El momento de los kurdos (con permiso de Obama)

Barañain

No sé mucho de los kurdos. Sé que son un grupo étnico indoeuropeo que vive en las montañas del Kurdistán, repartido entre Siria, Turquía, Irán e Irak, que constituyen una numerosa minoría -más de  30 millones de personas, la mayor nación sin estado-, que mantiene una prolongada tensión contra la dominación de sus vecinos, entre ellos los árabes, y que aunque son mayoritariamente suníes (con minorías chiíe, cristiana y yazidíe, religión sincretista preislámica) nunca han dado mucha importancia a su credo. También sé que viven pobres y  carecen de acceso al mar, pero que sus tierras son generosas en petróleo -la mayoría de las reservas petrolíferas de Irak e Irán y la totalidad del petróleo sirio están en subsuelo kurdo-, y en agua, siendo esa potencial riqueza, sin duda, la causa de su desgracia.

Sé que, pese a las promesas recibidas, cuando las potencias occidentales a las que habían apoyado contra el imperio otomano, crearon diversos estados tras la Primera Guerra Mundial -sin tener en cuenta grupos étnicos ni religiosos, sino solamente qué tipo de arreglo les garantizaría  el flujo petrolero hacia el Mediterráneo-, fueron traicionados  y se olvidaron sus aspiraciones políticas. Que habían participado en el exterminio de los armenios por encargo de los turcos (en esa región nadie tiene el monopolio de la inocencia histórica) y que luego fueron reprimidos tanto en Turquía, como en Siria (hasta hace tres años no se les reconoció la ciudadanía a los sirios de origen kurdo), en Irán (los ayatolás les declararon una guerra santa) y, sobre todo, en Irak, donde sufrieron especialmente  bajo el atroz Sadam Hussein.

Sé que era kurdo el gran sultán Saladino y, modernamente, algunos políticos como el iraquí Talabani y la pakistaní Benazir Bhuto. Pero sé que, colectivamente, el pueblo kurdo ha sido, hasta ahora, un actor secundario en los conflictos de Oriente Próximo. Y sé que, pese a ello,  en las montañas del Kurdistán y en el exilio mantiene vivas su identidad política diferenciada y su aspiración a la independencia nacional. Y ahora sé que su bandera -al menos la de la entidad autonóma kurda iraquí-, tiene un gran sol radiante en el centro, lo que sugiere que, pese a todo lo que llevan soportado, son una gente optimista.

 Sé poco de los kurdos, pero sí lo suficiente, de ellos y de sus vecinos y de la historia de esa región del mundo, como para alegrarme al leer las noticias sobre la intención de Masud Barzani, presidente de la región autónoma del Kurdistán iraquí (6 millones y medio de personas, el 17% de la población total de Irak), de empezar ya a dar los pasos necesarios  para una futura consulta de independencia, desoyendo al primer ministro iraquí que rechaza, por inconstitucional, esa posibilidad  y reprocha a los kurdos que intenten aprovecharse de la crisis de Irak para independizarse.

 Escribía ayer Joschka Fischer que “la apresurada y prematura retirada militar de EEUU  que casi coincidió con el estallido de la Primavera Árabe y de la guerra civil siria y su persistente pasividad como fuerza regional…amenaza ahora con provocar la desintegración de Irak, por el rápido avance del Estado Islámico del Irak y Levante (EIIL), incluida la captura de la segunda ciudad del país, Mosul” (Oriente Próximo y el regreso de la Historia, en El País del 6/7/14). Y es en ese contexto, en el que los kurdos,  toman la iniciativa. 

Barzani ha señalado que, tras la caída de Mosul en manos de la insurgencia yihadista, las cosas en Irak no volverán ser como antes:  los kurdos no sólo se defenderán eficazmente de los salvajes islamistas  -como vienen haciendo-, sino que tratarán de constituir, por vez primera, un estado kurdo independiente.  De momento, ya han dejado claro que sus milicianos,  los “peshmergas”, no se van a retirar de las zonas que controlan ahora tras la huida del ejército iraquí, como es el caso de Kirkuk (la constitución iraquí preveía la celebración en 2007 de un referendum en Kirkuk  sobre su incorporación a la región del Kurdistán,  pero nunca se llevó a cabo).

Tampoco hace falta saber mucho de los tejemanejes de la política exterior de la Casa Blanca para imaginar el motivo por el que, rápidamente, Obama desplazó a John Kerry, su inefable Secretario de Estado, para reunirse con los kurdos en Erbil (la capital de la región kurda iraquí). A la espera de la llegada de Kerry, Barzani declaraba que para su pueblo “el tiempo había llegado“. Pero lo que el enviado de Obama pretendía era justamente enfriar ese anhelo. Si los kurdos se independizan, la viabilidad de Irak quedaría comprometida y la administración Obama lo que quiere es que ese país  mantenga su integridad territorial y preferiría un nuevo pacto de gobierno  que contentara por igual a sunitas, chiítas y kurdos, lo que  suena a música celestial.   La  independencia kurda sería como “otro clavo en el ataúd del gobierno de Bagdad“, por utilizar palabras empleadas por un diplomático americano. Por otra parte, la independencia de los kurdos de Irak no sólo afectaría a ese país, sino que podría proyectar una onda expansiva sobre sobre las minorías kurdas de  sus vecinos Turquía, Irán y Siria.  

¿Deben los kurdos de Irak renunciar a sus aspiraciones a la independencia para que  Obama pueda salvar la cara hasta que finalice su mandato presidencial? Porque -que nadie se engañe-, de eso se trata. Eso es lo que -con otras palabras, se entiende-, habrá planteado John Kerry a los líderes kurdos con los que se ha reunido. Lo que Kerry ha pedido a los kurdos es no ya contención, sino el autosacrificio.

 La prevención de los americanos tendría más sentido, si no fuera porque previamente habían optado por ir dejando sus responsabilidades en aquella zona,  retirándose poco a poco y abandonando a sus aliados en la región, aún a riesgo de provocar un vacío (que el yihadismo quiere llenar). Y ahora, tratando de paliar los daños causados, busca de nuevo la complicidad de aquellos. Y es que, en Irak, se está disolviendo lo que los analistas cursis llaman la “narrativa” de Obama sobre el Oriente Medio.  Un crítico de la actual administración americana escribía que esto es típico de su política exterior:  “Obama, que ha tratado a dichos aliados como si realmente nunca hubieran sido necesarios, al ver el caos generado, espera que nuevamente vuelvan a sus filas como si nada hubiera sucedido. Y sobre todo, pretende que se aparque la libertad de los demás para que Obama pueda mantener la ilusión de estabilidad”.

 En un reciente ensayo, Matti  Friedman recordaba que el avance del fanatismo islamista (sea en versión o chiíta) en Oriente Medio -del que el éxito actual del EIIL es la última muestra-,  está teniendo un efecto brutal sobre las otras minorías étnicas y religiosas -ese “antiguo mosaico cosmopolita que siempre encontró una manera de existir bajo el Islam”- las cuales, prácticamente sin protección, no tienen ningún impacto real sobre los acontecimientos que se desarrollan en torno a ellos y pronto desaparecerán del paisaje, consumándose uno de los mayores desastres  políticos y culturales de nuestro tiempo.

En ese contexto, la historia de los judíos del Oriente Medio  (los más de 850.000 judíos mizrahim, que fueron expulsados o tuvieron que huir de los países árabes cuando la vida se les hizo aún más insoportable allí, tras la creación de Israel) representa toda una lección para las otras minorías de la zona: “Cuando uno contempla a los recientemente exiliados mandeos, zoroastrianos, cristianos y otros, el desplazamiento de sus hogares ancestrales de los judíos de esos países a partir de la mitad del siglo XX por parte de sus vecinos musulmanes, comienza a parecerse cada vez más a lo del canario de la mina de carbón. Esta es una función que a veces los judíos han desempeñado en diferentes partes del mundo” (M. Friedman).  Se refiere a la utilización de canarios en las antiguas minas de carbón como elemento de alerta: cuando el canario dejaba de cantar y perdía el conocimiento, era un aviso de que  había que evacuar la zona inmediatamente ya que no era apta para la vida.

O sea, que si perteneces a una minoría étnica o religiosa que desea sobrevivir en el Oriente Medio, lo mejor será disponer de  un pedazo de territorio donde seas la mayoría, además de asegurarte el poder para defenderlo. Esta es la lección de Israel y es la conclusión a la que, por fin, parece que han llegado  los kurdos. Claro que como la voluntad de autoafirmación no es suficiente, es importante contar con amigos poderosos. Cuando el mandato británico finalizó e Israel declaró su independencia, los  “realistas” y “defensores de la estabilidad” del Departamento de Estado presionaron  a Harry Truman para que el idealismo y la justicia quedaran al margen y no se perturbara el statu quo de la época. Menos mal que Truman no les hizo caso y, con lucidez y coraje,  reconoció a Israel inmediatamente. Ahora los kurdos puede que se enfrenten a una situación parecida aunque me temo que Obama se parece poco a Truman.

No es casual que haya sido el gobierno de Israel -país que desde hace décadas mantiene discretos lazos comerciales, militares y de inteligencia con los kurdos-, el que con más claridad ha expresado  públicamente su apoyo a la creación de un estado kurdo en el norte de Irak: “Debemos apoyar la aspiración kurda de independencia. Ellos se lo merecen”, manifestó el primer ministro Netanyahu.

Los kurdos han demostrado una gran prudencia en  Irak  desde la caída de Sadam, contentándose con consolidar económica y políticamente su provincia autónoma; ha pesado en ello, sobre todo, el  temor a la respuesta de los países vecinos y se comprende, conociendo como las gasta ese vecindario. Es posible que, ahora también, estén sólo amagando y  vayan de farol, sin pretender otra cosa que mejorar el trato que reciben, obteniendo concesiones de los americanos a cambio de no romper Irak; pronto lo sabremos. Pero seguramente intuirán que difícilmente volverán a tener otra oportunidad como esta para hacer realidad -aunque sea sólo parcialmente-, un sueño largamente aplazado.