El naufragio de la vida

Frans van den Broek 

La historia de las adaptaciones cinematográficas es larga y dispar, como la de una pareja fiel, pero peleona. Digo esto último porque el resultado ha sido casi siempre desfavorable para uno u otro, llámese novela, pieza de teatro o cuento en relación con la película. A decir verdad, son las obras escritas las que han sufrido más el maridaje o contubernio, pues no es infrecuente que las películas, aunque esmeradas en su intención de permanecer cercanas al texto, desmerezcan el original y lo empobrezcan. Lo contrario también ocurre, obras escritas de impecable mediocridad o pobre ejecución que se convierten en obras maestras del cine. Y, claro está, no faltan las novelas o cuentos cuya adaptación se ajusta con rigor y equivalente calidad al texto, sea malo o bueno. Quizá algunos ejemplos ayuden: del primer caso pueden citarse casi todos los clásicos, como ‘Los hermanos Karamázov’, por ejemplo, o ‘Don Quijote’, pero también muchos ejemplos contemporáneos, como las novelas de García Márquez, que se resisten a una buena traslación a la pantalla. De lo segundo, cuesta recordar las obras que dieron origen a las películas, pues se distinguen por su intrascendencia, aunque en algunos casos se trata de obras de calidad, pero que no parecían prometer tanto como ofrecen las adaptaciones. Piénsese en una película como ‘Blade Runner’, una expansión ubérrima de la historia de Philip K. Dick, o en Rashomon, que inspiró una de las obras más logradas de Akira Kurosawa. Y del tercer caso, el más raro quizá, podemos recordar películas como ‘Lo que el viento se llevó’, de similar tono y calidad que el libro, o, en un sentido positivo, ‘Muerte en Venecia’, obras maestras, a mi entender, tanto la novela como la película. Las opiniones diferirán, pero la pareja texto-cine seguirá embrollándose en intercambios complicados y controversiales, cuando no de juzgado de guardia por violencia doméstica.

¿En qué categoría se encuentra la recientemente estrenada ‘Life of Pi’, del astuto Ang Lee, basada en el libro del mismo nombre de Yann Martel? De entrada, no es difícil inclinarse por la primera, la de las películas que nos hacen echar de menos la novela, mucho más rica esta última que lo que uno puede esperar de una película. Pero, de otro lado, de lo que se trata es precisamente de la relativa inconmensurabilidad de ambos tipos de medios artísticos, al punto que debiéramos suspender toda comparación y apreciarlos como obras independientes, solo relacionadas a través del argumento, los personajes o la historia general que se narra o cuenta. Esta suspensión de juicio estético es imposible en muchos casos, empero, y siempre nos daremos a comparar las obras que leímos o leeremos con el correspondiente resultado cinematográfico, sobre todo cuando el texto es una novela tan famosa como la que comentamos. De no serlo, ni nos tomamos el trabajo de averiguar cuál fue el origen de la película, pero en este caso muchos de los espectadores habrán leído el sorprendente libro de Martel y habrán asistido, como el que escribe, con cierto temor a ver la obra de cine que se presenta en su nombre.

Pues bien, la película, me imagino, no les decepcionará, como no fuera más que por el entretenimiento que supone y los espectaculares efectos especiales. Además, logra conservar el tono simbólico y metafísico de la novela, aunque diluido hasta un nivel casi esquelético, de compromiso textual más que de exigencia artística. Sin embargo, si bien no carece de humor, la película no retiene el tono humorístico que equilibra en la novela los momentos dramáticos y reflexivos, no con la misma habilidad y persistencia al menos. Como obra independiente, es un espectáculo hermoso que ofrece al espectador un poco de todo, y que se beneficia mucho del original argumento novelístico. En comparación, sale en desventaja, pero incitará a algunos a la lectura de la estupenda novela de Martel, hecho del que se han aprovechado las editoriales. Me pregunto, no obstante, cuántos compradores se avendrán realmente a leer el texto, el cual está escrito en estilo terso y asequible, pero puede reclamar del lector un tipo de atención muy distinto al que ha de usarse para ver la película y las digresiones filosóficas pueden dejarlo alelado sin un mínimo de interés por las ideas religiosas que estructuran el libro.

Martel es un escritor cuya originalidad es, por lo demás, muy original, si se me permite la vulgar redundancia. En esta novela, como en sus otros libros, este autor sostiene su aliento creativo en desvíos sutiles de las expectativas del lector y maestría lingüística, y no en gestos dramáticos o sorprendentes que aturdan a los burgueses. Puede argüirse, por supuesto, que el argumento de esta novela es en sí original, y suficientemente dramático como para sostener la atención del lector, de lo que hace uso la película con profusión. Pero novelas o relatos de naufragios abundan, así como fantasías y hechos maravillosos relacionados con ellos. Naufragios de personas con animales no, por supuesto, y menos con un tigre, como en esta novela. Y aunque no han faltado naufragios que apelen a la conciencia religiosa del lector, hasta donde puedo saberlo este es el primero que apela a la conciencia multi-religiosa del lector, a través del personaje principal, quien, como se sabe, se hace devoto de tres religiones, la hindú, la musulmana y la cristiana, y blande su historia como una prueba de la existencia de Dios. Martel es escritor educado en filosofía, y producto de una sociedad multicultural, como la canadiense (además de haber vivido en varios países), y no le será desconocida la noción de una Philosophia Perennis (hecha famosa en el mundo anglosajón por Aldous Huxley, en un libro del mismo nombre), o, en la formulación de Frithjof Schuon (quien mereció el elogio de escritores como T.S. Eliot), de la unidad trascendental de las religiones, una noción que supone que la esencia inefable de toda religión tradicional es la misma, y que son solo las exigencias de la cultura, la geografía o la época las que determinan las distintas formulaciones doctrinales o prácticas rituales que distinguen a las religiones tal como las conocemos. Huxley se refirió a esta unidad como la existencia de un Máximo Común Denominador, que se expresa de modos diversos, pero cuya finalidad y esencia son una: acercar al hombre a la experiencia directa de la divinidad, hasta donde le sea posible, una experiencia que si bien hace uso de formulaciones y métodos distintos para concretarse, los trasciende y es inexpresable. Esta noción está íntimamente ligada a la de misticismo, pero admite grados de desarrollo y evolución. Martel pertenece a la generación que recibe estos intereses y estas ideas del movimiento contracultural de los sesenta, pero que los criba de manera más pragmática y acomodaticia, si se quiere.

El náufrago Pi encarna esta noción en su proclividad metafísica a interesarse por cuanta religión se ponga en su camino, en su caso tres de las principales religiones de la India, y a asimilarlas todas haciendo caso omiso de contradicciones o incompatibilidades, que pertenecen al nivel de la expresión, no de la esencia. Pi parece sugerir la existencia de un Dios allende los avatares y encarnaciones que lo profetizan, el mismo Dios que, le dice a su interlocutor más tarde, será probado por quien escuche su historia. Pero la historia se complica hasta convertirse en teodicea, pues ninguna religión puede salvarle del naufragio y aunque Dios, nos dice, le salva, su familia perece con todos los ocupantes del barco en el que navegaba a iniciar una nueva vida. Y allí está el tigre para recordarle que, al final, por más devoción que tenga a cuanta religión encuentre, es el más primario instinto de supervivencia, el más atávico temor el que lo mantiene vivo durante su largo naufragio. Por supuesto, el tigre simboliza tantas cosas que ya me imagino la de tesis doctorales que se habrán escrito para desbrozar sus significaciones, pero en primera instancia es un animal hermoso y terrible, la India misma en su bestialidad y belleza, el compañero de viaje que le ayuda a sobrevivir, pero que se larga de su vida sin siquiera voltearse a despedirlo, pues así es la naturaleza, profundamente indiferente a los destinos humanos, solo en apariencia domesticada por nosotros, cruel e inocente en sus designios y hábitos, manifestación de lo absoluto y discontinuidad existencial, diosa y barro al mismo tiempo.

Pero, como dije, si estos temas suenan serios y metafísicos, Martel sabe enhebrarlos con los hilos del humor y la ironía, y crear una novela excelente que sospecho sobrevivirá a las modas postmodernas y los oportunismos comerciales. No sé si se puede decir lo mismo de la película, sin embargo, aunque es del todo recomendable. El medio audiovisual se presta poco a la elucubración metafísica, o deriva en pastiches de teodicea visual, como ‘El árbol de la vida’ de Malick, que más oscurecen que iluminan, y sobre todo carece del aliento largo que requieren obras como la de Martel para alcanzar el equilibrio necesario entre sus elementos metafísicos, históricos, sociales y fantásticos. Por más tres dimensiones que le echen. Quizá el mensaje más evidente de la película y el libro sea el recordarnos que la vida es un naufragio perenne en el que nos encontramos solos, enfrentados a la naturaleza y a nuestros miedos primordiales, a los que olvidar es imposible, por más que nos empeñemos en ello, y a los que únicamente el ingenio respetuoso puede domeñar, sin esperar nada de ello. Una actitud, en suma, de desapego comprometido con la vida, que no viene nada mal en estos tiempos de crisis y verdaderos naufragios existenciales.