El ocaso de los dioses

 Guridi

Que levante la mano el que no haya sentido algo parecido a la pena al ver las últimas ruedas de prensa de Rita Barberá. He ahí la caída de un coloso. Gente todopoderosa que contempla con incredulidad cómo guardias civiles mal pagados entran en sus sedes, registran sus casas y se llevan presos a sus secuaces.

¿Quién lo iba a decir, eh? Esta gente, que dictaba artículos a sus periodistas de cámara, que pensaba que compraba a los guardias civiles con cestas de navidad e invitaciones a eventos. Que hicieron y deshicieron, que con sus dedos decidían la fortuna o la ruina de sus vecinos, que construyeron obras faraónicas y compraron la presencia de algunos de los personajes más caros de la “jet set”. 

Y ahora empiezan a caer como vulgares chorizos, sus apoyos se desvanecen, los elogios son arrastrados por el viento y la gente ya no te vitorea a tu paso, sino que te insulta y hasta se atreven a no votarte. 

Estas personas siguen sin ver a un ser humano cuando se miran al espejo, como le pasa a Paco Camps, porque se creen algo más. Y no se dan cuenta de que son mortales, como lo somos los demás.

El poder produce efectos extraños en la gente. Hay gente que abusa de él como si de una droga se tratase. La sensación de que tu voluntad se materialice es más fuerte que cualquier droga. No estamos hablando de las miserias de cargos medios que se aferran al único oficio que conocen. Hablamos de personas que se han enganchado a hacer sus deseos realidad. Y eso cambia. 

A los más honrados les vuelve pesimistas, distantes e inflexibles. A los más concupiscentes les provoca delirios de divinidad y una tolerancia cada vez más baja a la frustración. 

Cuando el poder acaba, los honrados retoman la vida normal, tantean poco a poco la rutina de las personas comunes y, sin llegar a adaptarse del todo, se reconcilian con sus representados. De la política siempre te echan. Rara vez sales por voluntad propia. Las Ritas o los Pacos no se acostumbran. Se sienten despreciados, atacados por poderes que desconocían y reprochan la ingratitud de todos aquellos que dependieron de ellos alguna vez. Creen que el mundo les debe algo y no son capaces  de ver si la deuda la tienen ellos mismos. 

Y la deuda existe. La deuda moral de su despotismo y la deuda de las arcas quebradas, los monumentos decadentes, los teatros agrietados y los colegios con goteras. 

Es verdad que el poder corrompe, pero no sólo corrompe. El poder pasa a través de ti y de ti depende cómo quieres que salga. Puedes ser un mero transmisor y usarlo para lo que te lo dieron o puedes bañarte en él y dejar que te corroa. Pretender retenerlo, almacenarlo, quedártelo. Que es algo equivalente a pretender almacenar la corriente al meter los dedos en un enchufe.  

Uno siente pena al ver a Rita Barberá atrincherándose de mentiras en una rueda de prensa. Sintiéndose vulnerable por primera vez en décadas. Pero no sientes pena por la déspota corrupta que boquea como un pez fuera del agua. Sientes pena por el ser humano que se ha olvidado de que lo es. Sientes pena porque sabes que las personas normales también se convierten en eso.  

Pero no sentiré ninguna pena si la condenan y tiene que pagar por sus culpas. Igual que tampoco la sentí cuando los votos le dieron la espalda.