El oficinista: de Londres a Sants. (3/3)

Senyor_G

Los 2. Futuro del presente.

Otro cumpleaños infantil más, no recuerda El Oficinista haber asistido a ningún cumpleaños de los compañeros de colegio cuando era pequeño, ni del momento exacto en que dejó de ser pequeño, ni de cuándo empezó a ver menos a sus primos, los únicos con los que recuerda haber compartido algún cumpleaños. La que no parece conforme con esos viajes de ida sin vuelta de la propia infancia es la señora que debe llevar hablando al menos media hora encima del balancín en forma más que de caballito, de auténtico poni. Señora, y madre de alguna de las niñas amigas de uno de los 2 hermanos que celebran el cumpleaños.

Cree recordar a Carles Flavià que sólo los feos, y también las feas, llegaban al principio a las fiestas, que lo mejor es llegar más tarde. Incluso si es a una gestión donde haya funcionarios, lo mejor es  llegar justo antes de cerrar. Pero El Oficinista ha traído sus 2 hijos para que puedan disfrutar más rato de la compañía y el juego con los compañeros de colegio y además aprovechar que justo los otros 2 hermanos eran de la misma edad. En el rato que llevan ha hablado con un suegro de la madre, a la que tiene más vista en el colegio que al padre, que rara vez viene, y poco más padres han llegado. Padres en genérico, porque más allá del de los homenajeados, las que han llegado son 4 madres. Antes de asumir que lo mejor que puede hacer es incorporarse al corro de madres y ser una más, ha podido dar un garbeo por la sala. Billar, futbolín, el poni escala uno a uno de juguete, la mujer de encima, se supone que viene de su propia casa, un pequeño teatro con karaoke, televisión, consola de videojuegos o cómo se llame ahora a los marcianitos para la tele y el imprescindible castillo de bolas infantil. Infantil por el tamaño que tiene, pero en que no duda que por lo menos una vez irían tanto la señora del poni como él mismo.

La madre que está encima del poni sigue hablando, él está allí con las otras madres mientras el padre y la madre de los del cumpleaños van trajinando desde la cocina todo tipo de chucherías, churrerías y bebidas azucaradas naturales o no que jalean los abuelos. Alguna cerveza hay allí en entre las manos y las bocas de las madres y de alguno de los padres. Él se decanta por la coca-cola y las patatas, es su poni escala uno a uno, para el modesto crío que fue El Oficinista la fiesta es la coca-cola y las chips que llaman ahora, fuera de esos días especiales no probaba la coca-cola. ¿Pero mientras ellos están en aquella mini-fiesta adulta de revisión de la propia infancia y de descanso de la responsabilidad familiar que hacen los niños?

Pues el pequeño, su pequeño, parece que está llorando de rabia dentro del castillo de bolas, otros niños le están incordiando. Por lo menos en lo que él considera un incordio, y los otros lo saben porque además el suyo se lo toma a pecho. ¿Pero cómo resolver aquello? Pues siguiendo el espíritu del día de la no-violencia o no sabe qué conceptos del pacifismo y la convivencia que parece que se pretende inculcar en el mismo colegio de varios de los que están por allí lo saca del castillo-prisión evitando la lucha. Juegan un rato al futbolín juntos, por alejarlo de aquellos 3 niños asalvajados, otros niños más civilizados en aquel momento, la civilización humana de cualquier grupo va a ratos, se van añadiendo al juego hasta que él puede volver al grupo.

De camino echa un ojo a los videojuegos que ofrece la sala, el FIFA y algún otro deporte, y un tal Call-of-duty con fotos de militares y visión en primera persona que dan miedito. No tiene nada que ver la definición de las imágenes con los de su Amstrad o Spectrum adolescentes, ni siquiera con el Amiga. Más DVD de juegos y un periódico. Lo hojea y ojea, le llama la atención un breve sobre la vigilancia a la estación de Sants. Cambian la alerta y la presencia policial porque la amenaza provenía de la broma macabra de un chaval que emulaba al converso inglés que había realizados los precarios atentados de Londres. Precarios como en todas la franquicias, por más verdad revelada de la que provengan.

Gira la cabeza, no ve a su pequeño ni en el futbolín ni en los aledaños del pequeño estadio. Da una vuelta y en una esquina perfecta para que nadie mire, otra vez dentro del pelotudo castillo-jaula tiene a su hijo quejándose mientras otro de los renacuajos de 6 o 7 años le está dando palmetazos por la espalda y otro lo tiene agarrado mientras el tercero parece esperar su turno. De estos 3 pequeños salvajes ya ha hablado con su mujer de otras refriegas. Puros ventajistas, de que son 3 y de que la madre ha hecho creer en el pacifismo escolar al pequeño Oficinista. El Oficinista también quiere creer pero esta vez tiene que gritar varias veces para que semejante comando pare, su hijo rabia de impotencia. Ninguna madre parece darse por aludida ante los gritos de El Oficinista, deben ser partidarias del laissez faire, laissez passer en la educación, que los niños se autoregulen y encuentren sus mecanismos de acuerdo.

El Oficinista padre hace click, en ese justo momento parece estar dispuesto  a pasarse por la desgana y la hipocresía todo el rollo gandhiano del colegio y de hacer un mundo mejor con la paz y las palomas. ¿Quién en Barcelona no le tiene gana a las palomas? La frase la tiene clara: “mira hijo no se trata de que tu vayas pegando a la gente de buenas a primeras, pero si te vuelven a molestar cualquiera de estos tres, les das un guantazo o los que necesites” y tiene clara las gestualización señalando de uno en uno a los niños, y tiene claro en añadir “si es necesario puedes esperar a que estén solos y no te cortes en ir por la espalda como hacen ellos”. Esta vez no está su mujer allí para decirle que no es la forma.

Toma aire para iniciar su escena, pero al mirar a lado y lado para tener el menor público visible ve a su mayor, aunque no por mucho, arremolinado alrededor de la pantalla con ganas de coger los mandos del videojuego que tienen uno de sus amigos y otro de la clase de su pequeño. Justo el sobrino de Cruz. ¿Y la señora Guardiño?

Cruz Guardiño, se dirige digna y segura, con su aplomo para los momentos especiales, hacía los cables de videojuego. Tampoco debe ser para tanto que jueguen allí los niños con los videojuegos. El Oficinista se acerca con su pequeño hacía el nuevo remolino y las quejas a todo volumen contra Cruz que otea sonriente y se crece en la pose de Moisés con medio articulado de la ley revelada. Blande la carcasa del Call-of-duty. Esta vez sí que se acercan madres y algún padre además de El Oficinista y el pequeño Oficinista.

“Mirad chavales, este juego no es para vosotros, no sé cuánto rato lleváis jugando y si le habéis pedido permiso a vuestros padres para jugar a un juego que es para mayores de 18 años. Diría que el que más tenga de vosotros no llega ni a la mitad. ¿Me equivoco? Si os han dado permiso, igual debería ir a dar parte a algún sitio o cuanto menos esta vez olvidar mis convicciones y presentarme en la próxima jornada de la no violencia de vuestro cole para decirles cuatro cosas sobre  qué hacen sus hijos, vamos vosotros. ¿No os dan miedos esas caras de soldados ni hacer como que lleváis un arma y matar? ¿Este es un juego para vosotros? ¿De verdad lo creéis?”

Mira al público de madres, no vio a El Ofinista y antes de que nadie pueda  debatirle nada continua.

“Además, no sé si alguna de vuestras madres, de vuestros padres no espero tanto, habrá leído de qué va el juego, pero ya os digo yo que está mal esto de matar vietnamitas que simplemente están defendiendo su país de otro país llamado…. como se llame, y que además esos vietnamitas son comunistas como lo era tu abuelo el de la SEAT por aquellos mismos años. Y además con este grado de realismo que os va a hacer mearos en vuestras camas, y aún será poco castigo. Poco castigo para vuestros padres tener que cambiar las sábanas a las 3 de la mañana, pero igual hasta jugáis a esto con vuestros padres y estáis hecho a todo”.

Anonadados, incluso El Oficinista. Y cuando alguien empezaba con un alto y claro “perdona guapa”, Cruz dió con su voz de mando más guevarista: “Pau, Paz, marxen d’aquí, tenemos que coger el tren de vuelta”. No había durado ni de lejos 2 horas la fiesta cuando llegó la comandante y mandó parar, que ni tiempo le dió a El Oficinista su particular lección sobre la legítima defensa a su pequeño.