El oficinista: reformas comunitarias

Senyor_G.

Cruz no le acababa de ver la gracia a la alegría alborotada de El Oficinista, al fin y al cabo era una foto sin mucho estilo del edificio de la vieja comunidad del piso de soltero de él. La fachada era sólo de 2 colores en dos variantes de marrón, quizás color tierra, quizás rojo oscuro. Una fachada modesta, ni colores actuales, ni escenas mitológicas que quisiesen explicar algo del pasado al presente, ni siquiera relieves de flores o animales. Simplemente una fachada más de un edificio más de aquellos barrios que daban cobijo a gente cada vez más diversa y que envejecían a forma acompasada a sus inquilinos, hasta que estos huían de una forma o de otra o simplemente se resignaban a hacer juego con las fachadas, menos los domingos por las mañanas que en el que barrio lucía como si aún fuese el gran día que fué, el del descanso que alegraba almas y cuerpos.Podía reconocer que no era un simple cambio cosmético, sino que también se mejoraban otras partes del edificio aunque aún quedaban cambios por hacer que podrían llevar algunos años más. Hacía tiempo que no había estado dentro del piso, ni dentro de aquella habitación, ni dentro de aquella cama de la que recordaba el frío pero poco, el que duraba hasta que se abandonaba a la calidad intimidad, y las alegrías que la acompañaban, mucho más desenfadadas que todo aquello de las fachadas, los bajantes y otras instalaciones. Le quedaba mucho al edificio para que cualquiera se sintiese orgulloso de él.

El Oficinista, miraba el estado de cuentas de la comunidad en el móvil después de compartir alguna de la fotos de la empresa de reformas. Aquella historia aunque no definitiva parecía que acaba bien, por lo menos esta temporada. Se había convertido en el tesorero casi perpetuo y miembro de la junta de obras y si pensaba en hacía quizás 8 años aquello era inimaginable. Un éxito, modesto, pero un éxito. De cuando los problemas del edificio eran evidentes pero no todo los propietarios pagaban. Allí empezaron las gestiones, aburridas, a veces burdas, de poco a poco, de buscar papeles, de reclamar deudas, de aguantarse con alguna cosa que no se podía corregir por falta de presupuesto. De excusas, de choques, de aguantarse, y de poco a poco ir solucionando porque sólo estaba la vía del acuerdo en solucionarlo. En lo que hubiesen sido 2 legislaturas, parecía que se podría pasar la inspección al edificio, que cualquiera podía pensar que era un mero sacadineros, pero él tenía claro que sin ella el edificio estaría sin adecuar todavía.

Sería fácil desmontar su alegría, euforia no sería lo que sentía, era una sensación mucho más tranquila, de haber hecho lo que tocaba aunque cualquiera podía echar en cara todo lo que faltaba por hacer todavía a lo hecho. Que si la instalación eléctrica colgaba de un hilo literalmente, que si pintar la escalera, que si poner todas luces iguales en la plantas, pero él, y el resto de propietarios e incluso la mayoría de inquilinos tenían claro lo hecho, y lo que representaba en el día a día e incluso en coger el sueño por las noches. En algún momento había tenido que aguantar a un propietario tribunero alejado del día a día, que le había tomado por el jefe de una gestoría y que le venía con discursos grandilocuentes de lo que había que hacer. Ya apechugan los otros, él y el resto de la junta de obras, con llamar a aquel responsable de obra o al ayuntamiento o cualquier otra gestión que no da para grandes discursos. Pero hasta éste parecía entrar en el acuerdo.

Sí, es posible que ahora todo la ciudad le recordase durante años si el edificio hubiese sido presa de una razonable locura destructiva. De haber dicho hasta aquí y haber acercado una cerilla a alguna fuga del gas. Se podían haber empezado las obras por ahí, épico y memorable hubiese sido y habría quedado un solar para volver a construir algo nuevo, pero que posiblemente sólo se viese en la mayoría de edad de sus hijas junto al recorte o el vídeo de su padre en los medios en medio de un gran lío.

O simplemente se podía haber dejado demoler como el piso de la calle de enfrente, esperando a hacerlo todo antes de frenar la decadencia final.

Incluso El Oficinista pensaba en esas cosas de acabar con todo dando fuego. Incluso Cruz Guardiño pensaba en que el domingo sería un gran día para ver la luz del barrio reflejada en la fachada e incluso en tentarse uno al otro sí lo que se trataba era de vivir más cálida y constructivamente: de reforma en reforma manteniendo en pie lo construido.

 

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