El pasado y sus peligros: ‘El bastardo de Estambul’ de Elif Shafak

Frans van den Broek 

De casualidad, el reciente anuncio de acercamientos diplomáticos entre Turquía y Armenia me encontró leyendo el libro de la escritora Turca Elif Shafak, “El bastardo de Estambul”. Casualidad feliz, por cierto, ya que este libro trata, entre otras cosas, de la cuestión del supuesto genocidio turco de los armenios durante la primera guerra mundial y su lugar en la conciencia nacional turca y en la diáspora armenia. No de manera directa, no obstante, pero sí a través de las vicisitudes de personajes pertenecientes a dos familias, una de origen turco, y otra de origen armenio. Los destinos de ambas se encuentran entrelazados a través de generaciones, y la confrontación con el pasado disloca la aparente estabilidad en la que han vivido desde aquellos hechos trágicos.

 La novela está construida de manera hábil y entretenida, alternando personajes de ambas familias y saltándose a ratos en el tiempo a fin de explicar los sucesos del presente. La familia turca está compuesta de mujeres a quienes o bien los hombres se les han muerto demasiado temprano o han abandonado en busca de una vida más auténtica. Los Kazanci sufren la maldición de la muerte de sus hombres, pero hay un hermano, en quien se concentraron todas las atenciones de los padres, que, sin embargo, ha emigrado a América para no volver jamás, salvo al final, cuando se resuelve la novela, veinte años después. La abuela, una hija, cuatro nietas y una bisnieta luchan como pueden para sobrevivir en un mundo favorable a los hombres. Destacan Zeliha y Asya, madre e hija (bisnieta de la matrona de la familia), por su carácter independiente y rebelde. Asya no sabe quién es su padre, pues su madre quedó embarazada a los 19 años, sin confesar jamás quién había sido corresponsable. Zeliha, de una belleza refulgente, siempre ha usado minifaldas, cosméticos, adornos de toda clase, y ahora regenta una tienda de tatuajes y tiene una relación extramarital con un escritor. Asya, de 19 años, cultiva un cinismo similar al de su madre, pero exacerbado por la conciencia de su falta de belleza, en comparación con su madre. Su inquietud vital le lleva a juntarse con miembros de la intelectualidad local, algunos en problemas con el gobierno por su actitud crítica, y tiene un affaire con uno de ellos, un hombre mucho mayor y casado. 

De pronto, la familia recibe la noticia de que un familiar político del hermano perdido en América, Armanoush Tkatchkmantian, va a venir a hospedarse con ellos por unos días, en busca de sus raíces. Armanosuh tiene 19 años también y quiere visitar la casa donde viviera su familia armenia antes de la expulsión por el gobierno de los jóvenes turcos. Armanoush es la hija del primer matrimonio de la actual esposa de Mustafa, el hermano emigrado de los Kazanci, con un armenio. Armanouhu le pide por ello a Mustafa le ponga en contacto con su familia de Estambul para realizar su viaje a los orígenes. Como toda armenia del exilio, Armanoush vive obsesionada por su relación con los turcos y Turquía. Visita páginas armenias de internet, donde chatea con otros americanos-armenios no menos obsesionados que ella, aunque quizá más radicales, y todo esto la lleva a querer ver por sus propios ojos la Turquía de la que tanto se habla en diatribas y de la que emigró su familia tanto tiempo atrás.

 La casa ya no existe, por supuesto, y la línea argumental deriva hacia la historia personal de Asya, pero este marco argumentativo le sirve a Shafak para plantear una serie de cuestiones culturales y políticas que todavía fracturan la sociedad turca de hoy en día, y para analizar de modo poético el efecto del pasado en la vida presente, y los peligros y liberaciones que conlleva el querer desenterrarlo u olvidarlo. El libro fue tan exitoso en este sentido, que hasta le supuso a la autora un juicio en Turquía, por haber ofendido a la nación turca, por el cual podría haber pasado hasta tres años en la cárcel. Felizmente no hubo sentencia desfavorable, pero este episodio es una indicación más, si no hubiera suficientes, de la extrema sensibilidad con que son recibidos en Turquía cualquier producto cultural o político que tan sólo insinúe la participación de Turquía en el atroz genocidio armenio. La familia de Armanoush, y la de los Kazanci también, han debido sufrir en carne propia los efectos devastadores que tuvieron las políticas de expulsión de los armenios, y la caída del imperio otomano después de la primera guerra mundial. Shafak plantea estos temas con compasión y equilibrio, sin que sesgos ideológicos estorben el decurso natural de la trama, que, a fin de cuentas, es un drama familiar. Y lo hace con el debido humor, lo que aligera la pesadez de la temática escogida. Una temática que incluye no sólo al genocidio, sino a la difícil relación que tiene el estado secular turco con el Islam más tradicional, a la inevitable tensión interna de una sociedad escindida entre la modernidad y la tradición.

 Shafak vive en realidad en América, donde es profesora en la universidad, y este libro fue escrito en inglés en primera instancia. Es actualmente una de las escritoras más vendidas en Turquía, lo que demuestra no sólo su capacidad como novelista, sino el interés que existe en su país de origen por los temas que aparecen en sus novelas, desde la memoria histórica hasta el islam o el sufismo. La novela de Shafak, cuya trama evito revelar para beneficio de posibles lectores, parece sugerir que si bien la confrontación con el pasado es necesaria –al menos, en determinados casos-, debe tener lugar en condiciones que minimicen sus posibles consecuencias deletéreas. Algunos de sus personajes experimentan, por ello, una sensación de liberación; para otros, por el contrario, se trata de una experiencia devastadora.

 En el plano psicológico, le debemos al psicoanálisis la propalación de la idea de que la confrontación con el pasado, por más desagradable que sea, tiene efectos terapéuticos. En muchos casos, se afirmó, sólo esta confrontación podía curar al paciente. Pero la psicología, por suerte, ha dejado atrás buena parte de los dogmas más inflexibles de la secta psicoanalítica, y ha comprendido que esta aseveración no es siempre cierta. En realidad, en muchos casos ocurre precisamente lo opuesto. Hacer revivir a un paciente, o a una persona normal, para tal caso, experiencias negativas de un contenido emocional intenso puede antes que curar, enfermar a la persona que se somete a esta reminiscencia. En no pocos casos, la insistencia de los especialistas en hacer volver al paciente a momentos que mejor era olvidar a toda costa, sólo sirvió para desencadenar una psicosis o el completo colapso anímico del mismo. No cabe duda que para algunos, confrontar el pasado y analizarlo ha sido beneficioso y continúa siéndolo. No se debe olvidar, no obstante, que parte del efecto terapéutico procede de la reinterpretación cognitiva de los hechos vividos, desposeyéndolos de este modo de su poder pernicioso, como cuando se procura eliminar la sensación de culpa de quien ha vivido agobiado por su presencia tras algún evento del que se considera culpable. La curación la efectúa el cambio presente del marco interpretativo, no la simple evocación de un pasado que ha sido hiriente o traumático.

 De la misma manera en que una terapia debe tener lugar en condiciones específicas y controladas, toda apelación a la memoria histórica requiere la creación de condiciones en que dicha reinterpretación pueda ejercer un efecto beneficioso, o por lo menos, no tan negativo. Esta es la razón de la creación de comisiones de la verdad, en las que se toma en cuenta tanto la necesidad de justicia como la reconciliación de un país fracturado por la historia. Puede sonar cursi repetirlo, pero una de sus características más resaltantes es la vocación de perdón que las ha animado allí donde han podido servir para la reconstrucción de una comunidad traumatizada. Esto no es nada fácil, por supuesto, y no siempre es posible. Por ello, a la vocación de perdón se le debe aunar una vocación de realismo pragmático que tenga en cuenta las realidades de facto antes que los deseos muchas veces encontrados de los participantes comunitarios en dichos procesos. Por ejemplo, esperar del gobierno turco que de pronto reconozca haber cometido un genocidio con el pueblo armenio en 1915 es no sólo ingenuo, sino contraproducente. El pueblo turco ha sido educado desde la llegada de Mustafa Kemal en un nacionalismo exacerbado que más de una vez ha dado muestras de poder degenerar en violencia e irracionalidad. En ello no son distintos de cualquier comunidad presa de la pasión nacionalista. A la vez, existen sectores sociales en Turquía dispuestos a una reevaluación honesta del pasado, pero que todavía son marginales y en peligro de pagar con su vida cualquier exceso de franqueza moral. La novela hace también palpable la manera en que el propio pueblo armenio del exilio (más preocupado por esta cuestión que el mismo pueblo del país armenio) se ha dejado atrapar por una dinámica victimista y revanchista que poco podrá ayudarle a conseguir el reconocimiento que merece. Shafak se mantiene siempre cerca de la conciencia de sus personajes, y es a través de ella que la historia se manifiesta de manera más intensa. Los grandes hechos históricos no desmerecen su atención, pero una obra de ficción no puede degenerar en panfleto o ensayo, y en este sentido es una obra bien lograda. Tanto su persona como su obra representan lo más esperanzador del estamento intelectual turco, y patentizan la manera en que Turquía está sujeta a un proceso de cambio que, me parece, la llevará a adoptar la modernidad democrática más plenamente y quizá a unirse a la Unión Europea. Este proceso no será fácil, ni ocurrirá por virtud de cambios meramente legales. Que haya habido un pequeño acercamiento diplomático es esperanzador, sin duda, y que obras como la de Shafak alcancen tal popularidad en su país también. Esperemos que haya mucho más de lo uno y de lo otro en el futuro reciente.