El Nuevo Gobierno Vasco y el PNV

Lezo 

Pasado un mes desde la histórica investidura de Patxi López como Lehendakari, y vistas las, aún encastilladas, y  en ocasiones contradictorias, tomas de posición del nacionalismo institucional vasco representado por el PNV a partir de esa fecha, a algunos nos queda un doble regusto:

 

Las primeras reacciones de los nacionalistas que han gobernado los últimos veintinueve años han venido siendo profundamente desleales y frívolamente descalificantes contra el nuevo gobierno vasco, y por ende, contra la misma ley electoral y la propia Institución de la Lehendakaritza,  ocupada, ahora,  por uno de los otros.

 

A pesar de ello, tanto el discurso de las tres diputaciones forales como el de algunos responsables del EBB se están empezando a moderar. Están bajando la acidez de la crítica urbi et orbi para centrarse más en la idea de la colaboración institucional por parte de los entes forales, y en la crítica al “poco conocido” programa de gobierno socialista por la ejecutiva peneuvista.

 

Al tiempo, y aprovechando que EA ha culminado su suicidio político con su apuesta por el polo soberanista que jamás podría liderar y que ha conducido a una escisión importante en sus filas; el PNV ha pisado el freno y dado marcha atrás, renunciando, al menos tácticamente, a cualquier acercamiento político hacia ese foro que pretende galvanizar el hasta anteayer difunto Arnaldo Otegi junto  a Ela, Lab, los restos del naufragio de Ea…y ¿Aralar?.

 

Es  probable que el  aún débil descenso del diapasón de las críticas nacionalistas al nuevo Gobierno se deba también a la política de moderación que se está practicando desde las consejerías socialistas, que, lejos de responder a las múltiples provocaciones de algunos centros resistentes al cambio (v..g. la academia de la ertzantza de Arkaute), han conseguido  tomar posiciones sin demasiado ruido y conformar unos equipos notables, entre ellos numerosos “independientes” de prestigio. (A destacar el sólido equipo formado por Isabel Celáa en Educación. Quizá sea por eso que las críticas más duras, aprovechando que la Fiesta de la Rosa no pasaba por Galdakao y el Ibilaldia –fiesta de las ikastolas-, se están centrando en la persona de la Consejera de Educación).  

 

Sin embargo, y a la espera de si el PNV girará claramente hacia la moderación  y lo que se ha dado en llamar “centralidad” política”, no cabe esperar que ese partido renuncie con facilidad a muchos de sus mitos ancestrales

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La “libre voluntad de los vascos” en relación con la decisión de unión o segregación con otros “pueblos” constituye una verdad inmutable asumida por buena parte del peneuvismo militante y tiene difusas connotaciones que se remontan, no sólo a los defensores de la foralidad, sino incluso a viejas corrientes intelectuales del liberalismo español. Ni siquiera el socialismo ha sido ajeno a una cierta asunción un tanto idealizada de “las libertades vascas”…

 

De hecho, excepto concepciones de corte jacobino, minoritarias en la izquierda española, ésta ha apoyado casi incondicionalmente los procesos de autogobierno de las nacionalidades históricas, en la presumible sincera creencia de que la vitalidad y desarrollo del conjunto de España era consecuencia de la pluralidad, de la autonomía, de sus partes. O dicho de otro modo, en la confianza de que la consolidación del autogobierno contribuiría a la consolidación del Estado plurinacional.

 

Sin embargo, el nacionalismo vasco, de raíz predemocrática, ha venido basculando cíclicamente entre el autonomismo posibilista de los euskalerriakos y el secesionismo etnicista, xenófobo y populista de Eli Gallastegi y el Jagi Jagi. Péndulo patriótico lo han llamado algunos.

 

Analizar, siquiera someramente, sus comportamientos nos lleva a tener presente el arraigo que el esencialismo milenarista tiene en su entramado ideológico. Según esta concepción, si Euskal Herría estuvo integrada en Castilla lo fue por “voluntaria adhesión”, por “entrega pactada” y, en ningún caso por imposición (ya en el siglo IX los vascos capitaneados por Jaun Zuria derrotaban a los leoneses en la batalla de Arrigorriaga). Entienden así que la convivencia política se asume, no se impone, y como quiera que el largo recorrido de esa Euskal Herria mitificada deviene del pacto “entre iguales”, en sus diferentes expresiones, el derecho a la secesión reside, única e indefectiblemente, en ese “país de los vascos”,  desde la noche de los tiempos.

 

Se trata, obviamente, de lecturas tópicas y convenientemente distorsionadas, pero muy arraigadas en el imaginario nacionalista. De ahí la notable virtualidad del llamado ámbito vasco de decisión.

 

Toda esta relectura del hecho histórico para transformarlo en conveniente ha supuesto, en la práctica, el olvido interesado por parte del PNV del dato determinante de que el Estatuto, del que fuera contundente valedor, se aprobara por amplísima mayoría de los vascos en plebiscito democrático.

 

Ha sido, probablemente, la falta de exigencia de respeto a las normas democráticas, la no implicación del PNV en el pacto institucional global –a diferencia de casos como el de CIU-, junto a la visión esencialista que subyace en un mundo de cultura política predemocrática (el aranismo), lo que le ha llevado a radicalismos como el del pacto de Estella/Lizarra y a la década Ibarretxe.

 

Pero, a pesar de ello, a pesar de la base onírica de la reivindicación soberanista, las fórmulas de convivencia de futuro deben tratar de construirse sobre los cimientos del pacto. En una situación evidentemente compleja en la que las tensiones se vienen produciendo desde hace ya demasiadas décadas, y no simplemente en el binomio España/Euskadi, sino también en el País Vasco, ayer entre carlistas y liberales, hoy entre constitucionalistas y nacionalistas, la idea de un acuerdo básico debiera ser la guía del futuro a medio plazo.

 

Por ello, un comportamiento frentista por parte del socialismo vasco, hoy felizmente gobernante, no haría sino alimentar el victimismo nacionalista, mermando su capacidad de iniciativa política. Se trata, sí, de una apuesta extremadamente complicada: combinar la defensa del marco institucional pactado y la absoluta firmeza ante los violentos y sus distintas expresiones, con la mano tendida a acuerdos de país. En tanto el socialismo no sea capaz de sacar al nacionalismo institucional de su discurso endogámico a través de políticas concretas cercanas al ciudadano y acepte el reto de rebatir abiertamente algunos de sus mitos milenarios, al tiempo que deja abierta la posibilidad de que, en determinadas condiciones, sin el menor atisbo de violencia,  con una mayoría cualificada que reiteradamente lo explicite, y sobre la base de una pregunta clara, puede ser posible un proceso secesionista pactado, (modelo Canadá/Québec); la eventualidad de consensos básicos entre el estatutismo vasquista representado por el socialismo vasco y el nacionalismo de vocación institucional, seguirán hibernadas y, en consecuencia, la quiebra de las dos comunidades seguirá estancada.

 

Reto difícil, y aún más con un gobierno respaldado por un partido que cuenta únicamente con 1/3 de la cámara, apoyado por los 13 parlamentarios del partido que es máximo antagonista del PSOE en España, (algo tendría que pensar el PNV acerca de este hecho más allá de sus discursos de confrontación), y el oportunista apoyo de UPyD.  Muy complicado, si, pero no imposible.

 

“…  Ven y hablaremos de las cosas de siempre,

del valor que tiene ser amable, de la necesidad de arreglárnoslas con las dudas.

 De cómo llenar los huecos que tenemos dentro,

Ven, siente en tu rostro la mañana,

Cuando estamos tristes todo parece oscuro;

Cuando estamos fuertes el mundo se desmigaja.

Cada uno de nosotros guarda algo desconocido de las vidas ajenas”

 

PATXI López cierra su promesa como lehendakari con éste poema de Kimen Uribe.