente seguro de que Zapatero tenía muy pocas alternativas y, seguramente, todas ellas peores, incluida la dimisión, que algunos consideraron que habría sido la más correcta. Seguramente habría sido la opción más digna, pero no la mejor para el conjunto de la ciudadanía, que se habría visto sometida a una presión financiera todavía más atroz.

Zapatero se comprometió a hacer todo lo necesario para evitar un rescate que acabara con nuestra soberanía económica, incluso al precio de inmolarse políticamente. Cumplió en ambos sentidos: evitó el rescate y su popularidad cayó en picado, sin que se haya recuperado todavía, incluso entre la militancia del PSOE. En este sentido, fracasó a la hora de articular una narrativa que convenciera a la opinión pública de que no había una alternativa menos mala y de que sus decisiones eran infinitamente menos dañinas que las que habría tomado y tomaría después un gobierno menos socialdemócrata.

La popularidad de Zapatero importa poco ahora, incluido a él mismo, ajeno a tentaciones de seguir interviniendo en la política activa desde atalayas internacionales como hacía Aznar; de hecho ni siquiera lo está haciendo en el seno del PSOE. Pero sí es relevante que los militantes y simpatizantes socialistas hayan sucumbido al discurso catastrofista imperante. De una parte, es radicalmente falso que la crisis que padecemos y los recortes que día a día van cercenando nuestro ya añorado Estado del bienestar sean consecuencia de la mala gestión del anterior gobierno. De otra, el balance de los ocho años de gobierno socialista no es enteramente negativo, antes al contrario, incluso en el ámbito económico.

Todos sabemos cómo se gestó la crisis, quién se lucró durante el proceso y cómo estalló. A nivel internacional el detonante fue el fraude de las hipotecas sub prime en EEUU y la especulación desmesurada con productos financieros derivados. En España y otros países, la burbuja inmobiliaria y la explosión de deuda privada propiciada por tipos de interés anómalamente bajos para ayudar a Alemania a salir de la atonía económica de los primeros años 2000.

En nuestro caso, la burbuja empezó a gestarse a raíz de la ley del suelo aprobada por Aznar y Rato al alimón. A Zapatero cabe reprocharle no haber sido capaz de pincharla, pero no de crearla. Por otro lado, mientras el sector privado –empresas y particulares- se endeudaba a un nivel sin precedentes, el Gobierno aprovechó los años de bonanza para equilibrar las cuentas del Estado hasta alcanzar por primera vez superávit presupuestario y hacerlo mientras reducía la deuda pública del 47 al 36% del PIB y reforzaba sólidamente la caja de reserva de las pensiones. Sin todo ello, nuestra situación hoy sería infinitamente peor de lo que es.

En paralelo, Zapatero lideró una acción de gobierno que nos realineó con la legalidad internacional tanto en Irak como en Afganistán, legalizó la situación de casi 700.000 ciudadanos que contribuían a nuestro crecimiento económico desde la marginalidad, puso fin a las olas inmigratorias descontroladas, impulsó los derechos civiles (matrimonio homosexual), promovió la igualdad de género tanto a nivel público como privado, acabó policial y políticamente con ETA, redujo drásticamente la siniestralidad vial salvando la vida a decenas de miles de personas, acabó con el humo del tabaco en oficinas y lugares de ocio y estableció una ayuda esencial a decenas de miles de incapacitados para valerse por sí mismos (Ley de Dependencia).

Fui y soy el primero a la hora de criticar cómo se hicieron muchas cosas durante esos ocho años y especialmente sobre las deficiencias a la hora de comunicarlas, parte de la causa de que hoy apenas nadie cite todos los logros que acabo de enumerar. Y por supuesto, procede ser todavía más crítico con otras decisiones que no produjeron el efecto que se pretendía (como la reforma del Estatut) o directamente erradas.

Pero es de justicia, al menos para los militantes socialistas, considerar también los logros a la hora de hacer balance. En este sentido, el video hace un flaco favor a la recuperación del partido socialista como alternativa de gobierno, puesto que si bien el reconocimiento público de los errores puede tener un efecto positivo en la medida en la que consiga transmitir a la sociedad que hemos aprendido del pasado, es indispensable complementarlo con la generación de la ilusión de que, en parte por ello, vamos a ser capaces de hacerlo mejor, todavía mejor, en el futuro. El matiz es importante, a mi juicio, porque sin la parte positiva la autocrítica se queda en flagelo, que puede tranquilizar a algunas conciencias pero no conduce a ningún resultado político positivo.

Seguramente los militantes que realizaron el video habrían grabado un contenido diferente si el Gobierno Zapatero hubiera tenido éxito en comunicar por qué se vio obligado a dar un giro de 180 grados. Pero seguramente tampoco lo habrían grabado si los actuales dirigentes del PSOE hubieran sido capaces de articular un discurso coherente e ilusionante en el último año.

No ha sido así, con el agravante de que no hay tampoco logros que presentar para compensar. Ello es todavía más incomprensible atendiendo a la baja estatura política, moral y técnica del Presidente del Gobierno actual y su Gobierno. El escándalo de los EREs en Andalucía es de aupa, pero nada comparado con los procesos de financiación ilegal a los que está sometido el PP en la Comunidad Valenciana, Baleares y hasta en Madrid. Rajoy no sólo no ha conseguido arreglar la economía gobernando simplemente como dios manda, sino que ha incumplido todas y cada una de sus promesas y compromisos electorales, posponiendo presupuestos restrictivos y decisiones impopulares según sus intereses partidistas y haciendo exactamente todo aquello contra lo que antes despotricaban él y sus adláteres, incluida la excarcelación de un etarra en huelga de hambre. Su único discurso es que la herencia de Zapatero era mucho peor de lo esperado, pese a que en su momento la calificaban como la peor posible, y que por tanto no hay alternativa.

Frente a esta situación tan lamentable, Rubalcaba y su entorno de Ferraz da la impresión de comulgar con la explicación de que todo es culpa de la pésima gestión de Zapatero, con el agravante de que el Secretario General y sus cercanos serían entonces cómplices por sus altas responsabilidades durante aquellos años. Zapatero decidió inmolarse y por tanto se puede entender que no salgan en su defensa, pero lo que no cabe en ninguna cabeza bien amueblada es que renuncien a subrayar la parte positiva del balance, que es cuantiosa y muy valiosa, y de la que podrían presumir en la parte que les toca.

Las perspectivas para los próximos meses no son mejores. Una de las cosas que claramente debía haber funcionado mejor durante los ocho años de gobierno Zapatero es que el partido como tal debía haber sido más activo, conservando un margen de autonomía respecto del Gobierno. No fue así por muchas razones, incluida la tendencia al peloteo del jefe que nunca perdía una elección, la tiranía del omnipoderoso Pepe Blanco y también el modelo partidista de organización jerarquizada, inmovilista y reacia a las nuevas incorporaciones.

El último Congreso adoptó algunas decisiones al respecto, señaladamente la apertura a los simpatizantes de las elecciones primarias para la elección del próximo candidato a Presidente del Gobierno y la organización de varias conferencias políticas en las que debatir y fijar las reformas a realizar en la organización del partido y las posiciones sobre el modelo de estado y el programa económico. Antes que en combatir con intensidad urgente los desmanes del Gobierno, el aparato del partido parece decidido a tratar de desactivar lo decidido en el Congreso.

La cerrazón les lleva a tratar de postergar las primarias al máximo posible, a poder ser hasta después de las elecciones autonómicas de mayo de 2015, quizás con la esperanza de que un adelanto electoral de las generales de unos pocos meses, “obligue” a un sucedáneo como el de las primarias catalanas, en el que el aparato no pierda el control del proceso y pueda determinar su resultado. Es cierto que celebrar las primarias a finales del año que viene o a principios de 2014 conlleva el riesgo de que el o la elegida se queme. Pero también que incluso si fuera Rubalcaba el elegido, contaría con una representatividad mucho mayor, especialmente si el proceso se organiza de forma transparente e inclusiva, como hizo el Partido socialista francés y acaba de hacer el italiano, en el que, por cierto, el Secretario General optó por primarias abiertas pese a no estar obligado a hacerlo, obligación legal que sí tiene Ferraz.

La situación es todavía más desesperanzadora atendiendo a la determinación de Jauregui de concentrar todas las conferencias políticas en una sola, en la que unos pocos cientos de delegados, elegidos por los aparatos provinciales, introducirán algunas enmiendas a la ponencia que el propio Jauregui presentará. Con un diseño tan rígido y sumamente controlado desde arriba será mucho más difícil pergeñar un programa ilusionante y coherente en lo político y lo económico, por no hablar de lo orgánico, ámbito en el que no cabe esperar ningún cambio en absoluto.

Hasta Felipe González se muestra ahora partidario de las listas electorales abiertas. En cambio, Rubalcaba y sus huestes seguirán instalados en la cerrazón más total. ¿Qué sentido tiene tratar de mantener el control de una estructura al precio de que siga hundiéndose por falta de caras y discursos creíbles e ilusionantes?

Pues así estamos, el aparato cerrado a cal y canto a cualquier aportación no controlada, la militancia pidiendo perdón por los errores sin acordarse de los logros, los simpatizantes cada vez más alejados y la ilusión por los suelos. Y sin ella no llegaremos nunca a ninguna parte.