El niño que todos llevamos dentro

Frans Vandenbroek

¿Qué tienen en común una llamada de teléfono de alguien desconocido en el trabajo, la serie Friends y la tableta Archos 7? En verdad, nada. Pero siendo como soy más proclive a la ficción que a la verdad, dichos fragmentos del universo acabaron por imponerse a mi conciencia como manifestaciones de una misma realidad, síntomas de una misma afección cultural, o de una misma ilusión, si se quiere, entreverados en un patrón imaginario que me obligó a considerarlos en conjunto. La realidad a la que me refiero -la ficción que mi suspicaz mente ha tejido como realidad- se puede expresar de modo sencillo: infantilización, tanto social como personal, y tanto figurada como literal. Me explico.

Hacia el final de diciembre empecé a recibir unas llamadas en mi celular desde un teléfono que no reconocía. Como no esperaba los resultados de ninguna lotería o los favores de ninguna dama, me abstuve de cogerlas, pensando que si se trataba de algo importante, el interesado dejaría un mensaje. No lo hizo, pero a los pocos días recibí un mensaje de la recepción de la universidad donde trabajo, en la que se me pedía que llamara a un tal J. Liefting, pues no podía dar conmigo. Dado que el nombre tampoco me sonaba conocido (sería un estudiante) y que ya recibiría un mensaje si fuera urgente -y del hecho de que era ya el último día de clases antes de las vacaciones navideñas y que había estado ocupado con exámenes- me olvidé de llamar de vuelta. Pero durante mis vacaciones seguí recibiendo llamadas desde dicho teléfono, que asumí sería el del tal Liefting. ¿Qué urgencia podía tener el Liefting aquel, que en lugar de disfrutar del pavo y el champaña se ocupaba en tratar de contactar a un profesor de vacaciones? De otro lado, ¿quién le había dado mi número de teléfono particular y con qué derecho perturbaba mis más que merecido descanso? Si quería comunicarse, bien podía hacerlo por e-mail o llamando al teléfono fijo, el único disponible para el estudiante o para externos. De pronto, obtuve respuesta a mis interrogantes, cuando la recepción decidió responder a mi e-mail inquiriendo de quién se trataba, con toda seguridad agobiados por la insistencia de nuevas llamadas. El misterioso y angustiado llamador había sido nada menos que el padre de una estudiante, quien se encontraba, esta última, disfrutando de sus prácticas en España, probablemente más preocupada en aliviar resacas que en aprender algo (como debe ser, por supuesto, que para eso se es estudiante), ¿El padre de una estudiante, se preguntará el despistado que lea estas líneas? ¿Qué hacía un padre llamando a un profesor de una estudiante de universidad, una persona joven, pero adulta en todo caso? El hecho incitó mi curiosidad y empecé a averiguar si habría casos similares y si los había, qué actitud debía tomar uno en mi trabajo.

Pues para mi total sorpresa, los había y muchos. Y no sólo en nuestra universidad. En realidad, el fenómeno estaba tan extendido que había llegado hasta los periódicos y otros medios, y se trataba en reuniones académicas y ministeriales. Resulta que en los últimos diez o quince años han aparecido un nuevo tipo de padre y de estudiante, el padre que se mete en todo lo que sus hijos hacen o dejan de hacer, sobre todo aquello que promueve su propia imagen de progreso para su vástago, y el estudiante que recurre al padre o le deja hacer, pues se valdrá de su posición, influencia o madurez para conseguir cosas que la timidez, la pereza, la desidia o la molicie no le permiten o no quiere conseguir por sí mismo. Existe hasta un término para ello, helicopter parent, o padre helicóptero, quien vigila y controla las actividades de sus hijos con preocupación y diligencia casi obsesivas. Para el estudiante la única denominación que se me ocurre es la de estudiante infantilizado. Esto es, una persona adulta, aunque joven, que se niega a crecer o a la que la comodidad y la conveniencia le han llevado a aceptar una infantilización psicológica parcial que hasta hace poco se desconocía o se consideraba un signo de debilidad y dependencia. No se puede generalizar, por supuesto, pero en mi experiencia personal dicho fenómeno hubiera sido un tanto contrario al espíritu de los tiempos cuando yo era estudiante. Si se me hubiera ocurrido pedirle a mi padre que interviniera para algún asunto universitario (aparte de pagarme las cuotas, se entiende) me hubiera mandado al carajo sin tapujos. ¿No era ya lo suficientemente mayorcito como para arreglármelas por mi cuenta? Además, ¿qué pretendía, que usara influencia indebida en asuntos que tenían un carácter estrictamente funcional, esto es, educativo? Si me jalaban en los exámenes, pues a joderse o a estudiar, pero eso de andar pidiéndole a los padres le hubiera parecido un fracaso en sus labores de guiarme por el camino de la madurez y la independencia. Peor aún, mis compañeros de generación me hubieran considerado un consentido y un mimado, incapaz de encarnar aquel prejuicio sesentista que veía en todo adulto un enemigo potencial, no un aliado.

¿Y qué quería el susodicho padre? Pues algo tan complejo como arreglar una fecha de examen oral para su hijita, quien era incapaz de coger el teléfono ella misma o escribirme un e-mail desde su paraíso de prácticas, o quien, mejor dicho, lo había hecho ya hacía un tiempo atrás, recibiendo de mi parte la respuesta que correspondía, o sea, que se comunicara conmigo a su debido momento, pues entonces los horarios no estaban aún claros. Como la criatura no quería dejar su esforzada función como consumidor de impuestos en país extranjero y quería arreglar sus vacaciones junto con el examen, se había vuelto a su papito para que lo arreglara conmigo. Más tarde pude saber que su insistencia telefónica exudó algo más que tenacidad para convertirse en velada amenaza y amedrentar a los recepcionistas (también estudiantes muchas veces) hasta que le dieron, erradamente, mi teléfono personal. Por suerte para mí y para el dedicado padre, no pudimos hablar en ningún momento, pues mi respuesta no le hubiera agradado (que su hijita ya era adulta) y su tono prepotente me hubiera incitado a reacciones impredecibles, más en la órbita de Sendero Luminoso que de Santa Rosa de Lima. Por lo demás, el fenómeno ha llevado a nuestra universidad a instituir la política de jamás hablar con padres y, en caso de insistencia, referir el caso a los jefes de departamento o, si el caso degenerara, al mismísimo rector. Como dije, el fenómeno ha adquirido ya las características de epidemia, por lo que los poderes institucionales han empezado a defenderse. Lo peor de todo es que al final el consabido examen se arregló como debía ser, esto es, por cita previa a través del e-mail, y cuando llegó el día la alumna en cuestión se presentó sin vergüenza alguna y con evidente sentimiento de superioridad. Le planteé el tema de su examen –un diálogo en situación figurada, a llevarse a cabo en la lengua de Cervantes- y me dijo que ese tema no lo habíamos ejercitado en clase. Le dije que es verdad, no todos los temas se practicaban en clase, pero eso no importaba. Ella debía ser capaz de hacer un diálogo con otro alumno sobre un tema escogido por el profesor el día del examen, como hacía todo el mundo. ¿Su respuesta? Pues en ese caso no haría el examen. Tras lo cual se levantó y se fue. No sé si entraron moscas en mi boca abierta, pero se abrió más al recibir días más tarde un mensaje de la comisión de exámenes en el que me informaban que la brillante alumna se había quejado de mí, alegando que lo que le pedía hacer no había sido tema de prácticas y por lo tanto no podía ser tema de examen. Sólo me faltaba encontrar al padre esperándome a la puerta de mi casa con una escopeta. Felizmente la comisión hizo su trabajo y le indicó que no tenía razón, pero el asunto se añadía a una serie continua de episodios semejantes, en los que los alumnos se niegan a aceptar responsabilidad alguna y tienden a culpar al mundo de sus propias carencias, algo que es propio de mentes poco maduras o infantiles. Estos alumnos, huelga decirlo, se encuentran entre la gente más privilegiada del mundo, algo que repito en cuanto tengo oportunidad y oídos que puedan escucharlo (no mucho, por tanto), ya que pertenecen a algunas de las naciones más ricas del mundo, son saludables y hermosos, llenos de juventud y energía, y pagados por el dinero del contribuyente, gracias a la generosidad de un estado del bienestar con el que sólo puede soñar la mayoría de la humanidad. ¿Y están llenos de agradecimiento por ello? Al contrario, llenos de exigencias y prestos a reclamar lo que no merecen, sin que ni siquiera su extenso conocimiento personal del mundo –han viajado a todas partes y no han llegado ni a los veinticinco- les ayude en general a modificar una visión de la realidad en la que son elemento central y casi único, y en la que merecen todo lo que reciben y mucho más. Si estas características no son propias de lo que llamé infantilismo, que alguien me refute, por favor, que quisiera estar equivocado.

¿Y a qué viene lo de Friends, la famosa serie americana donde se hicieran famosos actores como Jennifer Aniston y Matt Le Blanc? A que en la perversidad de mis procesos mentales se me ocurrió pensar que si estos muchachos llegaran sin remilgos a la treintena serían sin duda como los personajes de dicha serie, pero quizá sin la chispa humorística y mucho más malcriados. ¿Y por qué cito Friends y no otra serie? Por no otra razón que mi hija se ha hecho hincha de la misma y posee la serie entera, la que he acabado viendo, por tanto, en su totalidad, al punto que estoy pensando en presentarme a algún concurso en el que se examinen conocimientos tan inanes. Para que no se me malentienda, debo aclarar que he disfrutado de la serie, como cualquier hijo de vecino, y que verla con mi hija aumenta el gozo y el buen rollo, pues no faltan momentos de mucha gracia, la actuación, aunque plana, es efectiva, los guiones están bien construidos y todo se deja ver sin esfuerzo. Pero en mi función de padre –helicóptero o no- me he preguntado varias veces si la inmersión en los valores que dicha serie propala pueda ser saludable para mi hija, y la mayor parte de las veces me he respondido que no, y las otras veces el asunto me ha importado un bledo, pues al final es irrelevante. Porque lo que presenta Friends al gozo del público es el espectáculo de jóvenes adultos que se han negado a abandonar la adolescencia, para quienes entablar relaciones de pareja es equiparable a cambiar de zapatos, y la proclividad al sentimentalismo más superficial una marca de sofisticación o un signo de poseer un alma buena. Tampoco es que me parezca deseable exponer a mi hija a la lectura desaprensiva de Dovstoievski o de Sartre, o que no comprenda que dichas edades requieren de material digerible y amable para preparalos al cruel mundo real. Pero el natural hartazgo me ha inducido a un estado similar al de los helicópteros paternos, haciéndome ver en cada comedia romántica que he debido sufrir los últimos tiempos un síntoma más del feble espíritu de los tiempos, capaz de instigar en mi hija el cultivo de creencias que más estorban que ayudan, al menos vistos desde la perspectiva del viejo dinosaurio que critica a las nuevas generaciones, como se ha hecho desde el inicio de los tiempos (uno de los testimonios escritos más antiguos de la humanidad, ciertas tablillas sumerias, se quejan ya de la incuria de los jóvenes y de sus estrafalarias costumbres, haciendo bueno el adagio que reza que no hay nada nuevo bajo el sol o la luna, aparte de las tecnologías para divulgarlo). Entre aquellas creencias se encuentran las referentes a las relaciones amorosas, que quieren convencernos que el enamoramiento hormonal y explosivo es la norma, y las referentes a la satisfacción inmediata de los deseos, vistos como un derecho, no el resultado de un esfuerzo o una deferencia racional o meditada. Y sobre el rol de la voluntad ni hablemos.

Claro está, la infantilización masiva de una cultura puede ser un fenómeno recurrente en la historia (otra instancia del nada nuevo bajo el sol), pero me atrevo a afirmar que dadas la globalización actual y el crecimiento exponencial de las nuevas tecnologías, sus consecuencias se harán sentir también de modo global y más incisivo que en épocas anteriores. Y ya que mencioné las tecnologías, paso a explicar el papel que juega el Archos 7 en este tejido crítico en que me he embrollado. Resulta que uno de los productos más importantes en el terreno de los ordenadores en los últimos tiempos son las tabletas tipo iPad, de las que se han vendido ya millones, y de las cuales existen ya muchas variantes. Dichos productos, como muchos otros, no vienen desnudos de implicación simbólica, pues conceden prestigio a quien los posee y se añaden a los otros símbolos de estatus, por lo que para el consumidor impulsivo en que nos hemos convertido son una tentación casi irresistible. Lo fueron, en todo caso, para el que habla, aficionado como soy a estos artilugios, e infantilizado también en mi comportamiento como consumidor. Una colega mía, de buen ver, para más señas, y de procedencia europeo-oriental, se había comprado un iPad, el que pude apreciar con admiración y deseo (del iPad, no de ella, aunque confieso cierta tentación añadida). Dado su precio, me propuse, como buen ciudadano responsable,  a ahorrar para comprarme uno a su debido momento. Pero el día en que viajaba a Finlandia, justo antes de la última navidad, vi en una de las tiendas del aeropuerto, con precios rebajados, una tableta de otra compañía (la mentada Archos), en apariencia similar y mucho más barata que el iPad. A pesar de mi determinación de deferir la satisfacción de este deseo hasta tiempos más favorables, la rebaja pudo más, como lo pudieron la impaciencia y el bono navideño, de modo que sucumbí al impulso de comprarla ahí mismo, diciéndome a mí mismo que si esperaba podría perder la oportunidad (y el bono navideño se esfumaría), racionalización habitual contra la que mi supuesta educación debería haberme protegido. Pero no hubo caso. Adquirido el producto, lo probé al poco tiempo, con una mezcla de culpa y de satisfacción propia del niño que ha cometido un estropicio. Y sólo para decepcionarme, pues el mencionado aparato, a pesar de sus virtudes, resultó ser faltuzco, y cumplir sólo a medias lo indicado en la caja que lo contenía. Sí, puede acceder a internet, pero se traba a menudo y muchas páginas no puede ni abrirlas. Sí, sirve como lector de libros digitales, pero sólo tras largos procesos de conversión de documentos y no para todos los que necesitaría, sin contar que tengo que sacar muchas veces la tarjeta de memoria para que pueda al final reconocerlos. Excel es inusable, el programa Android que posee está ya obsoleto, y de presentaciones ni hablemos. Música y videos también son disfrutables, pero es más fácil disfrutarlos en mi móvil, y, a fin de cuentas, ¿para qué quería otro aparato que podía hacer mucho menos de los que ya tenía? Pues por eso, porque era una tableta, esto es, algo “cool” y moderno, y porque estoy tan infantilizado como el que más. Y ahora ni sé qué hacer con el mismo, y he perdido la mitad de lo que podría haber ahorrado para el iPad u otro similar, si me hubiera comportado de modo un tanto más protestante y deferido mi satisfacción de manera un tanto más adulta. Y yo quejándome de la estudiante que manda a su padre a meterse conmigo. Como diría el mago Merlin en la película Excalibur de John Boorman, al ser preguntado por Arthur que dónde se encontraba el mal. “Donde menos lo esperas”, dijo, sabiamente, mirando de paso a Guinevere, no sé si con deseo o compasión.